Los compañeros de Facultad y Félix Castro

En una calle de Caracas me miró alzando los ojos detrás de sus lentes fondo de botella. Una sonrisa tímida enmarcó sus negros y gruesos bigotes. Desde la altura adonde me llevaron mis zapatos con tacones de siete centímetros, recordé a un hombre grueso y seguro de él mismo que, en algunos encuentros periodísticos en el lejano Santiago previo al golpe de Estado, nos hacía sentir sus verdades políticas.

Debió haber sido el único militante de izquierda que conocí, de un partido que no se había sumado a los otros catorce y tres movimientos que formaron la Unidad Popular.

Los que estuvieron en trincheras diferentes, en cursos distintos, en puestos de responsabilidad profesional diferentes, se hicieron amigos. Amigos y confidentes, intercambiando anécdotas y recuerdos de vez en cuando, saboreando un café en la Caracas de los techos rojos. Me sentí reconfortada en saberlo vivo; pero frustrada al verlo marcado de por vida por una depresión exógena y austral.

En sus escasos momentos de buen humor, contaba entusiasmado sus encuentros con otros chilenos exiliados. Se acompañaban aburridos en alguna calle caraqueña, lanzando piropos a las hermosas venezolanas: “Mijita, qué lindo su potito”. – Y ellas sonríen felices, acotaba Félix. Es que no se sabe por estos lados lo que eso significa…

Después del golpe, a su pequeño partido sólo le quedó intentar ordenar su historia y organizar a sus cuadros militantes. Y él era uno de sus dirigentes de alto rango que quedaba. Vinieron sus viajes a provincia, intentando informar a algunos del porvenir más probable.

Un sábado en la noche descansaba en el sofá de la estrecha y humilde casa de un militante de Linares. Eran no más de cuatro sujetos y uno estaba en la lista de los más buscados.

Unos golpes de puño sacudieron la puerta y Don Juan se apuró en abrirla, haciendo señas de guardar silencio.

Entraron tres Carabineros. “Tiene visitas Don Juan”, sentenció el Mayor a cargo. Entre balbuceos, respondió: “Sí, son amigos que han venido de Santiago” y extendió la mano mostrando a sus invitados.

Cada uno se presentó, inventando algún nombre o intentando desviar el asunto.
- Soy fulano,
- Soy zutano,
- Soy el “comandante Pepe”….
- Já, le respondió el oficial, y yo soy Salvador Allende. Oiga Don Juan, dijo volviéndose hacia él, ¿se le olvidó que hoy es sábado y debía presentarse en la Comisaría? Buenas noches, siga con sus amigos pero que no se le olvide.

Al volver a Santiago, acompañado de otros compañeros, ingresaron una noche a la sede del proscrito partido. En una vieja casa de una calle céntrica, se abocaron a ordenar en montoncitos las revistas y libros políticos y a destruir papeles que pudiesen comprometer a terceros. Los rompían en un silencio repleto de temor cuando los culatazos en la puerta les hicieron presumir el peor de los futuros. Había sido una delación.

Los llevaron al Regimiento Tacna y allí comenzaron a pasar los días proyectados desde una pequeña ventana. La pared vecina a la ventana tenía huellas de un antecesor que marcó en rayas sus días de detención. Unos dedos registraron sus huellas a punta de manchas de sangre.

Mi amigo veía cada amanecer como el último registrado y casi ansioso por oír algunas ráfagas, como cada día.

Un atardecer fue sacado de su celda y pensó que eran sus últimos momentos de vida al ver a unas decenas de metro a unos uniformados.

Fue empujado junto a varios detenidos frente a un grupo de oficiales del Regimiento. Entre ellos, se movía un civil vestido de blue jeans, pelo largo casi rubio. Enarbolando papeles, el civil parecía ser el actor principal de una obra de teatro.
- ¿Y ese? ¿Ese de ahí?, preguntó indicando a mi colega.
- Lo pillamos con otros en una sede de un partido, responde otro oficial.
- ¿Pero ustedes son huevones? ¿No saben que la Usopo no estuvo con Allende y este huevón no tiene nada que hacer aquí? ¡Suéltenlo ya!

Eran pasadas las 6 de la tarde de un día helado con toque de queda. Salió a la avenida y escuchó que le ordenaban: “A correr”. Hizo sus cálculos, no había para dónde huir porque las paredes del regimiento se extendían por muchos metros. ¿Correr o caminar? Las balas llegarían de igual manera. Caminó rápidamente esperando sentir un silbido mortal pero llegó a la esquina sin sentir ningún dolor. Giró por la avenida vacía y echó a correr, sin saber si escapaba de la muerte o si corría hacia ella.

Ya por la Avenida Grecia alcanzó la Villa Frei donde tenía conocidos y pidió socorro.

En los meses siguientes, necesitó de una cura de sueño, antes de salir al exilio.

Después de dos años, contemplando la vida de un país que lo recibió sin querer y él sin desear estar, sólo quedaba reponer la memoria.
Y me vino con una confidencia: ¿Te acuerdas que en la Universidad teníamos compañeros ya casados o de novios?
- Sí, respondí medio perpleja, intentando recordar esos casos.
- Pues estoy seguro de que quien me liberó fue un tipo vinculado a una compañera. Creo haberlo visto en una fiesta con alguien que no recuerdo. Estoy seguro. Y él debió acordarse de mí. ¡Me salvó la vida! repitió no menos de tres veces, sin poderlo creer.
- Debió ayudarte Camilo Henríquez, le dije socarronamente.

Un día en la redacción recibí una llamada. Félix que me invitaba a otro cafecito.
- Me quiero despedir, dijo una vez que nos arrellenamos en nuestros sillones en la cafetería de siempre. Me voy para isla Margarita. Quizá allá pueda rehacer mi vida, me dijo mirando los adoquines del piso.
- Es casi tu deber, le respondí con una sonrisa.

Dos años después, en otra salpicada conversación, al recordar a Félix alguien me corrigió: “No es, era… Se suicidó hace unos meses en isla Margarita”. Quedé atontada. Volví a casa, cabizbaja, recordando a mi bigotudo y pensativo amigo.

No se puede cambiar la Historia pero sí recordar el agradecimiento de un colega hacia otra colega, personaje que – sin saberlo – rescató una vida aunque haya sido por un quinquenio.

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El Reencuentro


Me llamó Vo para invitarme a un paseo-sorpresa. (De este teutón puedo esperar cualquier cosa). A bordo de su 4×4 enfilamos a Ñuñoa y con una torta en mano entramos a un pequeño condominio que daba a la calle con nombre de un pintor. Una agradable mujer abre la puerta diciendo a gritos: los esperaba! Y yo sin saber a quién invadía.
De pie, un tanto a contraluz, una figura masculina nos miraba medio desconcertada. Y Vo me dice: aquí tienes la sorpresa.
Me quedé estática mientras nos mirábamos fijamente. Aquel hombre de pantalones beige y lentes me indicó con su dedo con cara de asombro. Miró a Vo y a la mujer que trataba de entender la escena. Comenzó a sonreir hasta dar carcajadas. Y se me abalanzó agarrándome en vilo y haciéndome girar en el aire mientras yo gritaba. Me sentí estrujada como el peluche que perdíamos en la infancia mientras me dolían las costillas.
- ¿Pero tu te acuerdas? Le dijo un Vo asombrado a Marcelo.
Y éste, sin palabras, sólo asentía con una sonrisa evocativa.
- Hola mi amor eterno, le dije con cara de complicidad. Y él muy ufano sonrió buscando tal vez en su cabeza si aquel amor fue real. “Platónico nomás”, le explicité entre esa tormenta de risas. (En alguna parte deben estar las fotos en blanco y negro autografiadas por él con sus “declaraciones” de amor eterno. Un juego sólo compartido por los dos mirando el Avila)
Aquellas horas sirvieron para devorar un helado, compartir la adicción de Marcelo por las tortas y unas dos tazas de te para rellenar la panza. A veces con balbuceos y otras con miradas socarronas, Marcelo lanzaba un par de frases que sólo terminaban en carcajadas colectivas. Vo insistía en preguntas: “te acuerdas de…” hasta que yo, tratando de sacar una paciencia que no tengo, le digo: “Para de pedirle recuerdos. Basta con el “aquí” emocional”. Y Marcelo muy campante: Sí po huevón!
El Alzheimer en tercer grado pareciera tener una mayor complejidad para los cercanos, más que para el propio paciente.
A aquella tarde de anécdotas, en su mayoría venezolanas, se sumó otro día de paseo-sorpresa. Otra gran sonrisa fue el premio para nosotros al descubrir su antigua academia: Aquí, aquí… dijo mostrando la puerta curva que hoy permite el ingreso a los feligreses, estudiantes de la Biblia .
Desde el Mercado Providencia caminamos hacia el Este. Fue indicando sus lugares favoritos en medio de los saludos y sonrisas de los peatones que lo reconocieron. Allí, el vendedor de empanadas, “hmm ahí se comía rico acá, la wea ya no está”! Hasta terminar en el Tavelli donde los mozos al verlo, le regalaron la porción de torta por la que caminó tantas cuadras. Un Marcelo feliz.
Ya estamos en la mitad de Junio del 2013 y Marcelo lleva apenas una tortuosa semana en la casa de retiro de la calle Echeñique. Las noches de soledad en su departamento de la calle del Pintor acabaron cuando intentó salir del condominio y tal vez perderse una vez más, como cuando sus pies quedaron heridos por varios días al vagar un día completo por Providencia. Según alguno, iba a localizar el Canal San Carlos que podría llevarlo a la muerte. Según otro, iba a su antigua Academia en un intento fallido por recuperar el dinero birlado por empresas y por conocidos.
Allí, sólo los pocos amigos que a veces consiguen llegar lo retrotraen de su rabia alzhéimica contra aquella casa de reposo de la que sólo se puede salir de una manera.
Quienes lo hacen reír por horas recordando anécdotas, le ayudan a regularizar el lenguaje en largas frases y en hechos históricamente exactos que explotan desde sus deterioradas sinapsis, se sienten tanto o más felices que él. Son poquísimos.
Entre viajes y mudanzas, la geografía nos separó una vez más. Hoy le pedido a Virginia Urdaneta algunas observaciones sobre el paso de Marcelo en su vida. Veremos si se atreve a abrir el baúl.

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Las clases medias y sus “estúpidas” máquinas

Miriam y yo hemos hecho un pacto: no hablar de política. Nuestras visiones son demasiado diferentes y prefiero callarme sin opinar de lo que no se. Ella en cambio, se sabe todos los recovecos ya sean de la oposición o del gobierno. Su balance obviamente está por el apoyo a la “negra”, como trata despectivamente los sectores oligárquicos a su Jefe de Estado. Y esta semana, una revista se ha dado el lujo libertario de caricaturizarla como vedette de un film XXX en un fellatio imaginario.
Mi amiga y yo estamos rodeadas por adversarios al gobierno que se sienten atropellados en sus derechos básicos, by ex: comprar dólares para viajar al exterior. Recordando las villas miseria que bordean las ciudades, me pregunto con sorna cuál es el derecho básico de ellos pero las respuestas no me llegan.
Ayer hubo una manifestación de miles de personas, como años que no se veía, en las plazas de las ciudades principales. Acá en La Plata no superaron las cien personas. En Buenos Aires, la convocatoria hecha a través de las redes fue multitudinaria, con cacerolas, banderas argentinas en rechazo a las pretensiones de modificar la Constitución para que Cristina postule a un tercer Gobierno. En rechazo también a la inflación, a la pesificación, a la delincuencia, a pagar impuestos y a cualquier lacra social que afecte a la clase media.
Digo clase media sin ánimo peyorativo. Al fin y al cabo, es la clase media europea de los “arrondissement” más pudientes de Paris la que va cuesta abajo en la rodada. Y es la clase media estadounidense – aquella que también trabaja en Walmart o Subway – que patalea en los vaivenes económicos; la clase media mexicana se desliza desde el otrora pudiente Polanco a una marginalidad social y económica – aún entre médicos – que otorgan sus servicios desde un cubículo de un supermercado.
En la Plaza de Mayo porteña así como en la egipcia Plaza Tahrir , los convocados son propietarios de adminículos electrónicos. En Buenos Aires a todos se les veía vestidos “comme il faut”, escaseando las cabezas morenitas pero sobraban los celulares para autofotografiarse, autoconvocarse, no separando la vista de esas cajitas esúpidas.
No hubo oradores, no hay padres de la criatura aunque repetitivamente se gritó para que termine la Era K-K. Fue una respuesta visceral y primitiva al uso – a mi entender excesivo – que hace la abogada Presidente de los canales de TV, en discursos también maratónicos. Si hasta el siglo XX la autoridad usó de los medios de comunicación para hacer saber sus órdenes sin derecho a réplica, en este siglo infantil la población usa sus armas electrónicas para manifestar sus reclamos contra un poder sordo.
Digamos que el estado de ánimo de los argentinos no es el más auspicioso aunque mi resumen de vida – por los años que viví acá – es que cuando un argentino está bien, llora “por si acaso”.
Ya estuve en Argentina en un “pre golpe de Estado”. Sería una ironía kafkiana encontrarme de nuevo en una situación así. Miriam muestra cara de preocupación y le parece que “están dadas todas las condiciones”. Yo la trato de animar: Me parece que las instituciones históricas, como unas Fuerzas Armadas – bien apertrechadas y vasocomunicantes con otros segmentos sociales – no existen. Pero si así fuera, hoy tal vez tendríamos toque de queda y bandos militares. Claro, quedan los Boys Scouts… Y bueno che, en Argentina nunca se sabe!

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Gastronomía periodística

Un amigo se inquieta porque – aprovechando esta Argentina ancha y generosa – mi colesterol debiera estar por las nubes. A las milanesas de pollo y carne, bifes de todo tipo, se han sumado las “achuras”, palabra gaucha para definir lo que no sirve o sobra. Vocablo supuestamente mapuche o, para los más globalizados, “araucano”.
Achurras o achuras, así llaman en la carnicería a las vísceras. A las tripas les llaman chinchulines o chunchules, y en algún otro país tienen otro nombre que olvidé. En francés suena mejor: existe Tripes a la Mode de Caen.
Tengo todo un anecdotario al respecto y parte lo pude publicar en una crónica en La Nación, hablando del Presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso. Fue en campaña al nordeste brasileño, seco y famélico arenal. Los votantes lo agasajaron con esa mezcla de vísceras de todo tipo y FHC se quedó medio constreñido al mirar esa bazofia. Escribí en mi crónica algo así: para los nordestinos (que poco ven la carne) aquel plato era una real iguaria. El Presidente FHC comió (haciendo tripas corazón, imagino) y luego comentó que era semejante a Tripes a la Mode de Caen… Claro, en francés suena mejor.

Pero la historia no termina allí. Al poco rato de haber mandado mi crónica me llega un mensaje del editor: ¿Qué es iguaria? Di un salto en el asiento y me dije, “chutas! escribí en portugués…” Me fui a los diccionarios y claro! la palabra existe con la misma acepción en ambos idiomas. Pude respirar aliviada – fronteras de por medio – en medio de las carcajadas por lado y lado. Meses después FHC ganó la reelección. Todos contentos.

Eso me recuerda otra anécdota gastronómica. Una cena “íntima” en una Embajada China que deseaba agasajarnos y yo sugerí entre bromas que sólo asistiríamos si el menú contemplaba aletas de tiburón. (Hoy no haría tal sugerencia)
Eramos unos doce comensales – periodistas todos – custodiados por cuatro guardaespaldas que fungían de mozos; y que deben haber sido montañeses del norte por el tamaño King Size. (Nunca estuve en China pero da lo mismo)
En medio del jolgorio, causado por los innumerables cubiertos, copas con vinos diversos y platos bellamente decorados con verduras cortadas como flores y aves, nuestro anfitrión me indica que los occidentales somos demasiado bulliciosos y caóticos. Concuerdo con él y reservadamente intercambiamos anécdotas al respecto.

Siempre la sorpresa asoma en cualquier esquina y así fue como los dos sonreímos socarronamente, cuando me confidenció que una Primera Dama latinoamericana de visita en Beijing, confundió la sopa de golondrinas con el aguamanil. Para no quedarme corta, le conté haber visto en la Embajada de Irán, a una mujer que le grita a su acompañante: Mira, una montaña de lentejas. Busco las lentejas con la mirada y a unos cinco metros veo en el centro de la mesa principal, una enorme y fastuosa fuente de plata en cuyo recipiente de cristal – de unos 50 centímetros de diámetro – brillaba una montaña de caviar negro del mejor grano.

Nunca he vuelto a ver ni a comer tal cantidad de caviar. (Y eso que traté de disimular mis idas y venidas a la mesa de “lentejas” ).

Años después, en Rio de Janeiro, en un cóctel de la embajada rusa y con la promesa de que comeríamos caviar, a instancia de los anfitriones me tuve que quedar hasta pasada la medianoche, cuando los invitados se fueron. Recién allí, los seis rusos y rusas restantes, un inglés que trabajaba para una agencia espacial, un cubano de por medio y yo, nos despachamos un plato hondo de caviar, admirando la bahía de Guanabara. Era parecido al de la Embajada iraní pero éramos muchos para un plato tan chico y los rusos comían más rápido que yo. Alentado por el vodka, el inglés – autoexiliado en Filipinas – me usó de oreja para añorar los tiempos pasados cuando trabajaba al servicio de la KGB. Reanimados con el vodka, a los rusos les surgió el alma cosaca y después de escuchar un Kalinka estridente y cacofónico me retiré estratégicamente.

Mañana probaré el cazón, tiburón de aguas cálidas que ha emigrado a Argentina. Sólo tengo recuerdos de las arepas de cazón, ¡venezolanas por supuesto!

Tengo una cucharita de nácar para comer el caviar que no puedo

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Salvador, Tencha y Laurita

La senadora Isabel Allende es el rostro más visto por estos días en los canales de televisión. Con mucha dignidad y mesura ha explicado las razones de la exhumación de los restos de su padre, Salvador Allende.

 De cierta manera, sus gestos recuerdan a su tía, la senadora Laura Allende, “la Laurita”, que en los comedores del Senado después de comer las uvas hundía gentilmente sus dedos en el aguamanil para embelezo de los toscos periodistas. Un diplomático chino me confesó alguna vez que “la Tencha”, confundió una sopa servida en un viaje a Beijing con el aguamanil…

 “La Tencha”, que de Primera Dama parecía no mirar a nadie, era de anciana la primera en llegar a las presentaciones de los libros de mi Editorial. Creo habérselo agradecido oportunamente.

 Salvador y Hortensia aterrizaron en Arica al regreso al país de un viaje protocolar por varios países latinoamericanos.

 Yo, andaba como que “obstiná”. Enojada conmigo y con la vida. Obstiná de ejercer una jefatura de política que acaparaba todo el tiempo, hasta para ir a la Universidad. Obstiná  de pesadillas recurrentes donde niñitos vagaban por callejuelas de tierra buscando a sus papás; pesadillas que olvidaba en marejadas de indignación cuando algún parlamentario me pedía incluir una nota reclamando por el excesivo precio de las ostras. Obstiná de andar en blue-jeans y zapatillas no olvidando los sobres de sal para paliar los gases lacrimógenos. Obstiná de arrancar de los manifestantes que a veces nos reventaban las carísimas cámaras fotográficas, de los guanacos y sus chorros de agua y más de uno me arrastró por varios metros. Es decir, una situación que hoy por mucho menos se resume en stress.

 Hablé con mi director y presenté mi renuncia con argumentos poco creíbles, incluso para mí: Soy demasiado joven para morir y quiero ver el mundo… Como no era la primera vez, cada renuncia terminaba con un aumento de sueldo después de una discutida cena. Y esta vez fue parecido pero se le agregó una semana de vacaciones con gastos pagados para mi mamá y yo.

 Aquel día madrugamos, preparándonos para la llegada del taxi que nos llevaría de la Hostería de Arica a Tacna. Soñábamos almorzar los diminutos y dulces choclos arequipeños y bañarnos en unas rústicas termas.

Al bajar al lobby, compruebo que una comitiva bloqueó la llegada de mi taxi: La del Presidente y decenas de militares que hacían guardia a la entrada del hotel. Yo, de ojo en mis conflictos existenciales, resolví que importaba más mi paseo que la política excesivamente contingente y beligerante. Pero no había manera de evadir la espera y allí me senté, con mi tenida deportiva, frustrada entre los vítores y exclamaciones de muchas pasajeras que se agolparon a ver al Primer Mandatario. Y ningún periodista alrededor.

Allende se había puesto un abrigo, extrañando tal vez el clima y la humedad. Salió a los jardines y de pronto, tras los vidrios donde se agolpaban narices de niñas viejas giró y volvió a entrar. Mira por encima de los hombros y por allá al fondo, yo desde mi cara frustrada, compruebo que nos miramos ambos. Levantó el índice y “sentí” que me llamaba. Mi índice se enfiló a mi pecho y él asintió con la cabeza.

Entre murmullos me abrieron paso y ambos nos dirigimos a los jardines acompañados por el edecán aéreo. No había estado cerca de él desde su conferencia de prensa en el Partido Socialista, el 4 de septiembre de 1970. Esa vez, atiborrados de periodistas de todo el mundo en una estrecha sala y chorreando calor, quedé arrinconada entre su podium y las cámaras. A cada una de sus respuestas me miraba con cara cómplice y hasta me pareció haberle servido de barómetro de opinión.

Yo trabajaba en la oposición menos visceral y hormonal pero oposición al fin. Me llegaban cuentos de que mi diario era el primero en ser leído cada mañana en La Moneda. Aún así, me parecía difícil que recordara a la participante de la entrevista con la revista Veja, la que escribió su conferencia como candidato “presuntamente electo” y otros artículos más que envolvían al conglomerado de la izquierda porque, escribir sobre la derecha, era muy fácil.

Caminamos por los senderos de la hostería y me dijo apuntando hacia Tacna: ¿Sabías que yo nací allí?. Hace años que no venía por estos lados y comenzó a explicarme su infancia. Como no manejaba ese dato, respondí con una pachotada…¿Sabía usted que estas playas estaban inmundas y las limpiaron cuando se supo que usted venía?. Me desilusionó un poco el que no acusara el golpe porque se hizo el desentendido y agregó que estaba esperando a la Tencha que demoraba en estar lista.

Conversamos otras banalidades en lenguaje Morse antes de “entrar en materia” y en el breve ping pong corrieron temas en diversos planos: -La gira había sido un éxito. – ¿Qué cómo van las cosas? – Presidente, usted no toma en cuenta a las mujeres. – Habrá un Ministerio para ellas. – Hablo de la opinión de las mujeres, no de lo que los políticos quieren para ellas. – Sus revoltosos “sobrinos” lo pondrán en aprietos. – Son muchachos con ideales, ellos me han prometido que harán bien las cosas. – Los problemas están de tu lado, serán 17 los que se irán.  (Hice un brainstorm y concluí velozmente: No Presidente, le han informado mal, como máximo, le doy 5… Y comienza a mencionar apellidos. Con un suspiro de alivio por haber adivinado, le respondí que los choclos sólo se desgranan y no sería la primera vez.

Cuando la conversación comenzaba a ponerse chispeante, el Chicho tropieza con la caja de llaves de la piscina,  tambalea en un pie y su cuerpo va ineluctablemente hacia la enorme piscina. El tiempo se detuvo y las escenas comenzaron a sucederse en lentísimos segundos: un par de metros atrás nos sigue el Edecán, soldados de metralleta rodean el jardín y a unas decenas de metros hay un círculo de “GAPS” reforzando la custodia con armas largas. Una bala puede interferir con mi brazo si lo estiro  para agarrar al Presidente antes de caer al agua.

El edecán alcanza a sujetarlo dando un salto cuando el cuerpo de Allende se inclinaba ya sobre la piscina: “Presidente, es muy temprano para darse un baño”, le dice sin una sonrisa tratando de quebrar el instante.

Allende se recompone arreglando su abrigo y se agacha a masajearse una pantorrilla suavemente. “Tengo un edema por una flebitis”. No quise preguntar y volvimos al lobby. La Tencha nos esperaba y la tropa también: “Buenos días soldados” grita Allende. – Buenos días Presidente, responden a coro.

La comitiva enrumbó al aeropuerto y nosotras hacia Tacna y los anhelados choclos arequipeños.

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Los Hombres de Mayo: La chaquetita de cuero

Apoyado en su tamaño y geografía, Chile siempre ha hecho gala de ser un país “gobernable”, definición que no es el momento de discutir.

Como niña de trenzas, iba al Liceo en micro, me bajaba en La Moneda, cruzaba el palacio ¿palacio?, bueno la sede de gobierno más fría y austera que las viviendas de Felipe II pero cálida a la vez, con la presencia de perros pastores que brincaban conmigo en el trayecto de la Alameda a Moneda.

Los carabineros respondían mi saludo de cada mañana, me dejaban jugar con sus perros en el patio donde había verdaderos naranjos y yo bailaba alrededor de la pileta imitando los 17 pasos de los guardias, a la izquierda o derecha, desde el eje donde debían estar parados, en ambos umbrales.

Enfilaba hacia la calle Compañía y entraba a mi Liceo con la trenza medio desarmada, acalorada, poniéndome los blancos guantes peligrosamente al final de la campanada que anunciaba el cierre de puertas a las 8.05  AM. Llegar atrasada y sin guantes era una grave violación a las reglas, lo que podía significar una citación a mi padre, el cual ya sabía que no iría (y nunca fue). O sea, la “castigada” en último término, sería mi madre.

A veces las casi cuarenta alumnas de mi curso salíamos del Liceo en fila india “porque si”. Nos íbamos silenciosamente hacia la Plaza de Armas pisando la línea de baldosa rojiza que antecedía a la acera y mirábamos de reojo cómo la gente se paraba a ver esa extraña procesión. Alguna vez alguien le preguntó a una silenciosa caminante: “¿dónde van?” y yo que encabezaba la fila, escuché que mi compañera le respondió en voz baja: “a comer pizza”.

No había razones para “marchar” pero elucubrábamos en los efectos de “Mostración”, alguna idiotez que inventamos en algún minuto.

Así, y ya sin guantes, unas hacían la fila, otras reunían los pesos y con el total comprábamos pedazos de pizzas que nos repartíamos mirando las palomas de la Plaza de Armas.

A veces desde la calle Phillips aparecía un señor vestido con abrigo de piel de camello y bufanda azul que, sabíamos, era el Presidente de la República.

Y en un grupo decidimos seguirlo en su trayectoria hasta La Moneda. Mientras brincábamos y bailábamos – no podíamos estar quietas – lo fuimos cercando hasta que me atreví a pararme “distraídamente” frente a él. De manos en los bolsillos, me miró, nos miró y hasta hizo el intento de eludirnos. Pude verle su cara seria, casi distraído.

Le conté a papá que había visto de cerca los ojos azules de Alessandri. Se rió: “¡Ahora eres alessandrista!…” – No papá, no es eso, alcancé a decirle antes de que él siguiera… “En La Moneda debiera estar otra “vieja”, pero tu sabrás…”

Yo no sabía nada ni tampoco tenía derecho a voto, así que poco importaba. Me quedó en la cabeza que en el círculo más estrecho de periodistas y políticos se apodaban con sarcamos entre ellos y a Alessandri y a Allende como “La Vieja”. Las raíces de esos apodos parecieran estar en anécdotas que se remontan a los años 40 y que involucran al dueño del diario Clarín: Darío Saint-Marie Sorucco.

En este pequeño país, los ejes de familias de vez en cuando rotan de manera cercana; así pasó entre la mía y la del Chicho. Crecí en medio de círculos políticos y periodísticos y los pude contemplar con ojos de niña y de adolescente, sin poder intervenir ni tampoco adherir.

Y fui creciendo con minifaldas y pantalones de lino de La Maison y Palta, tomando helados en el Coppelia y dudando si hacerme hippie para oponerme al imparable equilibrio de la extralegalidad de aquellos años y también, ¿por qué no? por ser incapaz de irme al monte y cargar una metralleta. ¡Si me doy mal hasta con los rifles a postones!

 Cada semana devoraba la revista Paula y los reportajes de la Delia Vergara, riéndome a carcajadas de la citrola que Isabel Allende calificaba del camello santiaguino, además reparable con un alambrito. Me sentía mejor con la moda parisina y las letras de Georges Brassens, aunque sirvieran de carnada para que cualquier esotérico o termocéfalo de izquierda intentara hacerme caminar por la respiración controlada, la meditación o despreciar la vida pequeño-burguesa.

 Una tarde en que debía hacer las veces de “encargada de la comisión de pórtico” de mi casa, abrí la puerta a algunos ministros y cercanos de Eduardo Frei Montalva que lucían estruendosas corbatas y sombríos ternos. Los amigos de papá que eran muchos, venían de la izquierda dura, socialista y de la Revolución en Libertad. Estos últimos, cuando estaban en confianza, se quejaban de las dificultades de hacerse entender por el heredado establishment del gobierno conservador de Jorge Alessandri. Así, concluí que las colorinches corbatas – las de Patricio Silva eran emblemáticas – eran un símbolo de rebeldía, haciendo notar que podían ser tan formales como los de la vieja escuela aun en el poder. Pero los colores los pondrían quienes como ellos, caminaron todo el país buscando cambiarle el rostro a la geografía económica.

Más adelante, seguí observando a cada miembro de aquellas galaxias con lupa periodística, interviniendo, aunque no adhiriendo.

Salvador Allende llegó a la Presidencia y el Congreso hervía por los cuatro costados al igual que el país, entre manifestantes y políticos empoderados de malestar, ira, fanatismo. El senador Luis Bossay, dirigente del Partido Radical, andaba visiblemente molesto por los pasillos del Senado y casi con el ánimo de ser sociable, le pregunté qué le pasaba…. Fue cómo quitarle el tapón a una artesa y se confesó: Vengo de visitar a Allende…. – ¿Y?, esperé con curiosidad.

Bossay no me dijo claramente cuál era el tema central pero se agarró de una frase: “Le dije que el país estaba pegando fuego…Y él me respondió, mientras se miraba al espejo: ¿Qué te parece mi chaquetita de cuero?”

Eran las salidas de “La Vieja”, que para mi nunca fue y tampoco era el Chicho sino “El Pije”.

Volví al diario y entre varias informaciones breves de mi columna, en 10 líneas publiqué la anécdota que llamó la atención de muchos y se reprodujo en diarios de diversas partes del mundo.

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Hombres de Mayo: ¿El Chicho, El Pije o La Vieja?

Me preguntan desde Europa si creo que Salvador Allende se suicidó; en medio de otros desastres financieros, naturales,  y hasta sexuales, la noticia de la exhumación de sus restos ha dado la vuelta al mundo.

Los apodos siempre han sido en Chile una suerte de códigos para describir de manera críptica las cualidades, defectos o bromas perennes de cada cual. Así, recuerdo a Salvador Allende como “el Chicho”, “la vieja”, “el pije”. Las veces que estuve cerca de él, quedé convencida que “el pije” era lo que mejor le calzaba.

La primera vez, fue cuando hice las veces de traductora para un periodista de la revista Veja de Sao Paulo, Brasil. Armando Salem, a sabiendas que yo de portugués sabía poco, me pidió que lo acompañara al Senado donde se daría la tan anhelada entrevista que debía ocupar las páginas amarillas – las primeras – del semanario.  Y allí estaba “el Chicho”, ¡impecable!, en la Biblioteca leyendo los diarios del día, con un pañuelo cerca de la nariz por un feroz resfrío.

Grabadora en mano, nos sentamos los tres en un semicírculo roto sólo por la pierna encima de la otra con que relajadamente Salvador Allende respondía las preguntas.

-         Doctor – pregunta Salem – en momentos en que la izquierda chilena muestra una serie de pre-candidatos a la presidencia, ¿qué condiciones debe cumplir el elegido?

Antecedido por una carraspera, Allende habla:

“Debe tener una larga trayectoria política (afuera Neruda y el PC); pertenecer a un partido enraizado en la historia democrática de Chile (adiós a los otros once partidos más pequeños), y con clara vocación democrática (los tres movimientos emprenden la retirada y sólo queda uno)”.

“Además, repito, además, el representante debe tener un evidente historial de proyectos en defensa de las clases obreras (y ahí se cayó el último pre – candidato), lo que con mi vehemencia juvenil me hizo exclamar: ¡Senador, sólo queda usted!

Se ruborizó. Doy fe que se ruborizó y no se si por timidez, por rabia o por el resfrío. “No he dicho eso”, me dijo silibante y casi rechinando los dientes. Y yo con la porfía juvenil le insisto: Lo dijo y le largué mis argumentos mientras un asombrado Salem miraba a izquierda y derecha sin entender mucho. Afortunadamente ya había otras respuestas grabadas lo que salvó la edición de la revista Veja porque, a partir de ahí, Allende no quiso hablar más, se tapó la nariz con su pañuelo y dio por terminado el encuentro en la mortecina biblioteca.

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Tres artistas y una historia

Hoy tuve la mala ocurrencia de cachurear en mi archivo digital y caí en la música setentera de un Chile que se fue.

Fue pésima idea porque cuando Víctor Jara canta desde mi computador “Voy hacer un cigarrito”,  recordé cuando me escapaba de casa para instalarme a esperar la llegada de los artistas en la puerta de la Peña de los Parra, en Carmen 340. Miraba desde la puerta aquel hueco negro lleno de mesas minúsculas adornadas con botellas de vino que soportaban una vela. Allí se vendía vino y por cierto, la entrada me estaba vetada por normas familiares y reglas del local.

Un día tuve suerte. Entró un hombre bajo portando una guitarra y me invitó a pasar. Le di mis argumentos de por qué no podía hacerlo y rompió a carcajadas: “Aun no empezamos, pasa y conoce el local. Te presentaré a algunos…” Entonces vi a los ídolos: Rolando Alarcón, Patricio Manns, un Angel Parra, chascón con cara de pocos amigos y que llegó con un poncho. En un rincón, un uruguayo afinaba su guitarra.

Mi anfitrión me paseó por el recinto y sólo cuando alguien le habló supe quien era: Víctor Jara, y tenía – como su canción – la sonrisa ancha.

Semanas más tarde conseguí el permiso para acudir con algunos amigos a una noche de peña. Y sólo se vendía un vaso de vino tinto, tambaleando en una mesa coja. Víctor acudió a saludarme con su sonrisa ancha y mucho afecto, cuando mis amigos y yo entramos medio confundidos. Se transformó – en el acto- en uno de mis personajes inolvidables. Años después supe que estuvo casado con una gringa llamada Joana y que murió en septiembre, su mes de nacimiento, a los 40 años de 44 disparos.

Víctor Jara, Alejandro Sieveking y Marcelo Romo deben tener en común el haber sido artistas nacidos en la misma década. Y los tres me resultan cercanos y a la vez distantes.

Alejandro Sieveking trabajó en la Biblioteca Nacional cuando él y una de mis tía se ayudaban en los estudios pituteando como es lo común. Y a Sieveking con su estupenda facha lo divisé varias veces en los salones de la Biblioteca. Eso hizo que convocara a mis compañeras de Liceo a “admirar” al flamante funcionario y autor teatral, hasta que un día supimos que se casaba con Bélgica Castro y se nos acabó el amor.

Víctor Jara dirigió innumerables obras de Alejandro Sieveking y mis amigas los dejaron atrás cuando apareció en el horizonte Marcelo Romo; de cabello oscuro y ojos azules, era el Alain Delon de la escena chilena; y Mónica me canjeaba las tareas de inglés por acompañarla a una sesión de teatro donde estuviese actuando Marcelo. Era “el amor de su vida”.

Recién lo vine a conocer en Venezuela, años más tarde,  después que sus actividades miristas lo exiliaran en Inglaterra donde estudió y actuó. Se le considera en algunos círculos, el mejor actor shakesperiano que Chile ha tenido.

De su estadía en México hay pocos antecedentes de su paso por los teatros, pero sí hay una larga estela de telenovelas que filmó para Univisión y otros canales. Ya era un serio actor y director pero los años no le quitaban la buenmozura. Nos hicimos amigos cuando él vivía con Virginia, una estupenda actriz con la que filmó una película para la que necesitó subir 15 kilos, aparecer desnudo y casi asemejar un eunuco.

De vez en cuando llegaba a mi casa sin avisar. Yo partía a la cocina a preparar el consabido te mientras él  montaba un escenario: Acomodaba dos sitiales a su antojo, centraba milimétricamente una pequeña mesa y ambos tomábamos un tecito  mirando el Avila bajo la mirada atenta de mi madre. La noche nos pillaba bajo los reflejos de la montaña caraqueña, en penumbras, riéndonos de todo y jurándonos amor eterno inexistente y reeditando una promesa romántica de no distanciarnos jamás, de la memoria de cada cual.

Nos reencontramos en Chile cuando decidió regresar, instalarse en su casa de la calle Urano. A pesar de haber perdido todos sus ahorros en manos de un delincuente de cuello blanco, sacó ánimo de alguna parte y fundó una Academia en plena avenida Providencia.

Y nuestros caminos se separaron. En un corto regreso a Chile busqué la Academia y ya no estaba. Pregunté por él y supe que se había retirado,  no sin antes anunciar que lo hacía porque el Alzheimer estaba penetrando implacablemente en sus neuronas.

En un diario vi un reportaje que graficaba sus horas plácidas, jugando con su perro en su jardín. En los baúles que aun no desarmo, tengo fotos de un Marcelo vivaz y lúdico y algunas que me autografió con la esperanza de regalárselas a Mónica, su admiradora adolescente. Hoy busqué datos biográficos inútilmente y lo que más me sorprendió, es que en cada site se pide que alguien aporte datos de su vida.

Un taurino inolvidable, que mi memoria no lo ha distanciado como la suya lo hizo conmigo.

Para pasar el trago amargo, “voy a hacer un cigarrito…”

 

 

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Einstein en el país plástico

Mi amigo Marco – alias el “sapo” Zúñiga – escribe en su Facebook: “En la farmacia me piden el RUT, me niego y además les pago en efectivo. Coludidos y traficantes de datos personales no van conmigo”.

Le comento que será una lura y larga pelea. Responde: “Hay que empezar a darlas”.

Por cierto, si dos décadas atrás el Paseo Ahumada era la vitrina necesaria donde encontrarse con todo tipo de amigos, hoy es Facebook el que lo reemplazó, pero sin el tiempo ni el espacio para lanzar conversa afuera y café adentro.

Un investigador dijo hace pocos días que el petiso, risueño y chascón Albert Einstein tenía razón: “En el Universo de Einstein  el espacio y el tiempo son deformados por la gravedad. ….”

Cargo con una oculta sospecha de que Chile tiene un tipo de gravitación distinta al resto del planeta. Y ésta no parece afectarnos. Podemos volvernos etéreos y ligeros viviendo nuestras vidas sin sentir el peso de la mochila que cargamos, repleta de tarjetas plásticas.

En menos de seis meses ya repleté mi antigua cigarrera con todo tipo de tarjetas y cada mañana despierto cuando suena mi teléfono y alguien pregunta: “¿Se encuentra Max Hilton?”. Mantuve la serenidad durante una semana y contesté cordialmente la respectiva llamada matinal y vespertina hasta que me harté de responder que nadie con ese nombre vive en esta casa.  Pero estas se sucedieron durante cinco meses, implacablemente pese a mis protestas que incluyeron respuestas bravas con connotaciones groseras en varios dialectos sudamericanos. Ni la chingada, ni las lisuras ni el “coño, vale…” o las acusaciones de inoperantes, valieron.

La telenovela diaria no terminó allí. Una airada mandataria del call center respectivo me aseguró que yo debiera hablar con la empresa proveedora de telefonía porque mi teléfono – con certeza – era robado…

¿Cómo hacerle entender que el tal Max Hilton tiene visos de no ser nativo de esta angosta faja y a lo mejor, podía ser primo de la Paris Hilton?. Pero en ese caso, no viviría en La Florida, comuna que registró el malandro ante la cadena farmacéutica. Y así no supe en qué momento a los ojos de la funcionaria me transformé en sospechosa.

Volviendo a la Física, tema afín a mi amigo Marco, en Chile el país se divide en dos: los neutrinos y fotones. Los primeros, desde su estado cuántico, se creen con el derecho de traspasar de manera colectiva todas las barreras de la buena convivencia. Y los segundos, se limitan a girar en su invisible e imaginario spin, intentando replegarse sin mucha alharaca.

Cuando voy al registro Civil – a hacer algún trámite de rigor – me siento un fotón escapando de un invasor neutrino, que insiste en que un extranjero debe ir a un consulado chileno en el exterior, a sacar un RUT que permita rectificar una partida de nacimiento. Es inútil hacerle entender que la lógica dice que un extranjero no puede tener RUT chileno, huella carbónica de que existimos…

Las tarjetas de plástico y el RUT sirven para mover la economía chilena con las necesarias exclusiones que determinan los gobiernos de turno:

La Constitución dice que todos los chilenos tienen derecho a voto, pero el RUT no vale si un chileno vive en el extranjero. Así hay que entender que el RUT es territorial, lo cual confirma la teoría de Einstein que nos deja ingrávidos y poco gentiles.

Sin el RUT no podría tener cuenta bancaria. Y en caso de robo de los talones de cheques, lo necesito para bloquearlos. Y si el banco bloqueó – por distracción – el talón reservado en casa y permite que sigan circulando los cheques robados, no podría firmar un documento que dice que el banco queda exculpado del evento.

El RUT determina el bono por hijo para cada madre chilena. Si no se ha nacido entre los años tales y cuales, no vale. (Y no es el momento de comentar los otros condicionantes).

Sin el número de RUT el gobierno no podría saber cómo irá escalando en varios años – condicionantes de por medio – el no cobro del impuesto Fonasa a los jubilados.

Si no fuera por el RUT, no habría descuentos en las multitiendas ni se podrían acumular puntos para premios insólitos e inservibles. Me he dado el trabajo de sacar una tarjeta comercial para aprovechar el 5% de descuentos en una compra de algunos centenares de dólares. Y el vendedor se quedó perplejo cuando rompí la tarjeta en sus narices, una vez efectuada la compra. No era una agresión a su persona y se lo expliqué delicadamente. Respiró aliviado.

A mí el RUT me “cazó” cuando era estudiante preadolescente del Liceo Nº 1 de Niñas Javiera Carrera. Hasta allá llegó el Registro Civil a implantar su versión Beta.

Marco, me resigné…. Ahora ando buscando una segunda cigarrera metálica donde pueda guardar mi colección de tarjetas plásticas; y sólo me dedico a constatar la publicidad engañosa, con el listado de condicionantes, que contiene cada proyecto de ley.

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The Chilean Way o Guachaca 101

Después de 72 horas en el sur, intentando “aguachacarse” con todas las de la ley, Alvaro me envió su informe que lo gradúa como “Guachaca 101”; o sea, en la introducción apenas…

En el entretiempo, divulgué la declaración Guachaca urbi et orbe. Desde tres continentes me llegaron respuestas adhiriendo – íntegramente – al texto que piratée de la página web. Justo cuando mis amigos y yo nos desembarcábamos silenciosamente.

Pero no somos como el refrán aquel del “Capitán Araya…” Nop!, nuestro romanticismo acabó después de pagar a un revendedor más de 100 devaluados dólares (convertibles en moneda nacional) en ingresos a la estación Mapocho, la noche del sábado. Lo que debía ser una celebración de la chilenidad fue una escena cercana al infierno de Dante: miles de personas aturdidas por los gritos destemplados de altoparlantes descontrolados y entre ellas, mirándose las caras,  imposibilitadas de hablar o escucharse.

Ni siquiera necesitamos hacernos señas para dar la media vuelta y salir corriendo hasta los portones, custodiados por cancerberos intragables.

Pero los ánimos no decayeron y desafiando avenidas, cruzamos imprudentemente para subirnos a la camioneta de la Sole enrumbando a algún antro de la zona. Nuestro “via crucis” fue corto y simpático. Hasta las cinco de la mañana transpiramos sacudiendo el esqueleto en una salsoteca. Y en medio de bachacas y cumbias nos reímos hasta que nos dolieron las mandíbulas.

Cuando me recuperaba de la noche danzante, Alvaro seguía en su propio “vía crucis” que lo llevó a bordo de micros abarrotadas, de olores a mercado a la hora del cierre, de cervezas que nunca consiguieron la temperatura adecuada. Es decir, otro semi-infierno de Dante en un Chile menos cuico y que quiere ser “turístico”.

He aquí su resumen:

-         A lo que te conté, le siguió en el mercado un chacarero con peUre (nótese que no es pebre)  papas fritas rancias al desayuno en el terminal de buses y vaso de peKsi  (No, no es pepsi, oye).

-         Y ahí, estaba yo, muy sentado entre olor a fritanga asumagada, olor a brasero (y otros perfumes menos nobles).

-         Vidrios mojados por dentro, piso “flexit” manchado, pollos que sudaban grasa en la parrilla y un viejo que sorbeteaba te al lado.

Como me pareció una escena conocida, recordé el sarcasmo de Felipe cuando compara el turismo en Argentina y en Chile.

Alvaro me trajo a la realidad…  “Después de eso, no encontré ni taxi ni farmacia para comprar un “Yastá” contra la acidez…”

El hotel donde alojó tenía una cama de media (1/2) plaza, frazada con relleno acrílico, el televisor carecía del control remoto. La calefacción iba por cuenta de la estufa de gas con la correspondiente caja de fósforos, pero sólo había uno en la cajita y al prenderlo, el balón de gas estaba vacío. “Se apagó de inmediato”.

Escuchándolo, se me engriparon las tripas, me dio taquicardias pero mi solidaridad pudo más y alcancé a oírle: … el papel higiénico era como esos “confort” de antes ….. que poco faltaba ver los trocitos de diario molido ….. ouch!

En aquel segundo, cuando las neuronas hacen su trabajo y hay una abrupta y desagradable comprensión de la compleja realidad, me salvó una frase que se me vino a la mente. “¡The Chilean Way!”

Mi amigo es generoso… hasta me dio las gracias por animarlo en el intento. Pero me advirtió que renunciará a cualquier título criollo y el próximo fin de semana se refugiará en el Ritz, para recuperar las energías perdidas frente a los desafíos que le puse por delante.

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