Salvador, Tencha y Laurita

La senadora Isabel Allende es el rostro más visto por estos días en los canales de televisión. Con mucha dignidad y mesura ha explicado las razones de la exhumación de los restos de su padre, Salvador Allende.

 De cierta manera, sus gestos recuerdan a su tía, la senadora Laura Allende, “la Laurita”, que en los comedores del Senado después de comer las uvas hundía gentilmente sus dedos en el aguamanil para embelezo de los toscos periodistas. Un diplomático chino me confesó alguna vez que “la Tencha”, confundió una sopa servida en un viaje a Beijing con el aguamanil…

 “La Tencha”, que de Primera Dama parecía no mirar a nadie, era de anciana la primera en llegar a las presentaciones de los libros de mi Editorial. Creo habérselo agradecido oportunamente.

 Salvador y Hortensia aterrizaron en Arica al regreso al país de un viaje protocolar por varios países latinoamericanos.

 Yo, andaba como que “obstiná”. Enojada conmigo y con la vida. Obstiná de ejercer una jefatura de política que acaparaba todo el tiempo, hasta para ir a la Universidad. Obstiná  de pesadillas recurrentes donde niñitos vagaban por callejuelas de tierra buscando a sus papás; pesadillas que olvidaba en marejadas de indignación cuando algún parlamentario me pedía incluir una nota reclamando por el excesivo precio de las ostras. Obstiná de andar en blue-jeans y zapatillas no olvidando los sobres de sal para paliar los gases lacrimógenos. Obstiná de arrancar de los manifestantes que a veces nos reventaban las carísimas cámaras fotográficas, de los guanacos y sus chorros de agua y más de uno me arrastró por varios metros. Es decir, una situación que hoy por mucho menos se resume en stress.

 Hablé con mi director y presenté mi renuncia con argumentos poco creíbles, incluso para mí: Soy demasiado joven para morir y quiero ver el mundo… Como no era la primera vez, cada renuncia terminaba con un aumento de sueldo después de una discutida cena. Y esta vez fue parecido pero se le agregó una semana de vacaciones con gastos pagados para mi mamá y yo.

 Aquel día madrugamos, preparándonos para la llegada del taxi que nos llevaría de la Hostería de Arica a Tacna. Soñábamos almorzar los diminutos y dulces choclos arequipeños y bañarnos en unas rústicas termas.

Al bajar al lobby, compruebo que una comitiva bloqueó la llegada de mi taxi: La del Presidente y decenas de militares que hacían guardia a la entrada del hotel. Yo, de ojo en mis conflictos existenciales, resolví que importaba más mi paseo que la política excesivamente contingente y beligerante. Pero no había manera de evadir la espera y allí me senté, con mi tenida deportiva, frustrada entre los vítores y exclamaciones de muchas pasajeras que se agolparon a ver al Primer Mandatario. Y ningún periodista alrededor.

Allende se había puesto un abrigo, extrañando tal vez el clima y la humedad. Salió a los jardines y de pronto, tras los vidrios donde se agolpaban narices de niñas viejas giró y volvió a entrar. Mira por encima de los hombros y por allá al fondo, yo desde mi cara frustrada, compruebo que nos miramos ambos. Levantó el índice y “sentí” que me llamaba. Mi índice se enfiló a mi pecho y él asintió con la cabeza.

Entre murmullos me abrieron paso y ambos nos dirigimos a los jardines acompañados por el edecán aéreo. No había estado cerca de él desde su conferencia de prensa en el Partido Socialista, el 4 de septiembre de 1970. Esa vez, atiborrados de periodistas de todo el mundo en una estrecha sala y chorreando calor, quedé arrinconada entre su podium y las cámaras. A cada una de sus respuestas me miraba con cara cómplice y hasta me pareció haberle servido de barómetro de opinión.

Yo trabajaba en la oposición menos visceral y hormonal pero oposición al fin. Me llegaban cuentos de que mi diario era el primero en ser leído cada mañana en La Moneda. Aún así, me parecía difícil que recordara a la participante de la entrevista con la revista Veja, la que escribió su conferencia como candidato “presuntamente electo” y otros artículos más que envolvían al conglomerado de la izquierda porque, escribir sobre la derecha, era muy fácil.

Caminamos por los senderos de la hostería y me dijo apuntando hacia Tacna: ¿Sabías que yo nací allí?. Hace años que no venía por estos lados y comenzó a explicarme su infancia. Como no manejaba ese dato, respondí con una pachotada…¿Sabía usted que estas playas estaban inmundas y las limpiaron cuando se supo que usted venía?. Me desilusionó un poco el que no acusara el golpe porque se hizo el desentendido y agregó que estaba esperando a la Tencha que demoraba en estar lista.

Conversamos otras banalidades en lenguaje Morse antes de “entrar en materia” y en el breve ping pong corrieron temas en diversos planos: -La gira había sido un éxito. – ¿Qué cómo van las cosas? – Presidente, usted no toma en cuenta a las mujeres. – Habrá un Ministerio para ellas. – Hablo de la opinión de las mujeres, no de lo que los políticos quieren para ellas. – Sus revoltosos “sobrinos” lo pondrán en aprietos. – Son muchachos con ideales, ellos me han prometido que harán bien las cosas. – Los problemas están de tu lado, serán 17 los que se irán.  (Hice un brainstorm y concluí velozmente: No Presidente, le han informado mal, como máximo, le doy 5… Y comienza a mencionar apellidos. Con un suspiro de alivio por haber adivinado, le respondí que los choclos sólo se desgranan y no sería la primera vez.

Cuando la conversación comenzaba a ponerse chispeante, el Chicho tropieza con la caja de llaves de la piscina,  tambalea en un pie y su cuerpo va ineluctablemente hacia la enorme piscina. El tiempo se detuvo y las escenas comenzaron a sucederse en lentísimos segundos: un par de metros atrás nos sigue el Edecán, soldados de metralleta rodean el jardín y a unas decenas de metros hay un círculo de “GAPS” reforzando la custodia con armas largas. Una bala puede interferir con mi brazo si lo estiro  para agarrar al Presidente antes de caer al agua.

El edecán alcanza a sujetarlo dando un salto cuando el cuerpo de Allende se inclinaba ya sobre la piscina: “Presidente, es muy temprano para darse un baño”, le dice sin una sonrisa tratando de quebrar el instante.

Allende se recompone arreglando su abrigo y se agacha a masajearse una pantorrilla suavemente. “Tengo un edema por una flebitis”. No quise preguntar y volvimos al lobby. La Tencha nos esperaba y la tropa también: “Buenos días soldados” grita Allende. – Buenos días Presidente, responden a coro.

La comitiva enrumbó al aeropuerto y nosotras hacia Tacna y los anhelados choclos arequipeños.

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Los Hombres de Mayo: La chaquetita de cuero

Apoyado en su tamaño y geografía, Chile siempre ha hecho gala de ser un país “gobernable”, definición que no es el momento de discutir.

Como niña de trenzas, iba al Liceo en micro, me bajaba en La Moneda, cruzaba el palacio ¿palacio?, bueno la sede de gobierno más fría y austera que las viviendas de Felipe II pero cálida a la vez, con la presencia de perros pastores que brincaban conmigo en el trayecto de la Alameda a Moneda.

Los carabineros respondían mi saludo de cada mañana, me dejaban jugar con sus perros en el patio donde había verdaderos naranjos y yo bailaba alrededor de la pileta imitando los 17 pasos de los guardias, a la izquierda o derecha, desde el eje donde debían estar parados, en ambos umbrales.

Enfilaba hacia la calle Compañía y entraba a mi Liceo con la trenza medio desarmada, acalorada, poniéndome los blancos guantes peligrosamente al final de la campanada que anunciaba el cierre de puertas a las 8.05  AM. Llegar atrasada y sin guantes era una grave violación a las reglas, lo que podía significar una citación a mi padre, el cual ya sabía que no iría (y nunca fue). O sea, la “castigada” en último término, sería mi madre.

A veces las casi cuarenta alumnas de mi curso salíamos del Liceo en fila india “porque si”. Nos íbamos silenciosamente hacia la Plaza de Armas pisando la línea de baldosa rojiza que antecedía a la acera y mirábamos de reojo cómo la gente se paraba a ver esa extraña procesión. Alguna vez alguien le preguntó a una silenciosa caminante: “¿dónde van?” y yo que encabezaba la fila, escuché que mi compañera le respondió en voz baja: “a comer pizza”.

No había razones para “marchar” pero elucubrábamos en los efectos de “Mostración”, alguna idiotez que inventamos en algún minuto.

Así, y ya sin guantes, unas hacían la fila, otras reunían los pesos y con el total comprábamos pedazos de pizzas que nos repartíamos mirando las palomas de la Plaza de Armas.

A veces desde la calle Phillips aparecía un señor vestido con abrigo de piel de camello y bufanda azul que, sabíamos, era el Presidente de la República.

Y en un grupo decidimos seguirlo en su trayectoria hasta La Moneda. Mientras brincábamos y bailábamos – no podíamos estar quietas – lo fuimos cercando hasta que me atreví a pararme “distraídamente” frente a él. De manos en los bolsillos, me miró, nos miró y hasta hizo el intento de eludirnos. Pude verle su cara seria, casi distraído.

Le conté a papá que había visto de cerca los ojos azules de Alessandri. Se rió: “¡Ahora eres alessandrista!…” – No papá, no es eso, alcancé a decirle antes de que él siguiera… “En La Moneda debiera estar otra “vieja”, pero tu sabrás…”

Yo no sabía nada ni tampoco tenía derecho a voto, así que poco importaba. Me quedó en la cabeza que en el círculo más estrecho de periodistas y políticos se apodaban con sarcamos entre ellos y a Alessandri y a Allende como “La Vieja”. Las raíces de esos apodos parecieran estar en anécdotas que se remontan a los años 40 y que involucran al dueño del diario Clarín: Darío Saint-Marie Sorucco.

En este pequeño país, los ejes de familias de vez en cuando rotan de manera cercana; así pasó entre la mía y la del Chicho. Crecí en medio de círculos políticos y periodísticos y los pude contemplar con ojos de niña y de adolescente, sin poder intervenir ni tampoco adherir.

Y fui creciendo con minifaldas y pantalones de lino de La Maison y Palta, tomando helados en el Coppelia y dudando si hacerme hippie para oponerme al imparable equilibrio de la extralegalidad de aquellos años y también, ¿por qué no? por ser incapaz de irme al monte y cargar una metralleta. ¡Si me doy mal hasta con los rifles a postones!

 Cada semana devoraba la revista Paula y los reportajes de la Delia Vergara, riéndome a carcajadas de la citrola que Isabel Allende calificaba del camello santiaguino, además reparable con un alambrito. Me sentía mejor con la moda parisina y las letras de Georges Brassens, aunque sirvieran de carnada para que cualquier esotérico o termocéfalo de izquierda intentara hacerme caminar por la respiración controlada, la meditación o despreciar la vida pequeño-burguesa.

 Una tarde en que debía hacer las veces de “encargada de la comisión de pórtico” de mi casa, abrí la puerta a algunos ministros y cercanos de Eduardo Frei Montalva que lucían estruendosas corbatas y sombríos ternos. Los amigos de papá que eran muchos, venían de la izquierda dura, socialista y de la Revolución en Libertad. Estos últimos, cuando estaban en confianza, se quejaban de las dificultades de hacerse entender por el heredado establishment del gobierno conservador de Jorge Alessandri. Así, concluí que las colorinches corbatas – las de Patricio Silva eran emblemáticas – eran un símbolo de rebeldía, haciendo notar que podían ser tan formales como los de la vieja escuela aun en el poder. Pero los colores los pondrían quienes como ellos, caminaron todo el país buscando cambiarle el rostro a la geografía económica.

Más adelante, seguí observando a cada miembro de aquellas galaxias con lupa periodística, interviniendo, aunque no adhiriendo.

Salvador Allende llegó a la Presidencia y el Congreso hervía por los cuatro costados al igual que el país, entre manifestantes y políticos empoderados de malestar, ira, fanatismo. El senador Luis Bossay, dirigente del Partido Radical, andaba visiblemente molesto por los pasillos del Senado y casi con el ánimo de ser sociable, le pregunté qué le pasaba…. Fue cómo quitarle el tapón a una artesa y se confesó: Vengo de visitar a Allende…. – ¿Y?, esperé con curiosidad.

Bossay no me dijo claramente cuál era el tema central pero se agarró de una frase: “Le dije que el país estaba pegando fuego…Y él me respondió, mientras se miraba al espejo: ¿Qué te parece mi chaquetita de cuero?”

Eran las salidas de “La Vieja”, que para mi nunca fue y tampoco era el Chicho sino “El Pije”.

Volví al diario y entre varias informaciones breves de mi columna, en 10 líneas publiqué la anécdota que llamó la atención de muchos y se reprodujo en diarios de diversas partes del mundo.

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Hombres de Mayo: ¿El Chicho, El Pije o La Vieja?

Me preguntan desde Europa si creo que Salvador Allende se suicidó; en medio de otros desastres financieros, naturales,  y hasta sexuales, la noticia de la exhumación de sus restos ha dado la vuelta al mundo.

Los apodos siempre han sido en Chile una suerte de códigos para describir de manera críptica las cualidades, defectos o bromas perennes de cada cual. Así, recuerdo a Salvador Allende como “el Chicho”, “la vieja”, “el pije”. Las veces que estuve cerca de él, quedé convencida que “el pije” era lo que mejor le calzaba.

La primera vez, fue cuando hice las veces de traductora para un periodista de la revista Veja de Sao Paulo, Brasil. Armando Salem, a sabiendas que yo de portugués sabía poco, me pidió que lo acompañara al Senado donde se daría la tan anhelada entrevista que debía ocupar las páginas amarillas – las primeras – del semanario.  Y allí estaba “el Chicho”, ¡impecable!, en la Biblioteca leyendo los diarios del día, con un pañuelo cerca de la nariz por un feroz resfrío.

Grabadora en mano, nos sentamos los tres en un semicírculo roto sólo por la pierna encima de la otra con que relajadamente Salvador Allende respondía las preguntas.

-         Doctor – pregunta Salem – en momentos en que la izquierda chilena muestra una serie de pre-candidatos a la presidencia, ¿qué condiciones debe cumplir el elegido?

Antecedido por una carraspera, Allende habla:

“Debe tener una larga trayectoria política (afuera Neruda y el PC); pertenecer a un partido enraizado en la historia democrática de Chile (adiós a los otros once partidos más pequeños), y con clara vocación democrática (los tres movimientos emprenden la retirada y sólo queda uno)”.

“Además, repito, además, el representante debe tener un evidente historial de proyectos en defensa de las clases obreras (y ahí se cayó el último pre – candidato), lo que con mi vehemencia juvenil me hizo exclamar: ¡Senador, sólo queda usted!

Se ruborizó. Doy fe que se ruborizó y no se si por timidez, por rabia o por el resfrío. “No he dicho eso”, me dijo silibante y casi rechinando los dientes. Y yo con la porfía juvenil le insisto: Lo dijo y le largué mis argumentos mientras un asombrado Salem miraba a izquierda y derecha sin entender mucho. Afortunadamente ya había otras respuestas grabadas lo que salvó la edición de la revista Veja porque, a partir de ahí, Allende no quiso hablar más, se tapó la nariz con su pañuelo y dio por terminado el encuentro en la mortecina biblioteca.

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Tres artistas y una historia

Hoy tuve la mala ocurrencia de cachurear en mi archivo digital y caí en la música setentera de un Chile que se fue.

Fue pésima idea porque cuando Víctor Jara canta desde mi computador “Voy hacer un cigarrito”,  recordé cuando me escapaba de casa para instalarme a esperar la llegada de los artistas en la puerta de la Peña de los Parra, en Carmen 340. Miraba desde la puerta aquel hueco negro lleno de mesas minúsculas adornadas con botellas de vino que soportaban una vela. Allí se vendía vino y por cierto, la entrada me estaba vetada por normas familiares y reglas del local.

Un día tuve suerte. Entró un hombre bajo portando una guitarra y me invitó a pasar. Le di mis argumentos de por qué no podía hacerlo y rompió a carcajadas: “Aun no empezamos, pasa y conoce el local. Te presentaré a algunos…” Entonces vi a los ídolos: Rolando Alarcón, Patricio Manns, un Angel Parra, chascón con cara de pocos amigos y que llegó con un poncho. En un rincón, un uruguayo afinaba su guitarra.

Mi anfitrión me paseó por el recinto y sólo cuando alguien le habló supe quien era: Víctor Jara, y tenía – como su canción – la sonrisa ancha.

Semanas más tarde conseguí el permiso para acudir con algunos amigos a una noche de peña. Y sólo se vendía un vaso de vino tinto, tambaleando en una mesa coja. Víctor acudió a saludarme con su sonrisa ancha y mucho afecto, cuando mis amigos y yo entramos medio confundidos. Se transformó – en el acto- en uno de mis personajes inolvidables. Años después supe que estuvo casado con una gringa llamada Joana y que murió en septiembre, su mes de nacimiento, a los 40 años de 44 disparos.

Víctor Jara, Alejandro Sieveking y Marcelo Romo deben tener en común el haber sido artistas nacidos en la misma década. Y los tres me resultan cercanos y a la vez distantes.

Alejandro Sieveking trabajó en la Biblioteca Nacional cuando él y una de mis tía se ayudaban en los estudios pituteando como es lo común. Y a Sieveking con su estupenda facha lo divisé varias veces en los salones de la Biblioteca. Eso hizo que convocara a mis compañeras de Liceo a “admirar” al flamante funcionario y autor teatral, hasta que un día supimos que se casaba con Bélgica Castro y se nos acabó el amor.

Víctor Jara dirigió innumerables obras de Alejandro Sieveking y mis amigas los dejaron atrás cuando apareció en el horizonte Marcelo Romo; de cabello oscuro y ojos azules, era el Alain Delon de la escena chilena; y Mónica me canjeaba las tareas de inglés por acompañarla a una sesión de teatro donde estuviese actuando Marcelo. Era “el amor de su vida”.

Recién lo vine a conocer en Venezuela, años más tarde,  después que sus actividades miristas lo exiliaran en Inglaterra donde estudió y actuó. Se le considera en algunos círculos, el mejor actor shakesperiano que Chile ha tenido.

De su estadía en México hay pocos antecedentes de su paso por los teatros, pero sí hay una larga estela de telenovelas que filmó para Univisión y otros canales. Ya era un serio actor y director pero los años no le quitaban la buenmozura. Nos hicimos amigos cuando él vivía con Virginia, una estupenda actriz con la que filmó una película para la que necesitó subir 15 kilos, aparecer desnudo y casi asemejar un eunuco.

De vez en cuando llegaba a mi casa sin avisar. Yo partía a la cocina a preparar el consabido te mientras él  montaba un escenario: Acomodaba dos sitiales a su antojo, centraba milimétricamente una pequeña mesa y ambos tomábamos un tecito  mirando el Avila bajo la mirada atenta de mi madre. La noche nos pillaba bajo los reflejos de la montaña caraqueña, en penumbras, riéndonos de todo y jurándonos amor eterno inexistente y reeditando una promesa romántica de no distanciarnos jamás, de la memoria de cada cual.

Nos reencontramos en Chile cuando decidió regresar, instalarse en su casa de la calle Urano. A pesar de haber perdido todos sus ahorros en manos de un delincuente de cuello blanco, sacó ánimo de alguna parte y fundó una Academia en plena avenida Providencia.

Y nuestros caminos se separaron. En un corto regreso a Chile busqué la Academia y ya no estaba. Pregunté por él y supe que se había retirado,  no sin antes anunciar que lo hacía porque el Alzheimer estaba penetrando implacablemente en sus neuronas.

En un diario vi un reportaje que graficaba sus horas plácidas, jugando con su perro en su jardín. En los baúles que aun no desarmo, tengo fotos de un Marcelo vivaz y lúdico y algunas que me autografió con la esperanza de regalárselas a Mónica, su admiradora adolescente. Hoy busqué datos biográficos inútilmente y lo que más me sorprendió, es que en cada site se pide que alguien aporte datos de su vida.

Un taurino inolvidable, que mi memoria no lo ha distanciado como la suya lo hizo conmigo.

Para pasar el trago amargo, “voy a hacer un cigarrito…”

 

 

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Einstein en el país plástico

Mi amigo Marco – alias el “sapo” Zúñiga – escribe en su Facebook: “En la farmacia me piden el RUT, me niego y además les pago en efectivo. Coludidos y traficantes de datos personales no van conmigo”.

Le comento que será una lura y larga pelea. Responde: “Hay que empezar a darlas”.

Por cierto, si dos décadas atrás el Paseo Ahumada era la vitrina necesaria donde encontrarse con todo tipo de amigos, hoy es Facebook el que lo reemplazó, pero sin el tiempo ni el espacio para lanzar conversa afuera y café adentro.

Un investigador dijo hace pocos días que el petiso, risueño y chascón Albert Einstein tenía razón: “En el Universo de Einstein  el espacio y el tiempo son deformados por la gravedad. ….”

Cargo con una oculta sospecha de que Chile tiene un tipo de gravitación distinta al resto del planeta. Y ésta no parece afectarnos. Podemos volvernos etéreos y ligeros viviendo nuestras vidas sin sentir el peso de la mochila que cargamos, repleta de tarjetas plásticas.

En menos de seis meses ya repleté mi antigua cigarrera con todo tipo de tarjetas y cada mañana despierto cuando suena mi teléfono y alguien pregunta: “¿Se encuentra Max Hilton?”. Mantuve la serenidad durante una semana y contesté cordialmente la respectiva llamada matinal y vespertina hasta que me harté de responder que nadie con ese nombre vive en esta casa.  Pero estas se sucedieron durante cinco meses, implacablemente pese a mis protestas que incluyeron respuestas bravas con connotaciones groseras en varios dialectos sudamericanos. Ni la chingada, ni las lisuras ni el “coño, vale…” o las acusaciones de inoperantes, valieron.

La telenovela diaria no terminó allí. Una airada mandataria del call center respectivo me aseguró que yo debiera hablar con la empresa proveedora de telefonía porque mi teléfono – con certeza – era robado…

¿Cómo hacerle entender que el tal Max Hilton tiene visos de no ser nativo de esta angosta faja y a lo mejor, podía ser primo de la Paris Hilton?. Pero en ese caso, no viviría en La Florida, comuna que registró el malandro ante la cadena farmacéutica. Y así no supe en qué momento a los ojos de la funcionaria me transformé en sospechosa.

Volviendo a la Física, tema afín a mi amigo Marco, en Chile el país se divide en dos: los neutrinos y fotones. Los primeros, desde su estado cuántico, se creen con el derecho de traspasar de manera colectiva todas las barreras de la buena convivencia. Y los segundos, se limitan a girar en su invisible e imaginario spin, intentando replegarse sin mucha alharaca.

Cuando voy al registro Civil – a hacer algún trámite de rigor – me siento un fotón escapando de un invasor neutrino, que insiste en que un extranjero debe ir a un consulado chileno en el exterior, a sacar un RUT que permita rectificar una partida de nacimiento. Es inútil hacerle entender que la lógica dice que un extranjero no puede tener RUT chileno, huella carbónica de que existimos…

Las tarjetas de plástico y el RUT sirven para mover la economía chilena con las necesarias exclusiones que determinan los gobiernos de turno:

La Constitución dice que todos los chilenos tienen derecho a voto, pero el RUT no vale si un chileno vive en el extranjero. Así hay que entender que el RUT es territorial, lo cual confirma la teoría de Einstein que nos deja ingrávidos y poco gentiles.

Sin el RUT no podría tener cuenta bancaria. Y en caso de robo de los talones de cheques, lo necesito para bloquearlos. Y si el banco bloqueó – por distracción – el talón reservado en casa y permite que sigan circulando los cheques robados, no podría firmar un documento que dice que el banco queda exculpado del evento.

El RUT determina el bono por hijo para cada madre chilena. Si no se ha nacido entre los años tales y cuales, no vale. (Y no es el momento de comentar los otros condicionantes).

Sin el número de RUT el gobierno no podría saber cómo irá escalando en varios años – condicionantes de por medio – el no cobro del impuesto Fonasa a los jubilados.

Si no fuera por el RUT, no habría descuentos en las multitiendas ni se podrían acumular puntos para premios insólitos e inservibles. Me he dado el trabajo de sacar una tarjeta comercial para aprovechar el 5% de descuentos en una compra de algunos centenares de dólares. Y el vendedor se quedó perplejo cuando rompí la tarjeta en sus narices, una vez efectuada la compra. No era una agresión a su persona y se lo expliqué delicadamente. Respiró aliviado.

A mí el RUT me “cazó” cuando era estudiante preadolescente del Liceo Nº 1 de Niñas Javiera Carrera. Hasta allá llegó el Registro Civil a implantar su versión Beta.

Marco, me resigné…. Ahora ando buscando una segunda cigarrera metálica donde pueda guardar mi colección de tarjetas plásticas; y sólo me dedico a constatar la publicidad engañosa, con el listado de condicionantes, que contiene cada proyecto de ley.

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The Chilean Way o Guachaca 101

Después de 72 horas en el sur, intentando “aguachacarse” con todas las de la ley, Alvaro me envió su informe que lo gradúa como “Guachaca 101”; o sea, en la introducción apenas…

En el entretiempo, divulgué la declaración Guachaca urbi et orbe. Desde tres continentes me llegaron respuestas adhiriendo – íntegramente – al texto que piratée de la página web. Justo cuando mis amigos y yo nos desembarcábamos silenciosamente.

Pero no somos como el refrán aquel del “Capitán Araya…” Nop!, nuestro romanticismo acabó después de pagar a un revendedor más de 100 devaluados dólares (convertibles en moneda nacional) en ingresos a la estación Mapocho, la noche del sábado. Lo que debía ser una celebración de la chilenidad fue una escena cercana al infierno de Dante: miles de personas aturdidas por los gritos destemplados de altoparlantes descontrolados y entre ellas, mirándose las caras,  imposibilitadas de hablar o escucharse.

Ni siquiera necesitamos hacernos señas para dar la media vuelta y salir corriendo hasta los portones, custodiados por cancerberos intragables.

Pero los ánimos no decayeron y desafiando avenidas, cruzamos imprudentemente para subirnos a la camioneta de la Sole enrumbando a algún antro de la zona. Nuestro “via crucis” fue corto y simpático. Hasta las cinco de la mañana transpiramos sacudiendo el esqueleto en una salsoteca. Y en medio de bachacas y cumbias nos reímos hasta que nos dolieron las mandíbulas.

Cuando me recuperaba de la noche danzante, Alvaro seguía en su propio “vía crucis” que lo llevó a bordo de micros abarrotadas, de olores a mercado a la hora del cierre, de cervezas que nunca consiguieron la temperatura adecuada. Es decir, otro semi-infierno de Dante en un Chile menos cuico y que quiere ser “turístico”.

He aquí su resumen:

-         A lo que te conté, le siguió en el mercado un chacarero con peUre (nótese que no es pebre)  papas fritas rancias al desayuno en el terminal de buses y vaso de peKsi  (No, no es pepsi, oye).

-         Y ahí, estaba yo, muy sentado entre olor a fritanga asumagada, olor a brasero (y otros perfumes menos nobles).

-         Vidrios mojados por dentro, piso “flexit” manchado, pollos que sudaban grasa en la parrilla y un viejo que sorbeteaba te al lado.

Como me pareció una escena conocida, recordé el sarcasmo de Felipe cuando compara el turismo en Argentina y en Chile.

Alvaro me trajo a la realidad…  “Después de eso, no encontré ni taxi ni farmacia para comprar un “Yastá” contra la acidez…”

El hotel donde alojó tenía una cama de media (1/2) plaza, frazada con relleno acrílico, el televisor carecía del control remoto. La calefacción iba por cuenta de la estufa de gas con la correspondiente caja de fósforos, pero sólo había uno en la cajita y al prenderlo, el balón de gas estaba vacío. “Se apagó de inmediato”.

Escuchándolo, se me engriparon las tripas, me dio taquicardias pero mi solidaridad pudo más y alcancé a oírle: … el papel higiénico era como esos “confort” de antes ….. que poco faltaba ver los trocitos de diario molido ….. ouch!

En aquel segundo, cuando las neuronas hacen su trabajo y hay una abrupta y desagradable comprensión de la compleja realidad, me salvó una frase que se me vino a la mente. “¡The Chilean Way!”

Mi amigo es generoso… hasta me dio las gracias por animarlo en el intento. Pero me advirtió que renunciará a cualquier título criollo y el próximo fin de semana se refugiará en el Ritz, para recuperar las energías perdidas frente a los desafíos que le puse por delante.

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Cuando Bin Laden cambió al mundo

Difícil quedar impávidos y no cavilar frente a la muerte del alto, flaco y aparentemente asceta líder de Al Qaeda, el empresario y teólogo saudí Osama Bin Laden.

Fue empresario mientras pudo sacar provecho de sus amistades occidentales. Y se hizo líder religioso, buscando purificar el espíritu por medio de la negación de los placeres materiales, cuando sus amigos lo abandonaron.

En el Golfo de Omán, por ahí cerca de Karachi y a más de mil kilómetros de donde murió, dicen que están sus restos. Para no ofender a un tercio del planeta lanzaron su cuerpo al mar. Y para no ofender a los otros dos tercios, evitaron crear una tumba que a futuro mereciera recordatorios.

Los noticieros precisan los ritos musulmanes que se le practicaron a bordo de la nave estadounidense,  adonde lo llevaron después del tiroteo en Abottabad, cercano a Islamabad. Un rito políticamente correcto.

Justamente esta semana le respondí a un universitario que,  musulmán no es sinónimo de árabe, terrorista o extremista, como se ha enclavado en el imaginario colectivo del planeta en los diez últimos años.

Hoy muchos respiran aliviados al saber que el cabecilla de la Guerra Santa contra Occidente está muerto. Estados Unidos celebra y yo me alegro tibiamente de que su gobierno esté en manos de un Presidente demócrata, menos visceral y más aterrizado que su antecesor.

Estaba en Brasil cuando ocurrieron los sucesivos atentados contra las torres gemelas en Nueva York, el Pentágono y todo lo que vino después. El tiempo paró y la imaginación voló. Aquellas escenas no podían ser reales… tal vez se trataba de una película, al estilo del Ciudadano Kane. Ese 11 de septiembre el mundo comenzó a girar al revés y no ha parado desde entonces.

A menos de diez años de aquel sombrío Septiembre, el franchising de Bin Laden crece tal vez al mismo ritmo que las franquicias de McDonalds, las miradas de miedos se concentran  en rostros morenos que intentan ingresar a territorio estadounidense, WalMart vuelve a vender armas junto a los cereales, en los aeropuertos las autoridades mal traducen las instrucciones en inglés, viajar se hace cada vez más incómodo por las “medidas de seguridad”,  muchas de ellas sin sentido. Y nada elimina de las mentes la posibilidad de macro atentados en cualquier lugar, porque hoy la fiera tiene múltiples rostros.

Se impuso la “sociedad de la seguridad” y se implantó la industria del terror. Desmontar hoy esa “anti- economía”, parece el sueño del pibe; dejaría cesantes a millones de expertos, estrategas y empresas de seguridad, más allá de las históricas instituciones de preservación social.

Del otro lado, las cucarachas paranoicas seguirán alimentando la cadena donde la Humanidad se fagocita entre el narcotráfico, la esclavitud sexual, la extorsión a migrantes, las “maras” o tribus urbanas; y todos asolan a  estas Américas con sus AK47 o “cuernos de chivo” tan populares, consolidando la industria del terror.

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XIV The Guachaca Summit ó “Humildes, cariñosos y republicanos”

Me gusta patear el Persa del Bío Bío y recorrer Patronato, allá en el barrio La Chimba. Por 100 pesos me como una sopaipilla tomando el sol del otoño junto a un carrito que además, vende mote con huesillos.

No se si alcanzo el puntaje para entrar en la categoría de guachaca y saltarme ese molesto mote de cuica, al que ataco con saña cuando alguna congénere me pregunta con voz cándida: ¿Y no te da miedo andar por ahí?

A pesar de mi rechazo a la idea de escoger “reina” del evento, hoy, mi amigo Tote y yo intentamos recrear una noche guachaca en la Estación Mapocho. No estoy de acuerdo en mostrar la hilacha con resabios imperiales de elección de “reina” porque creo que se debería elegir a la Misia, que la imagino morenaza y curvilínea, con todos aquellos excesos de proa y popa que la Naturaleza no me otorgó pero que recuerdan a Lukas cuando graficaba el espíritu chileno en sus insuperables caricaturas.

La última vez que fuimos, “apatotados” como corresponde a los connacionales, entre cumbias y cuecas se armó una pareja  que duerme bajo el mismo techo y contra  cualquier vaticinio, sobrevive hasta hoy. Sospecho que esta noche no asistirán porque ya los debe haber agarrado el sistema,  que aprisiona con los dogmas de los GCU (Gente Como Uno) de la socialité chilena.

Alvarito estará ausente de este Summit, pero no porque ande por el sudeste asiático sino porque está fuera de Santiago “nomás”. Me ha enviado dos mensajes graficando  su vía crucis por intentar aguachacarse. El primero, relatando que iba en una micro apretujado por los huasos de la zona central al punto de no poder usar su blackberry. Y el segundo, desde un mercado de la región, tragando un plato de porotos ¿con mote?, ya no recuerdo.

Ya me bañé y perfumé y estoy a la espera de que aparezca “el Rodo” para encontrarnos “en patota” con algunas amigas y amigos que reuní después de una acuciosa “disección” virtual, que no se conocen entre ellos y los que prometieron no faltar.

Pese a la insistencia del Tote, Felipe declinó de participar. Al fin y al cabo, su auto está en pana y además ni él ni el auto han superado la frontera de Plaza Italia y menos la del rio Mapocho. Desde que traté de explicarle la línea entre El Paso y Ciudad Juárez, dividida por el Rio Grande,  ni siquiera intenté invitarlo… no me entendería.

El Tiradentes en cambio, con ese estilo insuperable, respondió amable y cariñosamente que su actual misantropía le hacía estar distante de áreas congestionadas. (Digamos, populacho).

Las más proclives a participar son mis amigas que si bien tampoco conocen ese lado de Santiago, cumplen fielmente con el lema de: “Humildes, cariñosas y republicanas”. Espero ver allí a “la Sole”, a “la Corito”, a “la Aggie” entre otras y contemplaré mefistofélicamente al Tote que se sentirá confundido de entrar al mundo femenino del cual, “el Rodo” ya aprendió: “Ya entendí…Pasarla bien es eso… pasarla bien, sin pensar que en cada encuentro puede aparecer por fin la mujer de mi vida”.

Por esta noche, el Rodo olvidará sus balizas gringas para intentar demostrar su espíritu republicano. Y yo saldré de mi milpa sin huaraches, cantando mentalmente a los ausentes: “Pedro Navaja tu estás peor, no estás en ná”

 

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El “pozolero”

Si hay algo en común entre el mexicano Santiago (a) “El Chago”y yo es que a ambos nos gustan los jeeps 4×4 y de marca definida: Cherokee, un lujo pasado de moda por los precios del petróleo y los tacos del tránsito, aun cuando haya quienes lo puedan financiar.

Lo conocí a través de la televisión y se mostraba impasible frente a los flashes y a los militares que lo rodeaban. Santiago Meza López, de profesión albañil, lucía unas “garras”, blue jeans y polerón, desteñidos y me pareció visualizar una mirada de desconcierto.

Lo detuvieron en Tijuana, acusado de hacer desaparecer unos 300 cadáveres a los que cocinó para desintegrar cualquier resto humano en enormes pipas, que le sirvieron de calderones. La batahola de informaciones, en los días siguientes, prácticamente hundieron hizo desaparecer las declaraciones de su madre en su favor: un muchacho pacífico, tranquilo, que aportaba al sustento familiar.

Si la prensa sufrió una crisis paranoica y lo bautizó de “pozolero”, la Justicia perpleja quedó en pañales. No había registros históricos de ese tipo de crimen, donde el sujeto sólo cocinaba cadáveres a punta de soda cáustica; los asesinos eran otros. El apenas recibía unos 150 dólares por semana para hacer desaparecer a las víctimas del cartel de Tijuana. Claro que aumentó la demanda, fueron más sus horas de trabajo y acabó como empleado del cartel de los Arellano Félix. Su record le garantizó varios años de trabajo.

Dicen que el FBI lo tenía entre los 20 más buscados… y nunca mató una mosca.  En medio del horror nacional que asoló a México de Norte a Sur y de costa a costa, aportó lo que sabía y que no era mucho. De su cara inexpresiva, nadie sabe si por tener limitaciones neuronales o exceso de sangre fría, salió una frase: “Podrían haber muchos “pozoleros” más en el territorio”.  ¿Por qué no?, los desaparecidos suman miles.

Menos tiempo le llevó a la farándula transformarlo en un hit musical. Los tan cuestionados  narcocorridos ya cuentan con dos canciones en su homenaje; en una lo califican de cocinero y en la otra en una especie de cowboy que va y viene a bordo de su Cherokee blindada.  Por cierto, le otorgan una estela de heroísmo que jamás tuvo.  El “Corrido de Santiago Meza” destaca en su letra la “astucia del sicario” para escapar de las autoridades, aunque no hay informaciones previas de que haya sido buscado. Vale decir, lo agarraron por chiripazo, al igual que a “La Barbie”, un estadounidense que aprovechó sus conocimientos bilingües para insertarse en el núcleo del poder del narcotráfico.

Según un diario mexicano, parte de la letra dice: “Si quieren cazar la presa, tienen que saber llegarle, le dicen Santiago Meza, a los que querían matarme…. En mi Cherokee blindada, ahí siempre traigo con qué, no me importa si es que ofendo, aunque enemigos me sobran, pues nomás ven que vengo, los espanta hasta mi sombra”.

El grupo Explosión Norteña que ya ha sufrido atentados por su línea musical poco ortodoxa, interpreta “El Cocinero” un narcocorrido que tiene como personaje central a Meza López. Parte de la letra dice: “Qué sorpresa me tiene, cuando me miré al espejo, tenía manchones de greñas, juro que no me arrepiento, de profesión cocinero, así vivo más contento… “

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Ayuda para “no morir antes”

En Ciudad Juárez – todos los días – las caravanas de militares se cruzan en las avenidas con las caravanas mortuorias.

A veces, el difunto es miembro de alguno de las tantas policías o Ejército, y allí el cortejo es antecedido por un enjambre de vehículos con sus luces rojas titilando.

En la medida en que disminuye el comercio tradicional, aumenta el negocio de las funerarias, unas 40 empresas en una ciudad que hoy tiene menos de 800 mil habitantes y contribuyen con el 10% de las muertes a las estadísticas nacionales.

Las cifras de negocio son apetitosas: aumentaron en 1400 % lo que atrajo que, desde otros estados, las funerarias abran sucursales en la ciudad. Como también están sujetas a la extorsión de algún par de sujetos que lucen sus vistosas chaquetas, botas puntudas y sombreros de cowboy al más puro estilo “naco” (no, narco)  varias han sido ametralladas o incendiadas o ambas cosas a la vez.

Este segmento de mercado origina nuevas profesiones para los desesperados cesantes de Juárez. Son los buitres que pululan por clínicas y hospitales a la casa de futuros cadáveres. Deslizan a los acongojados familiares alguna tarjeta con números de teléfonos celulares (ya no hay tiempo para llamar a una oficina en los horarios pre-establecidos) y con cara de circunstancias ofrecen todo tipo de servicios: funerales baratos, con derecho a embalsamiento, maquillaje incorporado, traslado a la ciudad natal o al otro lado de la frontera, incineración con jarro y modelo incluido.

En una ciudad enclavada en medio del desierto chihuahuense, la violencia es el tema natural de cada día en los noticieros locales. Durante horas, los escasos periodistas que aun desafían el día a día, transmiten con voz gangosa y mecánica el listado de difuntos, con imágenes de fondo, de donde solo falta estrujar la sangre. Los espacios publicitarios son ocupados por las ofertas de supermercados y los llamados de una “ong” – Crime Stoppers y que atiende desde Estados Unidos – a denunciar a los criminales.

El estrés va consumiendo inexorablemente a hombres y mujeres de Juárez. El escepticismo se va enquistando pese a las oraciones y misas en plazas públicas. Las farmacias del doctor Simi no están autorizadas a vender psicofármacos y quien desea dormir para no escuchar ráfagas de ametralladoras aquella noche, debe desembolsar unos 80 dólares, entre las recetas y las pastillas. No todos pueden…

El temperamento cambia, el carácter se torna taciturno y desconfiado. “Hay que” cerrar las cortinas si llega el atardecer… “hay que” cerrar las ventanas durante el día… “hay que” ocultarse también de los militares. Las redadas pueden acabar con vecinos afectados por robos inexplicables.

La impunidad se establece como telón de fondo ya sea en la prensa escrita, televisiva u organismos oficiales. Los días caen inexorablemente y más juarenses también. El culto a la “Santa Muerte” aumenta, ya que ayuda “a no morir antes”.

 

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