Muchos pueden vivir sin Dios. Yo, definitivamente, no.

Observo a mis amigos católicos y dominicales que no despintan su misa sin sentirse culpables y los veo apegado a la letra chica de frases impresas en un papel Biblia. Escucho a mis amigos ateos y compruebo que, sin saberlo, cumplen al pie de la letra los códigos básicos del comportamiento en sociedad.

A mi Dios, personal e intransferible como el Dios de cada uno, le llamo “El Jefe” y se me asomó por primera vez cuando me sentía pura y virginal, pocas semanas después de mi Primera Comunión. Sintiéndome casi importante por poder acceder al confesionario repasaba mi lista de pecados. La lista era cortísima. Medio aburrido, el cura me preguntó si me masturbaba. Con once años y un vocabulario incipiente, corrí a preguntarle a un pariente médico qué quería decir eso. No recuerdo su explicación pero jamás olvidé sus mejillas rojas y los ojazos abiertos con ganas de ir a pegarle al cura en cuestión. Hoy hay quienes quieren pegarle hasta a las monjas…

Además de la masturbación, descubrí que había un mundo de misterios esperándome y que no dejaba tiempo a mi participación en la Iglesia Católica. Desde entonces mi instinto se agudizó y tengo la certeza que – si una puerta no se abre o si una meta no se alcanza – es que hay una sorpresa acechándome y para que no me encuentre desprevenida debo investigar acuciosamente en todo tipo de fuentes: libros, revistas, cine, televisión, ir a sondear al fondo de la tierra y mares; preguntarle a los cielos, leer en las estrellas. Lo anterior me hace ecléctica sabiendo de todo pero del Todo, poco.

Y aquí es donde entra el Jefe y el Todo, incluyendo el Caos.

El Jefe y yo establecimos una joint-venture formal allá por los años 80 aunque tengo sospechas que El la determinó con anterioridad. Valga la inocencia que sirve para deslindar responsabilidades.

Esta alianza o joint-venture ronronea armónicamente como un motor de un Mercedes Benz recién salido de fábrica, salvo cuando me taimo creyéndome el cuento del libre albedrío. En este mismo momento, el Jefe está tecleando conmigo y ambos balanceamos el cuerpo bajo los compases de la música brasileña. O sea, como dirían los venezolanos, gozamos un puyero con un goce orgiástico que abarca hormonas, neuronas y feromonas.

Muchas veces sucede que mi libertad de pensamiento me lleva a guardar al Jefe en un cajón de mi cerebro circunscrito al hemisferio cerebral derecho. Y arremeto con la lógica como la lanza de Don Quijote contra los molinos de viento de los tiempos actuales. A los pocos minutos las temáticas quedan vacías y simplemente surgen los diagnósticos pero no las curas…. El ejercicio lógico termina en un fracaso rotundo aunque su desarrollo lineal parezca perfecto y contundente. Y mi vanidad y la de quienes me acompañan en la discusión, queda resentida y frustrada.

Con la autoestima en bajada, sólo queda guardar la lanza en el cajón inferior del armario del hemisferio izquierdo.

Y en pro de la armonía colectiva todos nos marchamos sonrientes aunque medio afligidos. Los que no soportaban el sistema cayeron en depresión. Los otros fueron enloqueciendo paulatinamente.

Los cuerpos de muchos comenzaron a mancharse con todos los colores y tipos de lunares. Las manchas se transformaron en ronchas violetas capaces de picar en cualquier momento. Los dermatólogos – de manera inescrutable – estaban preocupados por extirpar lunares ocasionados por el “abuso de los rayos solares”. Así, el consumo de pomadas dérmicas aumentó sin que nadie se preguntase cuál era la causa. Los hígados comenzaron a fallar y una ola de demanda de donantes de órganos comenzó a mover al país. Con el pasar de los meses se fueron espaciando de las conversaciones los rasgos de sabiduría innata a cada cual. Se hizo un hábito perder más tiempo de lo necesario para rescatar ideas en las grises nubes de mediocridad, a sabiendas que se corría el riesgo de envejecer prematuramente.

  • Siempre el centro de las ciudades se puebla de seres que deambulan entre los feriantes anunciando los próximos cataclismos de la Humanidad. Muchos se fundamentan en la Biblia. Enrique Lafourcade dice que uno de ellos era de apellido Marín Larraín y que en su enorme maletín llevaba toda su fortuna, que insistía en cambiar de monedas constantemente. Uno de ellos se autodenominaba Emperador de los Vientos y Señor de las Tempestades. Era un imponente hombre calvo, vestido de terno negro y que invadía las redacciones de los diarios situados en las vecindades. Anticipaba un negro futuro porque él “ya lo había visto todo”. Sus visiones lo condujeron a la locura, porque loco nadie nace sino, se hace.

Otro, premunido de una Biblia, brincó por años acompasadamente en la intersección de una calle frente a un antiguo banco, el que representaba en su cabeza el bastión y prueba viviente de la corrupción que aquejaría a esta Humanidad y la cual sería borrada de la faz de la tierra sino rectificaba el rumbo.

¿Qué tienen que ver ellos con esta historia?

Son ejemplos de los casos que proliferan en todas las ciudades del mundo. Y tienen una seguridad pasmosa en algo que nuestros dirigentes mundiales aun dudan: la amenaza contra los seres que habitamos este planeta ya llegó.

Comenzó con la acumulación excesiva de capital en las manos de no más de 400 familias en el mundo. Y siguió con la cirugía minuciosa de diligentes ejecutivos que operaron el sistema industrial reduciendo drásticamente millones de fuentes de trabajo, amparados en los avances tecnológicos del siglo pasado.

El resultado está a la vista. Y se suma al deterioro ambiental y a la escasez de agua en varios puntos de la Tierra.

  • La Fe fue patentada por cada religión como un producto específico inalienable, intangible y reciclable; salvo para los incrédulos y algunos pocos científicos que lo consideran un producto desechable e innecesario.
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