Teletipos, macumbas y “tontons macoutes”

En Bogotá y a la misma hora en que en Chile el novel periodista se tragaba su sándwich, su efímero jefe, Steve, iba sin destino propio a bordo de un avión comercial rumbo a la incertidumbre.

El avión aterrizó en La Paz y de inmediato fue rodeado por militares que impidieron el descenso del periodista.

El avión siguió rumbo a Buenos Aires donde también le negaron el ingreso al pobre gringo. Si bien recuerdo, acabó desembarcando en Río de Janeiro, Brasil.

Allí, a la espera de mejores vientos, Steve se incorporó al equipo de la agencia, maldiciendo su suerte y recogiendo ideas de todos los rincones, que explicasen el sórdido complot del que se sentía víctima.

Por la red interna de la agencia, todos los jefes de corresponsalías lo invadían de bromas, chistes y comentarios sobre lo ocurrido, intentando sacarlo de su estado de shock casi permanente.

Pero fue un valiente teletipista que acertó en la solución. Porque hay que ser valiente para lanzar creencias sin tapujos sobre unos incrédulos y avezados profesionales.

El morenazo carioca tenía por costumbre leer todas las informaciones que llegaban a sus máquinas. Y como buen brasileño sincrético unió la información, ató cabos y encontró la solución: Steve debía acudir a un terreiro para que le hiciesen un trabajo que limpiase las maldiciones que le habían lanzado en Bogotá. Entre las especulaciones se descartó móviles políticos y salieron a relucir probabilidades de mujeres vengativas… Steve se declaraba inocente de todo.

El deductivo teletipista recordó haber visto una crónica fechada en Bogotá, a propósito de una Convención Anual que reunió a brujos de varios puntos de las Américas en esa ciudad.

Steve fue uno de tantos que registró el evento con una socarrona y sarcástica crónica que se publicó en varios países. Entre otros, Venezuela.

Cuentan que la información sacó de sus casillas a connotados brujos y muy especialmente, a una obesa venezolana que sintió dañado su prestigio profesional.

A las oficinas de la agencia ingresó una tarde, vistiendo su colorida túnica guajira. Llamó la atención de los presentes y se cercioró de que el jefe de la oficina estuviese en la sala antes de hacer un círculo en el piso de la agencia, lanzando epítetos maldicientes y vaticinios demoledores.

Antes de retirarse y con toda la dignidad del caso frente a un perplejo equipo de prensa, la prestigiosa bruja sacó de su bolso su desodorante spray Lancôme que esparció abundantemente sobre el tejido guajiro que ocultaba sus axilas. Aunque algunos se asustaron con la historia, a las pocas semanas el incidente había sido olvidado.

El teletipista carioca ató estos cabos y concluyó que para el bien de toda la empresa y evitar la propagación de su mala suerte, más allá de las fronteras, Steve acudiese a un “terreiro” a confirmar su versión.

El resto de corresponsales esparcido por las Américas se quedó en vilo esperando la decisión del escéptico Steve. Hubo varios que se comprometieron a contribuir con los gastos para ayudar al atribulado gringo; parte de los mismos fueron imputados a la caja chica bajo el rótulo de “artículos de limpieza”.

Desde el aparatoso “asesinato” de Pastrana hasta la macumba para limpiar las miasmas de la maldición venezolana, no transcurrieron más de cuatro meses. Al quinto, y tras graduarse de su intensivo curso en religiones afro-americanas, Steve ya estaba instalado en una isla caribeña – que no fue Haití por aquello de los “tontons macoutes” – a cargo de otra sede.

 

Este artículo fue publicado en anecdotas, historia, periodismo, religión, Sin categoría y etiquetado , , , , , . Marcador del enlace permanente.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

*

Usted puede utilizar las etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>