La misoginia en acción

Volvimos a casa cerca de la madrugada y allí nos enteramos que Steve, gerente y director, iba a bordo de un avión rumbo a… Bolivia.

Los agentes del gobierno habían ingresado a su casa cuando dormitaba al borde de la piscina tras el consabido asado a la parrilla. No le dieron tiempo a terminar de vestirse: lo agarraron con su pasaporte y fue llevado al aeropuerto para un embarque sin retorno.

Me volví a preguntar una vez más por qué funcionarios supuestamente preparados, transgreden las normas elementales de derechos humanos. Yo misma había sido víctima de una expulsión somera en Venezuela cuando desde Estados Unidos regresaba a Chile, haciendo una escala de dos días en Caracas.

Cargaba una amigdalitis con fiebre y todo ganada con el crudo invierno norteamericano cuando desembarqué una madrugada en Maiquetía, después de unas 26 horas de viajes y esperas en aeropuertos estadounidenses, no sin mediar una tormenta en el Caribe que nos desvió a Kingston, Jamaica.

Para mi mala suerte, el recio oficial que debía sellar mi pasaporte consideró que no tenía derecho a parar en Venezuela sin la visa estampada en el pasaporte por un consulado venezolano. Ordenó a sus subordinados que me embarcaran de inmediato en el próximo avión. Uno de los oficiales se atrevió a responder “Pero señor, el último avión a Estados Unidos salió hace 20 minutos…”

  • Se va en el próximo vuelo donde quiera que vaya, gritó destempladamente mientras los cinco oficiales lo miraban casi con misericordia.

Uno le informó… El próximo va a Jamaica… – Pues se me va a Jamaica!.

  • Pero señor… es el mismo avión en que llegó, le respondió otro oficial.

Como la defensa del quinteto iba cada vez más en mi desmedro, le argumenté que al menos tenía derecho a una llamada telefónica a la familia que me esperaba en Caracas. Mi pedido no fue escuchado.

Con la garganta cerrada por la purulencia me atreví a balbucear: “Tengo entendido que si usted no acepta el convenio con Delta Airlines para permanecer 48 horas en el país según la Convención de Derechos Humanos, debe deportarme a mi país de origen…”

Casi hirvió de rabia – hecho frecuente entre quienes se sienten reprendidos por la temática de los derechos Humanos – y ante las sonrisas socarronas de sus colegas, el oficial dio un golpe en el escritorio y gritó: ¡Pues se va en el próximo avión rumbo a Chile!. ¿Cuándo sale el próximo? vociferó a la concurrencia. – En 48 horas jefe.

Calmadamente agregué: Ese es el avión que debo tomar….

Levantándose de su asiento y con furia incontenible decretó: Pues bien, ¡se quedará aquí en el aeropuerto hasta que salga su avión!

Entre dos enormes oficiales sintiéndome un apestado pigmeo nos dirigimos a la Nursery del aeropuerto. Saqué la colchoneta de la camilla, la puse en el suelo, dispuesta a dormir mientras durase mi reclusión. Minutos después y en medio del sueño y la fiebre me despertaron golpes a la puerta. Vi a mis dos guardianes con algunas latas de jugos y sandwichs de regalo:

-          Le conseguimos estas cositas para que se alimente al menos…

Casi los besé, pero decidí que poner cara de agraviada iba mejor con la escena. Los mismos se presentaron unas cuatro horas más tarde sonrientes y contentos. Los seguí medio dormida con mis pertenencias en la mano mientras el personal de limpieza se detenía al vernos pasar y más de alguna mujer me hacia discretas señas de saludo. Uno de mis guardias me explicó que ya todo el aeropuerto sabia del incidente. Y me tenían reservada una sorpresa: A las 8 había habido cambio de guardia y un nuevo oficial a cargo quería verme.

Volví a la pequeña sala y un atractivo oficial me hizo sentar con la delicadeza suficiente para dejar mis “corotos”, “pilchas”, “tralhas”, en medio de una oficina atestada de funcionarios y hasta se dio el tiempo para preguntarme por mi febril amigdalitis purulenta. No había mucho qué hacer hasta ver un médico y esperaba hacerlo ya en mi tierra… o Venezuela, si es que me dejaban entrar.

Sonriente y casi pidiendo disculpas, me informó que estaba libre, que podía irme a casa de mi familia, en Caracas. Ese golpe de suerte no lo había calculado y fue tanta mi felicidad que del silencio pasamos a las carcajadas colectivas.

El oficial se explayó: “Chica, tuviste mala suerte – dijo – porque te has chocado con el oficial más misógino que ha pasado por esas instalaciones”.

Cuando el taxista enrumbaba para Caracas manejando con una mano y sorteando la fila de carros a una velocidad casi suicida, entre los acordes de las gaitas de Simón Díaz, recordé que la misoginia la comprobé a lo largo de la vida en múltiples ocasiones y respecto de los hombres más insospechados. No sería la primera ni la última…

 

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