“Patiperros”, Hormigas y Restaurantes

“Ahí tienes una salsa picante para acompañar tu pescado”, me dijo con picardía un compatriota exiliado con la beca General Pinochet en el medio del Amazonas.

No recuerdo si me lo ofreció como “catara” pero allí estaba la botella que alguna vez contuvo kétchup, con una salsa roja y pintas negras. El sol refulgía en Puerto Ayacucho, y la luminosidad exterior oscurecía aun más el antro que era aquel restaurante “Rio Negro”.

Un fotógrafo – Rafael – y yo, habíamos llegado la mañana de ese sábado a la capital del estado Amazonas venezolano. Largamos nuestros “corotos” – maletas – en un sospechoso hotel y salimos a buscar un lugar donde matar el hambre. En medio del sol y el calor, sobraban casas y faltaba gente. Alguien se compadeció de nosotros y nos informó que sólo había dos restaurantes en la ciudad: el “Río Negro” y el “Rio Claro” pero, por ser fin de semana, sólo estaría abierto uno de los dos.

Rafael se quejaba por una cerveza helada, que no se veía ni en los pocos carteles callejeros, mientras yo cavilaba sobre los nombres de esos restaurantes que me resultaban conocidos. Así llegamos a un semisubterráneo mezcla de bodega, almacén y comedor.

Entre las sombras y nuestros gritos, apareció un hombre de estatura que nos increpa: “¿Qué buscan?”

Nos dijeron que aquí podríamos comer algo, dije casi con timidez mientras el Rafa reclamaba algo para calmar la sed. Y sin saber por qué, sin pedir el menú del día, le lancé la pregunta sobre el origen del nombre del bodegón.

Tal vez mi acento me delató porque se abalanzó sobre nosotros abrazándonos con los ojos casi tapados en lágrimas: ¡Son shilenos! Para ser específica, los primeros “shilenos” que aparecían por esos lares, exceptuándolo a él y a otros dos socios con los que había instalado los dos “restaurantes”. Luego aparecieron los jugos, un enorme plato con pescado que parecía lomo de ballena y el vino más extraño que he tomado: un Cousiño Macul blanco guardado en aquellas bodegas por más de cinco años y ya ajerezado en el clima tropical.

En los días siguientes y en la medida en que lo permitía nuestra agenda de actividades, fuimos “uña y mugre”. Compartiendo el pescado amazónico y el Cousiño Macul. Presenciamos un partido de fútbol entre el “Internacional” y el equipo “local”, ambos integrados por extranjeros de varias nacionalidades y donde abundaban los colombianos y escaseaban los venezolanos. El “Internacional” vestía un equipo blanquinegro que me resultó familiar.  -Ah! – dijo Luis – eso ha sido motivo de conflicto pero es que las camisetas del Colo son las únicas que nos han llegado de regalo y por eso nos acusan a los “shilenos” de estar “dominando”.

Así después de varias porciones de pescado y algunas botellas ajerezadas, supe que mis comidas las condimentaba con “catara”, una salsa supuestamente afrodisíaca preparada con hormigas selváticas: bachaco culón. No me consta que sólo se consuman las reinas vírgenes porque en los meses siguientes y ya sin tantos remilgos, me las comí tostadas. Con un abdomen prominente, son capturadas cuidadosamente (porque las mandíbulas son de temer), les quitan las alas y las patas, las tuestan y se han vuelto mercancía entre el campesinado de la selva.

En las riberas de las represas brasileñas o en medio de lo que alguna vez fue la “Mata Atlántica” hoy terrenos yermos, se levantan montículos enormes construidos por una de las tantas variedades de hormigas que pululan por las Américas. Las más conocidas: Faraón, Pixixica, Acrobáticas, Carpinteiras, Lava-pé, Cabeçuda, Saúva, Quenquém, etc.

Entre la fauna citadina  están la fantasma, louca Urbana y Argentina Urbana y tal vez una de esas familias se engolosinó con nuestros computadores de la empresa, devorando el pegamento de las placas. Hubo que llamar a un “computín” especialista en hormigas y allí comprobé que estábamos en el portal del conocimiento de interciencias del siglo XXI.

En Ciudad Juárez el verano pasado abundaron las “esquelitos”, hormigas minúsculas que no respetan la gravedad y con alta tolerancia al calor, son capaces de subir varios pisos capturando comida.

Freddy me hace reír a carcajadas con su máquina “caza-esquelitos”. Un día, una larga fila de, las esquelitos, invadió la cocina. Mi amigo buscó un caza-ratas “gabacho”, es decir estadounidense: Un pequeño panel cuadrado con una sustancia gomosa muy bien diseñada dentro de un recuadro, donde las patas de los ratones quedan pegadas inevitablemente. Hasta ahí, indoloro. Luego el cazador de ratas verá si las mata a palos o se decide por un método menos cruento.

Freddy hizo otro primoroso cuadrado al centro y colocó un caramelo para atraer a las invasoras pero las hormigas resultaron más inteligentes y ripiaron con minúsculas piedras el camino hasta el caramelo, que desapareció en menos de una semana.

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