Vivir hace mal a la salud

El cartel de Tijuana también es conocido como el cartel de  los Arellano Félix, un par de sujetos oriundos de Sinaloa y que se agarraban a balazos con quien intentara interrumpirles el negocio narcofronterizo.

Los carteles de la droga son dueños del mapa geográfico mexicano y dependiendo de las circunstancias y de la temática, los colores de ese mapa van cambiando de tonos. Si se habla de ocupación territorial para el tráfico de drogas, es una posibilidad que además se modifica a través de los años, dependiendo de la generación de la familia que va asumiendo el control; digamos los “narcojuniors”. Otras lo son para graficar el tráfico de esclavos para el trabajo brazal o sexual, de contrabando de armas, de extorsión a inmigrantes que intentan llegar al otro lado de la frontera; de extorsión a los ciudadanos en sus barrios, villas o ciudades.

A más de mil kilómetros de allí, en Ciudad Juárez, el cartel de La Línea hace de las suyas, apoyado por grupos de bandas rivales integradas por adolescentes y que trabajan por el control territorial. Las cárceles se van repletando de “aztecas”, “artistas asesinos” y lumpen variopinto que, por quítame estas pajas, y unos cuantos dólares extorsionan sin piedad a comerciantes y profesionales, incluidas las escuelas y Universidades, sin perdonar a los jardines infantiles.

Los sicarios no olvidan a nadie. Barren las calles y avenidas y aun cuando se tropiezan entre bandas rivales, las tarifas son más o menos la mismas en una competencia por “custodiar” a los ciudadanos de la que no se escapan tampoco los salones de belleza con sus ofertas de uñas postizas con diseños inimaginables, puestos ambulantes de tacos y hamburguesas y el vendedor de “Herbalife” de la otra esquina. Unos 150 dólares por semana.

¡Viejos tiempos aquellos cuando el tráfico era ordenado!, comenta displicentemente una juarense nacida en la sierra Tarahumara.

- ¿Cómo eran esos tiempos? Pregunté casi con curiosidad…

-          Ah!, cuando llegaban los camiones militares… Ellos subían los paquetes y se marchaban sin hacer tanto daño como ahora…

La ciudad se expandió a pasos agigantados en medio de tormentas de arena, calor, lluvias torrenciales o nieve, y asomaron en medio de las nuevas avenidas los centros comerciales y la expansión del “sueño americano” enquistado en la ciudad hermana, El Paso, Texas, a pocos metros de esa frontera.

El “Juarito” de hoy – nombre coloquial con que los juarenses denominan a la ciudad fronteriza – ha perdido más de un cuarto de millón de habitantes que pocos años antes “subieron” hasta la frontera repleta de industrias maquiladoras, en busca de una mejor vida. Pero la violencia pudo más y desde el sur, algunos estados como Veracruz envían aviones a recoger a sus paisanos que regresan a sus tierras con lo que sólo pueden llevar: a lo más una maleta.

Entretanto, unos diez mil hombres enmascarados, vestidos de negro y portando sus feroces metralletas circulan en convoyes de cinco a diez camiones o camionetas de distintas siglas, sea de la policía federal, municipal, ejército, y otras más que olvido.

Lo poco que queda de una sociedad civil desarticulada e indefensa, intenta agarrarse a los faldones del stablishment local, nacional e internacional inclusive, sobrepasado por la delincuencia general. Algunos piden la intervención de los cascos azules para poner fin a las tropelías, idea fracasada desde su creación porque el gobierno no permitiría una acción de ese tipo.

Después de deambular por barrios de no muy larga data, donde sólo quedan los muros de las casas construidas hace no mucho tiempo, deshabitadas y desmanteladas por el vecindario, fui a cenar a un restaurante de enormes ventanales. Mi acompañante intentaba afanosamente a que yo parase de fumar por el daño que el tabaco provoca a la salud…

De mal talante y mostrando las luces de El Paso, al otro lado de la frontera le lancé mi réplica:

-          Allí, en una de las ciudades más seguras de los Estados Unidos duermen tranquilos los capos del narco local. Y acá, dije indicándole el convoy de tropas en la avenida Triunfo de la República, si saco la cabeza por la ventana del jeep a lo mejor prenderé un cigarrillo con una bala.

-          Todo indica que mientras sigan muriendo inmigrantes en manos de coyotes, niños baleados en las escuelas, mujeres asesinadas por saber mucho, yo seguiré fumando porque ustedes que almuerzan con Dios cada día y  pertenecen al stablishment planetario, no pueden o no quieren hacer nada serio.

Yo misma me sorprendí de la rabia acumulada, aunque debí agradecerle cortésmente su preocupación por mi salud.

 

 

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