Tres artistas y una historia

Hoy tuve la mala ocurrencia de cachurear en mi archivo digital y caí en la música setentera de un Chile que se fue.

Fue pésima idea porque cuando Víctor Jara canta desde mi computador “Voy hacer un cigarrito”,  recordé cuando me escapaba de casa para instalarme a esperar la llegada de los artistas en la puerta de la Peña de los Parra, en Carmen 340. Miraba desde la puerta aquel hueco negro lleno de mesas minúsculas adornadas con botellas de vino que soportaban una vela. Allí se vendía vino y por cierto, la entrada me estaba vetada por normas familiares y reglas del local.

Un día tuve suerte. Entró un hombre bajo portando una guitarra y me invitó a pasar. Le di mis argumentos de por qué no podía hacerlo y rompió a carcajadas: “Aun no empezamos, pasa y conoce el local. Te presentaré a algunos…” Entonces vi a los ídolos: Rolando Alarcón, Patricio Manns, un Angel Parra, chascón con cara de pocos amigos y que llegó con un poncho. En un rincón, un uruguayo afinaba su guitarra.

Mi anfitrión me paseó por el recinto y sólo cuando alguien le habló supe quien era: Víctor Jara, y tenía – como su canción – la sonrisa ancha.

Semanas más tarde conseguí el permiso para acudir con algunos amigos a una noche de peña. Y sólo se vendía un vaso de vino tinto, tambaleando en una mesa coja. Víctor acudió a saludarme con su sonrisa ancha y mucho afecto, cuando mis amigos y yo entramos medio confundidos. Se transformó – en el acto- en uno de mis personajes inolvidables. Años después supe que estuvo casado con una gringa llamada Joana y que murió en septiembre, su mes de nacimiento, a los 40 años de 44 disparos.

Víctor Jara, Alejandro Sieveking y Marcelo Romo deben tener en común el haber sido artistas nacidos en la misma década. Y los tres me resultan cercanos y a la vez distantes.

Alejandro Sieveking trabajó en la Biblioteca Nacional cuando él y una de mis tía se ayudaban en los estudios pituteando como es lo común. Y a Sieveking con su estupenda facha lo divisé varias veces en los salones de la Biblioteca. Eso hizo que convocara a mis compañeras de Liceo a “admirar” al flamante funcionario y autor teatral, hasta que un día supimos que se casaba con Bélgica Castro y se nos acabó el amor.

Víctor Jara dirigió innumerables obras de Alejandro Sieveking y mis amigas los dejaron atrás cuando apareció en el horizonte Marcelo Romo; de cabello oscuro y ojos azules, era el Alain Delon de la escena chilena; y Mónica me canjeaba las tareas de inglés por acompañarla a una sesión de teatro donde estuviese actuando Marcelo. Era “el amor de su vida”.

Recién lo vine a conocer en Venezuela, años más tarde,  después que sus actividades miristas lo exiliaran en Inglaterra donde estudió y actuó. Se le considera en algunos círculos, el mejor actor shakesperiano que Chile ha tenido.

De su estadía en México hay pocos antecedentes de su paso por los teatros, pero sí hay una larga estela de telenovelas que filmó para Univisión y otros canales. Ya era un serio actor y director pero los años no le quitaban la buenmozura. Nos hicimos amigos cuando él vivía con Virginia, una estupenda actriz con la que filmó una película para la que necesitó subir 15 kilos, aparecer desnudo y casi asemejar un eunuco.

De vez en cuando llegaba a mi casa sin avisar. Yo partía a la cocina a preparar el consabido te mientras él  montaba un escenario: Acomodaba dos sitiales a su antojo, centraba milimétricamente una pequeña mesa y ambos tomábamos un tecito  mirando el Avila bajo la mirada atenta de mi madre. La noche nos pillaba bajo los reflejos de la montaña caraqueña, en penumbras, riéndonos de todo y jurándonos amor eterno inexistente y reeditando una promesa romántica de no distanciarnos jamás, de la memoria de cada cual.

Nos reencontramos en Chile cuando decidió regresar, instalarse en su casa de la calle Urano. A pesar de haber perdido todos sus ahorros en manos de un delincuente de cuello blanco, sacó ánimo de alguna parte y fundó una Academia en plena avenida Providencia.

Y nuestros caminos se separaron. En un corto regreso a Chile busqué la Academia y ya no estaba. Pregunté por él y supe que se había retirado,  no sin antes anunciar que lo hacía porque el Alzheimer estaba penetrando implacablemente en sus neuronas.

En un diario vi un reportaje que graficaba sus horas plácidas, jugando con su perro en su jardín. En los baúles que aun no desarmo, tengo fotos de un Marcelo vivaz y lúdico y algunas que me autografió con la esperanza de regalárselas a Mónica, su admiradora adolescente. Hoy busqué datos biográficos inútilmente y lo que más me sorprendió, es que en cada site se pide que alguien aporte datos de su vida.

Un taurino inolvidable, que mi memoria no lo ha distanciado como la suya lo hizo conmigo.

Para pasar el trago amargo, “voy a hacer un cigarrito…”

 

 

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3 Respuestas a Tres artistas y una historia

  1. MAS dijo:

    Maga
    que lindo texto, lleno de poesía y de esas energías maravillosas que solo las almas simples y al mismo intensas pueden sentir. Como no disfrutar tu pequeña historia con ese gran Victor Jara, cantor cósmico y noble actor de este largo y angosto país.
    Una delicia 100% disfrutable

    sigue escribiendo, que no me canso de leerte!!!

  2. Reynaldo R. Alegria dijo:

    … me voy a hacer un cigarrito…

  3. magalegria dijo:

    Es extraño, pienso en Víctor y me derrito de afecto recordando su sonrisa y gentileza.

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