El alma canta cuando la música suena

María Dolores Pradera tiene una voz excepcional. Cuando ando enganchada, transito por las calles cantando a todo trapo con ella. Por supuesto que la masa de mexicanos apenas ha oído hablar de esta española que le cantó a México y se conforma con los pasitos durangueros que, por prevenida que soy, ya aprendí a bailar. Menos saben de Mercedes Sosa, Violeta Parra, Soledad Bravo, Maria Bethania, Elis Regina o Chabuca Granda. Y paremos por ahí.

Una mesera me satura cada día con sus hip hops así que entré al restaurante con la Pradera bajo el brazo y dictatorialmente puse mi música.

Al poco rato aparece el lavador de platos y luego el cocinero que se sientan a comentar la melodiosa voz. Algunos gringos escuchan atentamente mientras devoran enormes platos de comida Tex Mex. Otros conversan en voz baja y más de uno aprovecha de leer un diario viejo.

Lo que era un semi oscuro restaurante con sus bancas de plástico rojas, mesas de formalita y algunos vasos donde hasta las plásticas flores parecían marchitas, se transforma en un lugar lleno de recuerdos de cada uno para los presentes.

El lavador de platos tiene apenas 57 años que parecieran ochenta. Considera que está al borde del cajón.

– Es que yo bebí y fume muuuucho! … Fíjese…me pasaba unos tres días con la curda y hasta le enseñé a mi burro a tomar dos o tres cervecitas. Así subíamos pal cerro con la curda los dos.

Siente que no vivirá tanto como sus antepasados que superaron la barrera de los cien años arreando burros y cultivando una huerta de frijoles, tomates, elotes…

-¿Y para qué más? Sin contaminantes como ahora, fíjese. Lo justo y necesario para vivir.

Paré de tomar un día que escuché a una mis hijas – y tengo diez – decir de mi

-          *Déjenlo así, el es un borracho feliz*. Fíjese, ahí me dio pena. Miré a mi vieja que por años cocinaba en un rincón, en el suelo. Teníamos dos piececitas nomás en el ranchito. Entonces me paré y le dije a todos, nos vamos de aquí!. Y metimos todo en una carreta y bajamos el cerro. Eso fue en octubre, fíjese, y en diciembre ya tenía lista la casita en el pueblo. La construí con estas manos y le hice cuatro habitaciones y ocupé como 22 mil ladrillos. Una casa esquina y esta vez de ladrillo. De ahí volví pal cerro y subí al burro una piedra de unos 70 kilos, rectangular como de un metro cuadrado que la había visto por años allá arriba. Y bajé con el burro y puse la piedra en la esquina de la casa con una inscripción Calle La Huerta 366, Familia Chávez. Y ahí está mi piedra… Caprichos míos!.

Doña Sara, menuda y bajita, con su larga trenza que cae sobre un largo vestido marrón que sólo lo alegra un delantal blanquísimo, detrás de sus lentes confirma con la cabeza los decires del marido.

El cumpleaños de Don Pascual se celebró aquí en la montaña. A medida que llegaban los invitados se les hacia sentar a la mesa y recibían las consabidas tortillas con un platón de mole o pozole, cuál de los dos más *picoso*. Todos comían casi en silencio y a poco de terminar, se retiraban.

Sus hijos están desparramados entre Estados Unidos y México y él no sabe dónde quisiera estar. Illinois era una alternativa, California la otra. Pero también en Guadalajara donde hay varios. Los de México lo esperaban con una fiesta donde el plato principal fue un puerco que mataron y que debieron comérselo entre ellos.

Mientras guardo mi música me pregunto cuántos Pascuales de mirada triste hay en ambos lados del pequeño Río Grande.

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