Hombres de Mayo: ¿El Chicho, El Pije o La Vieja?

Me preguntan desde Europa si creo que Salvador Allende se suicidó; en medio de otros desastres financieros, naturales,  y hasta sexuales, la noticia de la exhumación de sus restos ha dado la vuelta al mundo.

Los apodos siempre han sido en Chile una suerte de códigos para describir de manera críptica las cualidades, defectos o bromas perennes de cada cual. Así, recuerdo a Salvador Allende como “el Chicho”, “la vieja”, “el pije”. Las veces que estuve cerca de él, quedé convencida que “el pije” era lo que mejor le calzaba.

La primera vez, fue cuando hice las veces de traductora para un periodista de la revista Veja de Sao Paulo, Brasil. Armando Salem, a sabiendas que yo de portugués sabía poco, me pidió que lo acompañara al Senado donde se daría la tan anhelada entrevista que debía ocupar las páginas amarillas – las primeras – del semanario.  Y allí estaba “el Chicho”, ¡impecable!, en la Biblioteca leyendo los diarios del día, con un pañuelo cerca de la nariz por un feroz resfrío.

Grabadora en mano, nos sentamos los tres en un semicírculo roto sólo por la pierna encima de la otra con que relajadamente Salvador Allende respondía las preguntas.

-         Doctor – pregunta Salem – en momentos en que la izquierda chilena muestra una serie de pre-candidatos a la presidencia, ¿qué condiciones debe cumplir el elegido?

Antecedido por una carraspera, Allende habla:

“Debe tener una larga trayectoria política (afuera Neruda y el PC); pertenecer a un partido enraizado en la historia democrática de Chile (adiós a los otros once partidos más pequeños), y con clara vocación democrática (los tres movimientos emprenden la retirada y sólo queda uno)”.

“Además, repito, además, el representante debe tener un evidente historial de proyectos en defensa de las clases obreras (y ahí se cayó el último pre – candidato), lo que con mi vehemencia juvenil me hizo exclamar: ¡Senador, sólo queda usted!

Se ruborizó. Doy fe que se ruborizó y no se si por timidez, por rabia o por el resfrío. “No he dicho eso”, me dijo silibante y casi rechinando los dientes. Y yo con la porfía juvenil le insisto: Lo dijo y le largué mis argumentos mientras un asombrado Salem miraba a izquierda y derecha sin entender mucho. Afortunadamente ya había otras respuestas grabadas lo que salvó la edición de la revista Veja porque, a partir de ahí, Allende no quiso hablar más, se tapó la nariz con su pañuelo y dio por terminado el encuentro en la mortecina biblioteca.

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