Los Hombres de Mayo: La chaquetita de cuero

Apoyado en su tamaño y geografía, Chile siempre ha hecho gala de ser un país “gobernable”, definición que no es el momento de discutir.

Como niña de trenzas, iba al Liceo en micro, me bajaba en La Moneda, cruzaba el palacio ¿palacio?, bueno la sede de gobierno más fría y austera que las viviendas de Felipe II pero cálida a la vez, con la presencia de perros pastores que brincaban conmigo en el trayecto de la Alameda a Moneda.

Los carabineros respondían mi saludo de cada mañana, me dejaban jugar con sus perros en el patio donde había verdaderos naranjos y yo bailaba alrededor de la pileta imitando los 17 pasos de los guardias, a la izquierda o derecha, desde el eje donde debían estar parados, en ambos umbrales.

Enfilaba hacia la calle Compañía y entraba a mi Liceo con la trenza medio desarmada, acalorada, poniéndome los blancos guantes peligrosamente al final de la campanada que anunciaba el cierre de puertas a las 8.05  AM. Llegar atrasada y sin guantes era una grave violación a las reglas, lo que podía significar una citación a mi padre, el cual ya sabía que no iría (y nunca fue). O sea, la “castigada” en último término, sería mi madre.

A veces las casi cuarenta alumnas de mi curso salíamos del Liceo en fila india “porque si”. Nos íbamos silenciosamente hacia la Plaza de Armas pisando la línea de baldosa rojiza que antecedía a la acera y mirábamos de reojo cómo la gente se paraba a ver esa extraña procesión. Alguna vez alguien le preguntó a una silenciosa caminante: “¿dónde van?” y yo que encabezaba la fila, escuché que mi compañera le respondió en voz baja: “a comer pizza”.

No había razones para “marchar” pero elucubrábamos en los efectos de “Mostración”, alguna idiotez que inventamos en algún minuto.

Así, y ya sin guantes, unas hacían la fila, otras reunían los pesos y con el total comprábamos pedazos de pizzas que nos repartíamos mirando las palomas de la Plaza de Armas.

A veces desde la calle Phillips aparecía un señor vestido con abrigo de piel de camello y bufanda azul que, sabíamos, era el Presidente de la República.

Y en un grupo decidimos seguirlo en su trayectoria hasta La Moneda. Mientras brincábamos y bailábamos – no podíamos estar quietas – lo fuimos cercando hasta que me atreví a pararme “distraídamente” frente a él. De manos en los bolsillos, me miró, nos miró y hasta hizo el intento de eludirnos. Pude verle su cara seria, casi distraído.

Le conté a papá que había visto de cerca los ojos azules de Alessandri. Se rió: “¡Ahora eres alessandrista!…” – No papá, no es eso, alcancé a decirle antes de que él siguiera… “En La Moneda debiera estar otra “vieja”, pero tu sabrás…”

Yo no sabía nada ni tampoco tenía derecho a voto, así que poco importaba. Me quedó en la cabeza que en el círculo más estrecho de periodistas y políticos se apodaban con sarcamos entre ellos y a Alessandri y a Allende como “La Vieja”. Las raíces de esos apodos parecieran estar en anécdotas que se remontan a los años 40 y que involucran al dueño del diario Clarín: Darío Saint-Marie Sorucco.

En este pequeño país, los ejes de familias de vez en cuando rotan de manera cercana; así pasó entre la mía y la del Chicho. Crecí en medio de círculos políticos y periodísticos y los pude contemplar con ojos de niña y de adolescente, sin poder intervenir ni tampoco adherir.

Y fui creciendo con minifaldas y pantalones de lino de La Maison y Palta, tomando helados en el Coppelia y dudando si hacerme hippie para oponerme al imparable equilibrio de la extralegalidad de aquellos años y también, ¿por qué no? por ser incapaz de irme al monte y cargar una metralleta. ¡Si me doy mal hasta con los rifles a postones!

 Cada semana devoraba la revista Paula y los reportajes de la Delia Vergara, riéndome a carcajadas de la citrola que Isabel Allende calificaba del camello santiaguino, además reparable con un alambrito. Me sentía mejor con la moda parisina y las letras de Georges Brassens, aunque sirvieran de carnada para que cualquier esotérico o termocéfalo de izquierda intentara hacerme caminar por la respiración controlada, la meditación o despreciar la vida pequeño-burguesa.

 Una tarde en que debía hacer las veces de “encargada de la comisión de pórtico” de mi casa, abrí la puerta a algunos ministros y cercanos de Eduardo Frei Montalva que lucían estruendosas corbatas y sombríos ternos. Los amigos de papá que eran muchos, venían de la izquierda dura, socialista y de la Revolución en Libertad. Estos últimos, cuando estaban en confianza, se quejaban de las dificultades de hacerse entender por el heredado establishment del gobierno conservador de Jorge Alessandri. Así, concluí que las colorinches corbatas – las de Patricio Silva eran emblemáticas – eran un símbolo de rebeldía, haciendo notar que podían ser tan formales como los de la vieja escuela aun en el poder. Pero los colores los pondrían quienes como ellos, caminaron todo el país buscando cambiarle el rostro a la geografía económica.

Más adelante, seguí observando a cada miembro de aquellas galaxias con lupa periodística, interviniendo, aunque no adhiriendo.

Salvador Allende llegó a la Presidencia y el Congreso hervía por los cuatro costados al igual que el país, entre manifestantes y políticos empoderados de malestar, ira, fanatismo. El senador Luis Bossay, dirigente del Partido Radical, andaba visiblemente molesto por los pasillos del Senado y casi con el ánimo de ser sociable, le pregunté qué le pasaba…. Fue cómo quitarle el tapón a una artesa y se confesó: Vengo de visitar a Allende…. – ¿Y?, esperé con curiosidad.

Bossay no me dijo claramente cuál era el tema central pero se agarró de una frase: “Le dije que el país estaba pegando fuego…Y él me respondió, mientras se miraba al espejo: ¿Qué te parece mi chaquetita de cuero?”

Eran las salidas de “La Vieja”, que para mi nunca fue y tampoco era el Chicho sino “El Pije”.

Volví al diario y entre varias informaciones breves de mi columna, en 10 líneas publiqué la anécdota que llamó la atención de muchos y se reprodujo en diarios de diversas partes del mundo.

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