Salvador, Tencha y Laurita

La senadora Isabel Allende es el rostro más visto por estos días en los canales de televisión. Con mucha dignidad y mesura ha explicado las razones de la exhumación de los restos de su padre, Salvador Allende.

 De cierta manera, sus gestos recuerdan a su tía, la senadora Laura Allende, “la Laurita”, que en los comedores del Senado después de comer las uvas hundía gentilmente sus dedos en el aguamanil para embelezo de los toscos periodistas. Un diplomático chino me confesó alguna vez que “la Tencha”, confundió una sopa servida en un viaje a Beijing con el aguamanil…

 “La Tencha”, que de Primera Dama parecía no mirar a nadie, era de anciana la primera en llegar a las presentaciones de los libros de mi Editorial. Creo habérselo agradecido oportunamente.

 Salvador y Hortensia aterrizaron en Arica al regreso al país de un viaje protocolar por varios países latinoamericanos.

 Yo, andaba como que “obstiná”. Enojada conmigo y con la vida. Obstiná de ejercer una jefatura de política que acaparaba todo el tiempo, hasta para ir a la Universidad. Obstiná  de pesadillas recurrentes donde niñitos vagaban por callejuelas de tierra buscando a sus papás; pesadillas que olvidaba en marejadas de indignación cuando algún parlamentario me pedía incluir una nota reclamando por el excesivo precio de las ostras. Obstiná de andar en blue-jeans y zapatillas no olvidando los sobres de sal para paliar los gases lacrimógenos. Obstiná de arrancar de los manifestantes que a veces nos reventaban las carísimas cámaras fotográficas, de los guanacos y sus chorros de agua y más de uno me arrastró por varios metros. Es decir, una situación que hoy por mucho menos se resume en stress.

 Hablé con mi director y presenté mi renuncia con argumentos poco creíbles, incluso para mí: Soy demasiado joven para morir y quiero ver el mundo… Como no era la primera vez, cada renuncia terminaba con un aumento de sueldo después de una discutida cena. Y esta vez fue parecido pero se le agregó una semana de vacaciones con gastos pagados para mi mamá y yo.

 Aquel día madrugamos, preparándonos para la llegada del taxi que nos llevaría de la Hostería de Arica a Tacna. Soñábamos almorzar los diminutos y dulces choclos arequipeños y bañarnos en unas rústicas termas.

Al bajar al lobby, compruebo que una comitiva bloqueó la llegada de mi taxi: La del Presidente y decenas de militares que hacían guardia a la entrada del hotel. Yo, de ojo en mis conflictos existenciales, resolví que importaba más mi paseo que la política excesivamente contingente y beligerante. Pero no había manera de evadir la espera y allí me senté, con mi tenida deportiva, frustrada entre los vítores y exclamaciones de muchas pasajeras que se agolparon a ver al Primer Mandatario. Y ningún periodista alrededor.

Allende se había puesto un abrigo, extrañando tal vez el clima y la humedad. Salió a los jardines y de pronto, tras los vidrios donde se agolpaban narices de niñas viejas giró y volvió a entrar. Mira por encima de los hombros y por allá al fondo, yo desde mi cara frustrada, compruebo que nos miramos ambos. Levantó el índice y “sentí” que me llamaba. Mi índice se enfiló a mi pecho y él asintió con la cabeza.

Entre murmullos me abrieron paso y ambos nos dirigimos a los jardines acompañados por el edecán aéreo. No había estado cerca de él desde su conferencia de prensa en el Partido Socialista, el 4 de septiembre de 1970. Esa vez, atiborrados de periodistas de todo el mundo en una estrecha sala y chorreando calor, quedé arrinconada entre su podium y las cámaras. A cada una de sus respuestas me miraba con cara cómplice y hasta me pareció haberle servido de barómetro de opinión.

Yo trabajaba en la oposición menos visceral y hormonal pero oposición al fin. Me llegaban cuentos de que mi diario era el primero en ser leído cada mañana en La Moneda. Aún así, me parecía difícil que recordara a la participante de la entrevista con la revista Veja, la que escribió su conferencia como candidato “presuntamente electo” y otros artículos más que envolvían al conglomerado de la izquierda porque, escribir sobre la derecha, era muy fácil.

Caminamos por los senderos de la hostería y me dijo apuntando hacia Tacna: ¿Sabías que yo nací allí?. Hace años que no venía por estos lados y comenzó a explicarme su infancia. Como no manejaba ese dato, respondí con una pachotada…¿Sabía usted que estas playas estaban inmundas y las limpiaron cuando se supo que usted venía?. Me desilusionó un poco el que no acusara el golpe porque se hizo el desentendido y agregó que estaba esperando a la Tencha que demoraba en estar lista.

Conversamos otras banalidades en lenguaje Morse antes de “entrar en materia” y en el breve ping pong corrieron temas en diversos planos: -La gira había sido un éxito. – ¿Qué cómo van las cosas? – Presidente, usted no toma en cuenta a las mujeres. – Habrá un Ministerio para ellas. – Hablo de la opinión de las mujeres, no de lo que los políticos quieren para ellas. – Sus revoltosos “sobrinos” lo pondrán en aprietos. – Son muchachos con ideales, ellos me han prometido que harán bien las cosas. – Los problemas están de tu lado, serán 17 los que se irán.  (Hice un brainstorm y concluí velozmente: No Presidente, le han informado mal, como máximo, le doy 5… Y comienza a mencionar apellidos. Con un suspiro de alivio por haber adivinado, le respondí que los choclos sólo se desgranan y no sería la primera vez.

Cuando la conversación comenzaba a ponerse chispeante, el Chicho tropieza con la caja de llaves de la piscina,  tambalea en un pie y su cuerpo va ineluctablemente hacia la enorme piscina. El tiempo se detuvo y las escenas comenzaron a sucederse en lentísimos segundos: un par de metros atrás nos sigue el Edecán, soldados de metralleta rodean el jardín y a unas decenas de metros hay un círculo de “GAPS” reforzando la custodia con armas largas. Una bala puede interferir con mi brazo si lo estiro  para agarrar al Presidente antes de caer al agua.

El edecán alcanza a sujetarlo dando un salto cuando el cuerpo de Allende se inclinaba ya sobre la piscina: “Presidente, es muy temprano para darse un baño”, le dice sin una sonrisa tratando de quebrar el instante.

Allende se recompone arreglando su abrigo y se agacha a masajearse una pantorrilla suavemente. “Tengo un edema por una flebitis”. No quise preguntar y volvimos al lobby. La Tencha nos esperaba y la tropa también: “Buenos días soldados” grita Allende. – Buenos días Presidente, responden a coro.

La comitiva enrumbó al aeropuerto y nosotras hacia Tacna y los anhelados choclos arequipeños.

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