Gastronomía periodística

Un amigo se inquieta porque – aprovechando esta Argentina ancha y generosa – mi colesterol debiera estar por las nubes. A las milanesas de pollo y carne, bifes de todo tipo, se han sumado las “achuras”, palabra gaucha para definir lo que no sirve o sobra. Vocablo supuestamente mapuche o, para los más globalizados, “araucano”.
Achurras o achuras, así llaman en la carnicería a las vísceras. A las tripas les llaman chinchulines o chunchules, y en algún otro país tienen otro nombre que olvidé. En francés suena mejor: existe Tripes a la Mode de Caen.
Tengo todo un anecdotario al respecto y parte lo pude publicar en una crónica en La Nación, hablando del Presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso. Fue en campaña al nordeste brasileño, seco y famélico arenal. Los votantes lo agasajaron con esa mezcla de vísceras de todo tipo y FHC se quedó medio constreñido al mirar esa bazofia. Escribí en mi crónica algo así: para los nordestinos (que poco ven la carne) aquel plato era una real iguaria. El Presidente FHC comió (haciendo tripas corazón, imagino) y luego comentó que era semejante a Tripes a la Mode de Caen… Claro, en francés suena mejor.

Pero la historia no termina allí. Al poco rato de haber mandado mi crónica me llega un mensaje del editor: ¿Qué es iguaria? Di un salto en el asiento y me dije, “chutas! escribí en portugués…” Me fui a los diccionarios y claro! la palabra existe con la misma acepción en ambos idiomas. Pude respirar aliviada – fronteras de por medio – en medio de las carcajadas por lado y lado. Meses después FHC ganó la reelección. Todos contentos.

Eso me recuerda otra anécdota gastronómica. Una cena “íntima” en una Embajada China que deseaba agasajarnos y yo sugerí entre bromas que sólo asistiríamos si el menú contemplaba aletas de tiburón. (Hoy no haría tal sugerencia)
Eramos unos doce comensales – periodistas todos – custodiados por cuatro guardaespaldas que fungían de mozos; y que deben haber sido montañeses del norte por el tamaño King Size. (Nunca estuve en China pero da lo mismo)
En medio del jolgorio, causado por los innumerables cubiertos, copas con vinos diversos y platos bellamente decorados con verduras cortadas como flores y aves, nuestro anfitrión me indica que los occidentales somos demasiado bulliciosos y caóticos. Concuerdo con él y reservadamente intercambiamos anécdotas al respecto.

Siempre la sorpresa asoma en cualquier esquina y así fue como los dos sonreímos socarronamente, cuando me confidenció que una Primera Dama latinoamericana de visita en Beijing, confundió la sopa de golondrinas con el aguamanil. Para no quedarme corta, le conté haber visto en la Embajada de Irán, a una mujer que le grita a su acompañante: Mira, una montaña de lentejas. Busco las lentejas con la mirada y a unos cinco metros veo en el centro de la mesa principal, una enorme y fastuosa fuente de plata en cuyo recipiente de cristal – de unos 50 centímetros de diámetro – brillaba una montaña de caviar negro del mejor grano.

Nunca he vuelto a ver ni a comer tal cantidad de caviar. (Y eso que traté de disimular mis idas y venidas a la mesa de “lentejas” ).

Años después, en Rio de Janeiro, en un cóctel de la embajada rusa y con la promesa de que comeríamos caviar, a instancia de los anfitriones me tuve que quedar hasta pasada la medianoche, cuando los invitados se fueron. Recién allí, los seis rusos y rusas restantes, un inglés que trabajaba para una agencia espacial, un cubano de por medio y yo, nos despachamos un plato hondo de caviar, admirando la bahía de Guanabara. Era parecido al de la Embajada iraní pero éramos muchos para un plato tan chico y los rusos comían más rápido que yo. Alentado por el vodka, el inglés – autoexiliado en Filipinas – me usó de oreja para añorar los tiempos pasados cuando trabajaba al servicio de la KGB. Reanimados con el vodka, a los rusos les surgió el alma cosaca y después de escuchar un Kalinka estridente y cacofónico me retiré estratégicamente.

Mañana probaré el cazón, tiburón de aguas cálidas que ha emigrado a Argentina. Sólo tengo recuerdos de las arepas de cazón, ¡venezolanas por supuesto!

Tengo una cucharita de nácar para comer el caviar que no puedo

Este artículo fue publicado en amigos, anecdotas, periodismo, viajes y etiquetado , , , , , , . Marcador del enlace permanente.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

*

Usted puede utilizar las etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>