El Reencuentro


Me llamó Vo para invitarme a un paseo-sorpresa. (De este teutón puedo esperar cualquier cosa). A bordo de su 4×4 enfilamos a Ñuñoa y con una torta en mano entramos a un pequeño condominio que daba a la calle con nombre de un pintor. Una agradable mujer abre la puerta diciendo a gritos: los esperaba! Y yo sin saber a quién invadía.
De pie, un tanto a contraluz, una figura masculina nos miraba medio desconcertada. Y Vo me dice: aquí tienes la sorpresa.
Me quedé estática mientras nos mirábamos fijamente. Aquel hombre de pantalones beige y lentes me indicó con su dedo con cara de asombro. Miró a Vo y a la mujer que trataba de entender la escena. Comenzó a sonreir hasta dar carcajadas. Y se me abalanzó agarrándome en vilo y haciéndome girar en el aire mientras yo gritaba. Me sentí estrujada como el peluche que perdíamos en la infancia mientras me dolían las costillas.
- ¿Pero tu te acuerdas? Le dijo un Vo asombrado a Marcelo.
Y éste, sin palabras, sólo asentía con una sonrisa evocativa.
- Hola mi amor eterno, le dije con cara de complicidad. Y él muy ufano sonrió buscando tal vez en su cabeza si aquel amor fue real. “Platónico nomás”, le explicité entre esa tormenta de risas. (En alguna parte deben estar las fotos en blanco y negro autografiadas por él con sus “declaraciones” de amor eterno. Un juego sólo compartido por los dos mirando el Avila)
Aquellas horas sirvieron para devorar un helado, compartir la adicción de Marcelo por las tortas y unas dos tazas de te para rellenar la panza. A veces con balbuceos y otras con miradas socarronas, Marcelo lanzaba un par de frases que sólo terminaban en carcajadas colectivas. Vo insistía en preguntas: “te acuerdas de…” hasta que yo, tratando de sacar una paciencia que no tengo, le digo: “Para de pedirle recuerdos. Basta con el “aquí” emocional”. Y Marcelo muy campante: Sí po huevón!
El Alzheimer en tercer grado pareciera tener una mayor complejidad para los cercanos, más que para el propio paciente.
A aquella tarde de anécdotas, en su mayoría venezolanas, se sumó otro día de paseo-sorpresa. Otra gran sonrisa fue el premio para nosotros al descubrir su antigua academia: Aquí, aquí… dijo mostrando la puerta curva que hoy permite el ingreso a los feligreses, estudiantes de la Biblia .
Desde el Mercado Providencia caminamos hacia el Este. Fue indicando sus lugares favoritos en medio de los saludos y sonrisas de los peatones que lo reconocieron. Allí, el vendedor de empanadas, “hmm ahí se comía rico acá, la wea ya no está”! Hasta terminar en el Tavelli donde los mozos al verlo, le regalaron la porción de torta por la que caminó tantas cuadras. Un Marcelo feliz.
Ya estamos en la mitad de Junio del 2013 y Marcelo lleva apenas una tortuosa semana en la casa de retiro de la calle Echeñique. Las noches de soledad en su departamento de la calle del Pintor acabaron cuando intentó salir del condominio y tal vez perderse una vez más, como cuando sus pies quedaron heridos por varios días al vagar un día completo por Providencia. Según alguno, iba a localizar el Canal San Carlos que podría llevarlo a la muerte. Según otro, iba a su antigua Academia en un intento fallido por recuperar el dinero birlado por empresas y por conocidos.
Allí, sólo los pocos amigos que a veces consiguen llegar lo retrotraen de su rabia alzhéimica contra aquella casa de reposo de la que sólo se puede salir de una manera.
Quienes lo hacen reír por horas recordando anécdotas, le ayudan a regularizar el lenguaje en largas frases y en hechos históricamente exactos que explotan desde sus deterioradas sinapsis, se sienten tanto o más felices que él. Son poquísimos.
Entre viajes y mudanzas, la geografía nos separó una vez más. Hoy le pedido a Virginia Urdaneta algunas observaciones sobre el paso de Marcelo en su vida. Veremos si se atreve a abrir el baúl.

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