Los compañeros de Facultad y Félix Castro

En una calle de Caracas me miró alzando los ojos detrás de sus lentes fondo de botella. Una sonrisa tímida enmarcó sus negros y gruesos bigotes. Desde la altura adonde me llevaron mis zapatos con tacones de siete centímetros, recordé a un hombre grueso y seguro de él mismo que, en algunos encuentros periodísticos en el lejano Santiago previo al golpe de Estado, nos hacía sentir sus verdades políticas.

Debió haber sido el único militante de izquierda que conocí, de un partido que no se había sumado a los otros catorce y tres movimientos que formaron la Unidad Popular.

Los que estuvieron en trincheras diferentes, en cursos distintos, en puestos de responsabilidad profesional diferentes, se hicieron amigos. Amigos y confidentes, intercambiando anécdotas y recuerdos de vez en cuando, saboreando un café en la Caracas de los techos rojos. Me sentí reconfortada en saberlo vivo; pero frustrada al verlo marcado de por vida por una depresión exógena y austral.

En sus escasos momentos de buen humor, contaba entusiasmado sus encuentros con otros chilenos exiliados. Se acompañaban aburridos en alguna calle caraqueña, lanzando piropos a las hermosas venezolanas: “Mijita, qué lindo su potito”. – Y ellas sonríen felices, acotaba Félix. Es que no se sabe por estos lados lo que eso significa…

Después del golpe, a su pequeño partido sólo le quedó intentar ordenar su historia y organizar a sus cuadros militantes. Y él era uno de sus dirigentes de alto rango que quedaba. Vinieron sus viajes a provincia, intentando informar a algunos del porvenir más probable.

Un sábado en la noche descansaba en el sofá de la estrecha y humilde casa de un militante de Linares. Eran no más de cuatro sujetos y uno estaba en la lista de los más buscados.

Unos golpes de puño sacudieron la puerta y Don Juan se apuró en abrirla, haciendo señas de guardar silencio.

Entraron tres Carabineros. “Tiene visitas Don Juan”, sentenció el Mayor a cargo. Entre balbuceos, respondió: “Sí, son amigos que han venido de Santiago” y extendió la mano mostrando a sus invitados.

Cada uno se presentó, inventando algún nombre o intentando desviar el asunto.
- Soy fulano,
- Soy zutano,
- Soy el “comandante Pepe”….
- Já, le respondió el oficial, y yo soy Salvador Allende. Oiga Don Juan, dijo volviéndose hacia él, ¿se le olvidó que hoy es sábado y debía presentarse en la Comisaría? Buenas noches, siga con sus amigos pero que no se le olvide.

Al volver a Santiago, acompañado de otros compañeros, ingresaron una noche a la sede del proscrito partido. En una vieja casa de una calle céntrica, se abocaron a ordenar en montoncitos las revistas y libros políticos y a destruir papeles que pudiesen comprometer a terceros. Los rompían en un silencio repleto de temor cuando los culatazos en la puerta les hicieron presumir el peor de los futuros. Había sido una delación.

Los llevaron al Regimiento Tacna y allí comenzaron a pasar los días proyectados desde una pequeña ventana. La pared vecina a la ventana tenía huellas de un antecesor que marcó en rayas sus días de detención. Unos dedos registraron sus huellas a punta de manchas de sangre.

Mi amigo veía cada amanecer como el último registrado y casi ansioso por oír algunas ráfagas, como cada día.

Un atardecer fue sacado de su celda y pensó que eran sus últimos momentos de vida al ver a unas decenas de metro a unos uniformados.

Fue empujado junto a varios detenidos frente a un grupo de oficiales del Regimiento. Entre ellos, se movía un civil vestido de blue jeans, pelo largo casi rubio. Enarbolando papeles, el civil parecía ser el actor principal de una obra de teatro.
- ¿Y ese? ¿Ese de ahí?, preguntó indicando a mi colega.
- Lo pillamos con otros en una sede de un partido, responde otro oficial.
- ¿Pero ustedes son huevones? ¿No saben que la Usopo no estuvo con Allende y este huevón no tiene nada que hacer aquí? ¡Suéltenlo ya!

Eran pasadas las 6 de la tarde de un día helado con toque de queda. Salió a la avenida y escuchó que le ordenaban: “A correr”. Hizo sus cálculos, no había para dónde huir porque las paredes del regimiento se extendían por muchos metros. ¿Correr o caminar? Las balas llegarían de igual manera. Caminó rápidamente esperando sentir un silbido mortal pero llegó a la esquina sin sentir ningún dolor. Giró por la avenida vacía y echó a correr, sin saber si escapaba de la muerte o si corría hacia ella.

Ya por la Avenida Grecia alcanzó la Villa Frei donde tenía conocidos y pidió socorro.

En los meses siguientes, necesitó de una cura de sueño, antes de salir al exilio.

Después de dos años, contemplando la vida de un país que lo recibió sin querer y él sin desear estar, sólo quedaba reponer la memoria.
Y me vino con una confidencia: ¿Te acuerdas que en la Universidad teníamos compañeros ya casados o de novios?
- Sí, respondí medio perpleja, intentando recordar esos casos.
- Pues estoy seguro de que quien me liberó fue un tipo vinculado a una compañera. Creo haberlo visto en una fiesta con alguien que no recuerdo. Estoy seguro. Y él debió acordarse de mí. ¡Me salvó la vida! repitió no menos de tres veces, sin poderlo creer.
- Debió ayudarte Camilo Henríquez, le dije socarronamente.

Un día en la redacción recibí una llamada. Félix que me invitaba a otro cafecito.
- Me quiero despedir, dijo una vez que nos arrellenamos en nuestros sillones en la cafetería de siempre. Me voy para isla Margarita. Quizá allá pueda rehacer mi vida, me dijo mirando los adoquines del piso.
- Es casi tu deber, le respondí con una sonrisa.

Dos años después, en otra salpicada conversación, al recordar a Félix alguien me corrigió: “No es, era… Se suicidó hace unos meses en isla Margarita”. Quedé atontada. Volví a casa, cabizbaja, recordando a mi bigotudo y pensativo amigo.

No se puede cambiar la Historia pero sí recordar el agradecimiento de un colega hacia otra colega, personaje que – sin saberlo – rescató una vida aunque haya sido por un quinquenio.

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