Los Hombres de Abril

Cuando “JJ” (Yeyé) entró como nuevo jefe a las oficinas de la Agence France Presse vestía un impermeable blanco. Nerviosamente se pasaba la mano por el pelo liso que caía sobre su frente  y no pude verle los ojos detrás de oscuros Rayban de piloto.

Desde la expulsión del director francés y de otro periodista chileno, los meses en una oficina acéfala habían sido mínimamente “intensos”, con la Dina mordiéndonos los zapatos.

- “Tiene cara de hijo de puta”, me dije, respirando con alivio mientras recordaba que mi renuncia ya la había enviado a Paris. Estaba embarazada de tres meses y ya no me daba “nota” saltar por cuerpos destrozados en un feroz choque o reportear los vericuetos del escaso poder civil, de la fuerte presencia militar en un estado de derecho inexistente.

Después de un corto descanso en Francia, Yeyé asumiría la dirección en Chile, digamos en un país “tranquilo” donde – así le dijeron –  “no pasa nada”. Casi un premio.

En Vietnam y Camboya fue quien cerró las oficinas entre bombas e incendios, con el pánico colectivo de la guerra como fondo de pantalla, bien documentado en la Historia de hoy.

En Phnom Penh Yeyé vio arder las casas más allá del río Sangker  y cuando se asiló – con otros miles de refugiados – en la Embajada de Francia con su mascota, un mono agarrado a su cuello, agarró de la caja fuerte de la oficina paquetes de billetes que ya  circularían más y en el bolsillo un artefacto, tal vez una estatuilla de jade.

Una vez en la Embajada se revisó los bolsillos y comprendió que había hecho una estupidez, un acto casi irracional. Tanto, como las últimas cenas en el palacio real adonde llegó a compartir un pollo a la marihuana con los escasos camboyanos aun presentes. Hoy en la “montaña de la viuda Pehn” como tengo entendido que significa el nombre, está de moda la “Happy Pizza” (pizza con marihuana) y quienes la ofrecen son restaurantes situados a lo largo del paseo a orillas del rio que cruza una Phnom Penh más pacífica.

Por cierto, las leyendas camboyanas tienen todo el glamour y espectacularidad de las historia milenarias. Bajo la ciudad, dice una, descansa una feroz serpiente que cuando se despierta pone a todos a correr. Otra leyenda aseguraba que algún día aparecerían hombres de rojo y la sangre llegaría hasta el vientre de los elefantes….

Y así fue cuando el 17 de Abril de 1975 las tropas del Khmer Rouge, a las que hoy llaman Jémer Rojo, entraron a la capital del milenario Reino. Comenzó una negra era en la historia de la bella Camboya donde se instaló el horror con rostro de hombre: el general Pol Pot, que en verdad se llamaba Saloth Sar. Se le compara con Hitler de ojos rasgados y terminó sus días en una cabaña en medio de la selva antes de que cambiara el milenio.

La sangre llegó hasta el vientre de los elefantes con más de un millón y medio de muertos en un planeta cercano a sus dos mil años “civilizatorios”. Pol Pot comenzó de cero a construir su revolución con matanzas masivas y desplazó a la población desde las ciudades al campo desintegrando a las familias. Tal vez muchos nunca se reencontraron en aquellos  tiempos siniestros de los hombres de abril, los del “17 de abril”.

Días más tarde, el 30 de Abril, a menos de 300 kilómetros de allí, el Viet Cong cambiaba el nombre de Saigón por Ho Chi Minh City y en los campos y mares vietnamitas quedaban los restos de lo que fue un poderoso ejército: el norteamericano. Hasta hoy, las secuelas que aquellos enfrentamientos se perciben en la sociedad estadounidense partiendo, en lo más inmediato, con los innumerables estacionamientos destinados a minusválidos en cada repartición o shopping.

Volviendo a Chile y a Yeyé, postergué mi renuncia para ayudarlo a reconocer terreno e instalarse en Santiago. En las semanas siguientes a su llegada, el tal “hijo de puta”, me dejó embelesada y en éxtasis al permitirme hurgar en sus baúles para leer las miles de crónicas enviadas por teletipos desde el sudeste asiático. Quien pudiese escribir sin adjetivos colgantes ni verbos deshilachados, merecía todo mi respeto y por lo tanto, pasamos a ser excelentes amigos y confidentes.

Así supe que al cabo de dos meses de asilo salió rumbo a China a bordo de un camión en un convoy vigilado hasta la frontera. Tuvo que abandonar a su mono regalón el que, lo más probable, terminó en el estómago de los hambrientos asilados.

Yeyé parece personaje de novela de espías, aunque se da muy bien con las filosofías orientales y hasta llega a mostrar un rostro inexpresivo cuando deambula por sus circunvalaciones cerebrales que le recuerdan el pasado. Fue siempre intenso.

Su destino debía contemplar siempre un país con sol y guerras. Santiago era campo de post-guerra solapada que lo libraría – al menos – de uno de sus problemas. La ciudad le recordaría paisajes de Saigón con sus pasarelas de metal, gente de ojos medio orientales circulando. Arrendó una enorme casona en un buen barrio y se predispuso a armar su vida rodeado de objetos y muebles hermosos. La estética, en los hombres “post-guerras” pasa a ser un tema muy importante. Hasta la desarrapada oficina sufrió cambios importantes y luego contaba con nuevo mobiliario, menaje y un bar abastecido, la delicia del corresponsal del turno de noche.

Su guerra personal tenía dos frentes: dos mujeres entorpecían su vida. La primera, una camboyana empinada en la adolescencia que se refugió en la Embajada de Phnom Penh y sólo podría salir al exilio con pasaporte francés en la mano. Entre el debate y el sorteo, los periodistas decidieron que el único soltero – Yeyé- podía hacer el favor, aunque éste alegaba que estaba dispuesto a adoptar a la joven refugiada. Pero era un poco más que adolescente. Acabó casado involuntariamente, pensando en lo que diría su novia francesa que volvía a Paris, tras la caída de Saigón, donde se suponía que se reencontrarían.

Digamos que se llamaba Marie, pero aseguremos que sí estaba embarazada y esperando a que se cumpliera la promesa de matrimonio y el ser felices para siempre.

La cita, después de las peripecias, tendría que ser en la ciudad iluminada.

En Paris, y sin informarle a Marie, Yeyé instaló a su esposa camboyana en su departamento y él se largó a un hotel. Además de haber aprendido mucho de la Historia del Reino de Camboya, estaba harto de su saludo cotidiano que demostraba que él era su “héroe” y vivir juntos sería un impedimento para el divorcio previo al matrimonio siguiente.

Mirando a la distancia, creo que Santiago pasó a ser el punto más lejano de la presencia de la camboyana, dispuesta a ser la segunda esposa y a dar la vida por su salvador. El día en que Marie aterrizó y Yeyé cada vez más nervioso, me llamó para pedirme que lo acompañara al aeropuerto. Medio enojada por tener que presenciar escenas íntimas, decidí  hacer las veces de asistente: cuidar del equipaje, del estacionamiento y ver entreojos a aquella hermosa y embarazada mujer, de ojos enrojecidos por el largo viaje, angustiada por el encuentro con un desconocido.

El regreso a casa incluyó una parada para almorzar en los discretos y elegantes salones del Hotel Crillón. Me concentré en las alcaparras que se desparramaban en el lenguado a la mantequilla para no ver las lágrimas de Marie y miré las enormes lámparas del techo para no escuchar las duras frases que se dijeron. Cuando ya amenazaba otro viaje al aeropuerto para reembarcar a Marie, suspiré con alivio cuando ambos se otorgaron algunos días para reiniciar la convivencia.

Marc Olivier llegó al mundo en la clínica Alemana de Santiago. Era un bebé precioso pero sus padres no se veían felices. La camboyana cambiaba su estrategia de segunda esposa y amenazaba con ir a Chile como “hija adoptiva”.  Yo partí a Viña del Mar para traer al mundo a Andrea, en un parto programado para un día viernes en un verano de incendios forestales. El toque de queda debió haber regularizado la llegada de miles de niños en este país austral. Pero mi terca hija hizo caso omiso de la planificación y después de inducir un parto y que sólo me acarreó dolores y más dolores, le dije a mi doctor: “Mira, dame permiso para irme a la Avenida Perú a tomarme un whisky y prometo que vuelvo el lunes” – Hecho, me dijo el sonriente Aníbal Scarella, obstetra porteño, ex diputado de un partido contrario a mis ideas, pero con el cual podíamos cantar sin respingos y a todo pulmón desde “Facetta Nera bell’ abbissina” hasta “Dime dónde vas morena…”

Volví el lunes pero Andrea postergó su llegada hasta un martes pasado el mediodía. A la hora celebramos con champaña la llegada de la pequeña de largo nombre.

Con más canas y los kilos necesarios para disfrazar la excesiva flacura de años atrás, casi treinta años después, Yeyé salió del ascensor de igual modo como lo hizo antes, vistiendo esta vez un grueso abrigo azul marino.

A Irán le siguieron – de acuerdo a sus reglas – Israel, el sudeste asiático, Irak, Líbano y cuanta guerra se desarrollara en el planeta, y casi todas en países donde el sol alumbra muchos días al año. Finalmente Yeyé aceptó el destino marcado por su padre y se hizo cargo de su empresa. Viaja alrededor del mundo, repara un antiguo castillo donde gasta dinero a manos llenas sin saber por qué, sino “porque sí”, como buen vasco francés. Me gusta la testarudez vasca, a veces necesaria.

Marie estaba casada con un banquero y la conflictiva camboyana también viviendo en Paris. Marc Olivier el hijo que lleva el nombre de un periodista desaparecido en aquellos tiempos terribles, con tres décadas encima, jugando a “temporero” y desaparecido en algún país de la Europa del Este. Y la pequeña Andrea, ya graduada, disfrutando con su marido en algún lugar del sur del país.

Saigón y Phnom Penh siguen lejanos a nuestra geografía, pero no así ese sangriento pasado tan cercano.

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3 Respuestas a Los Hombres de Abril

  1. Rodolfo dijo:

    Maga, este es un relato hermoso, muy conmovedor y muy humano; uno en cada palabra y frase va viviendo y reviviendo situaciones tan lejanas y tan cercanas en el tiempo y en la geografía. Buenísimo!!

  2. magalegria dijo:

    Ahora podrás ver Hombres de Mayo, jajaja

  3. Pingback: Que alegría, leer el blog de magalegria | filetario, solo experiencias disfrutables

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