Del Canal de Beagle al Mar de los Sargazos

Personajes inolvidables: Claudio Huepe

Acabo de volver de un México asolado por el calor cercano a los 40 grados. Tiré la maleta en una esquina y apenas Kristos me dio oportunidad abrí el correo.
No se si Germán Quintana superó a Claudio Huepe en número de amigos. Es la primera y estúpida reflexión que se me viene a la cabeza después de la impresión que tuve al leer los mensajes de amigos avisándome de su partida.
Mi amigo de encuentros y desencuentros partió desde la tierra que lo acogió y aprendió a amar. Allí lo “derroqué” de la directiva DC y como “contendores” y “rivales” que éramos, cada vez que nos encontrábamos nos “castigábamos” con un gran abrazo, un beso y miles de sonrisas mientras se nos caían las palabras a raudales.
Pero no fue allí donde lo conocí sino en el Chile del Viejo Testamento, cuando con la matrícula fresca en la mano, como alumna de la Universidad de Chile, ya me creía periodista. Tuve suerte porque me dieron trabajo y a los 14 días de haber ingresado a un diario, el director me asignó temporalmente al área política de la cual, prácticamente nunca salí.
En el antiguo Congreso, tuve que aprender una nueva geografía impuesta por el edecán de cada hemiciclo, militar en la Cámara y naval, en el Senado.
Si de la popa caminaba hacia la proa, a estribor llegaba al Canal de Beagle para entrar a un territorio que, para el edecán naval, era casi comparable al Mar de los Sargazos, incluidos los tiburones. Pululaban parlamentarios de todas las categorías y niveles y la patota juvenil la integraba un grupo de diputados demócratacristianos siempre apiñados por los rincones, aunque sus risas retumbaran en todo el edificio.
A poco andar conseguí romper el bloqueo masculino y cuando Claudio asumió como Jefe de Bancada comenzaron a establecerse vínculos de simpatía. Vínculos que se afianzaron con bromas que me transformaron en noticia por algunos días cuando apareció en los periódicos que la “solterísima” periodista (incipiente aun), había presentado un proyecto de ley con la firma de once diputados (el grupo), pidiendo que las pensiones familiares les fuesen otorgadas a cada bebé llegado al mundo en partos múltiples.
Había una ola de nacimientos de mellizos y trillizos pero la ley contemplaba solo una pensión. Con más confianza, portaba mi lista de iniciativas parlamentarias suscritas por mis nuevos amigos, éstos decidieron que era momento de elaborar otro proyecto de ley para declararme “monumento nacional”. Se sorprendieron genuinamente con mi indignación. Y sólo los abogados del grupo me entendieron. Los monumentos nacionales son de uso público y aquel día yo no estaba de humor para oír las payasadas de Videla, Maira o Huepe.
Ya instaurada la dictadura, me pasé semanas tratando de convencer al senador Renán Fuentealba, presidente clandestino de la DC para que me diese una entrevista. La primera de un dirigente de oposición. El cuestionario que le envié no me lo quería responder porque las condiciones políticas no eran oportunas. (Entonces cuándo, me preguntaba yo).
Claudio con sus amigos trataba de pasar los tragos amargos de la dictadura haciendo lo que se podía. Fue así como se negó a pararse en un restaurante del barrio alto donde unos entusiastas borrachos y adeptos al nuevo régimen entonaron la canción nacional, incluida la estrofa sobre los valientes soldados.
¿Casualidad o causalidad? Mi cuestionario contenía una pregunta relacionada con los Derechos Humanos. Y cuando Claudio despertó en las frías madrugadas de la sierra nortina, donde fue condenado al ostracismo de la época, Renán decide responder mi cuestionario que se transformó en un paquete de 5 páginas escritas en una Underwood con letras en negro y rojo debido a la antigüedad de la máquina y al desajuste de la cinta.
Una noche – ¿26 de Marzo? – un grupo de unos 9 corresponsales extranjeros esperábamos en el Club de la Aviación, allí frente al Teatro Municipal, al coronel Enrique Araya, vice ministro del Interior. Con mi manía de ser puntual, había dejado en la caja fuerte de la agencia la entrevista que aquella tarde me había entregado Renán. Jacques Kauffman, hoy transformado en exitoso escritor de novelas relacionadas con la aviación, no se pudo contener y haciéndose el estúpido se quedó en la oficina mientras yo enrumbaba al Club. La cena de aquella noche yo la había articulado con ayuda de algunos conocidos.
Nicholson, Padilla, Cabrera, Quintana y otros bebíamos un pisco sour a la espera del invitado (y de Jacques, entre otros), cuando un mozo le avisa a Cabrera que tiene una llamada telefónica. Al volver a la sala, arreglándose los bigotes y con una sonrisa sardónica, nos informa: “Señores, México acaba de romper relaciones diplomáticas con Chile”.

Todos nos vigilamos el movimiento de los pies y aunque hubo intentos de pararnos e irnos, nos contuvimos. El invitado hablaría a la prensa internacional y eso no se había visto aún en una cena íntima con la prensa extranjera.
Cuando Kauffman entró, sonriente y joven petulante como lo éramos todos, no pudo contenerse y me gritó desde el otro lado del salón. “Maga… Renán no dijo nada importante… uf!, esa entrevista no vale nada…”
- ¿Te atreviste a tocar mi entrevista que aun no he enviado? le respondí con mucha ira pese a la mirada de curiosidad y envidia de los demás colegas.
Jacques trató de calmarme y “soltó” que sólo había agarrado “un pedacito”… referido a los Derechos Humanos. Pero no había despachado la entrevista sino una pequeña nota en francés, sobre ese tema. Tema referido a Claudio Huepe.
Varios periodistas largaron carcajadas y le anticiparon a Jacques que tendríamos problemas por delante.
Nuestro invitado estaba atrasado en más de una hora y cada corresponsal anhelaba salir corriendo a su oficina para cubrir el fin de las relaciones chileno-mexicanas, pero debíamos esperar un poco más.
Vuelve a sonar el teléfono y nuevamente la llamada era para Manolo Cabrera. Cuando regresa al salón, atusándose otra vez los bigotes y con los ojos brillantes, nos informa que el senador Renán Fuentealba había sido expulsado del país rumbo a Costa Rica. Sus opiniones sobre los Derechos Humanos en Chile, dados a una agencia internacional, no fueron del agrado de las autoridades que lo expulsaron con menos de lo que llevaba puesto. Es decir, sin cordones de zapatos, cinturón, reloj.
Nos reímos, parecía un chiste increíble del periodista nacido en Albacete. Pero no, era verdad.

Años más tarde, en la ruidosa Caracas, Claudio, Renán y yo compartimos encuentros, debates, cenas, largas charlas bajo la tempestuosa mirada de Carmen, la esposa de Renán, que no dejaba de calificarme como la autora del exilio de su marido, pese a que éste la trataba de consolar diciéndole que tarde o temprano, eso pasaría.
Claudio y César Gumucio entre otros, integraron la directiva del núcleo DC-Venezuela.
Y aunque me sentía más cerca del jugo de parchita o maracuyá que del vino chileno, algunos amigos me empujaron a intentar “derrocar” al Huepe y sus compadres que estaban demasiado cerca del cielo y tan lejos de la tierra.
Finalmente, para no caer en más conflictos dentro de la colonia chilena demócratacristiana, dije que sí con la certeza de que mi lista perdería. No fue así. Y durante el siguiente año tuve que viajar a algunos estados venezolanos a compartir con los camaradas un asado, juego de bolas, guitarreos y tratar de sanar heridas locales.

Mi estilo de dirigencia era bastante sui-generis para indignación de Jorge Cisternas que, a pesar de compartir vivienda, se fue a la oposición, es decir, con Huepe. Cada vez que comunistas, mapucistas, radicales o agrupación chilena que existía por aquel entonces asomaban sus narices por casa, Tote sacaba su manual del buen DC y absorbía disciplinada y silenciosamente los debates de la dirigencia chilena en el exilio.
La “oposición” no se reunía en mi casa pero todos juntos compartíamos las empanadas de pollo que mamá hacía cuando algún chileno aparecía por allí. Bernardo Leighton y su esposa, Patricio Aylwin, Gabriel Valdés, Andrés Zaldívar. ¡Fueron tantos!

Claudio también “apareció” para calmarme cuando a la salida del Teatro Teresa Carreño yo increpaba entusiastamente a Luis Maira. – “Maguita… cálmate, las cosas se ven distintas desde México”, me dijo conciliatoriamente.
Claudio fue también involuntariamente un elemento “carmático”. Después de muchos años, al volver a Chile, más de uno me ha dicho que en su momento, no hicieron intentos de aproximaciones más románticas porque creían que había “algo” entre Claudio y yo. Quizá perdí al “hombre de mi vida” en el camino y ninguno de los dos nos dimos cuenta. O sea, Claudio no supo que fue impedimento en mi vida amorosa y yo no supe los novios que me perdí sin saberlo ambos.
Y a modo de resumen, mientras yo denostaba a diestra y siniestra con el cucarachero político local, Claudio pasaba sus agradables ratos de ocio compartiendo con el segmento favorito de la población: mujeres.
Vitiligo o no, que ni los cubanos consiguieron hacer retroceder definitivamente, Claudio cargaba con el peso de ser carismático, tierno, bromista, conciliatorio. Y dicen que también, apasionado. Fue amor de muchas mujeres y no se a cuántas habrá amado él. Sus anécdotas no las conozco de cabo a rabo pero sí se de buena fuente que desde un balcón del Caracas Hilton y muy bien acompañado, tal como Dios lo echó al mundo, gritó como loco contemplando el paso de la caravana del Papa Juan Pablo II por la Avenida Miranda. Tal vez su entusiasmo era inconsciente y mi apodo exacto porque – mirando hacia atrás – Claudio para mi era como la figura del Papa del tarot. Y él sabía que yo lo llamaba así. Contenedor, creando puentes, conciliando, dando todo aquello que es abstracto pero que se lleva siempre en los dos hemisferios del cerebro: la razón y el sentimiento.

Miércoles, 13 de Mayo de 2009

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