El balde rojo

Hombres de Octubre: Miguel Enríquez
El 5 de octubre de 1974 fue un sábado y de eso tengo certeza. Cumpliendo solitariamente mi turno de tarde en las oficinas de Agence France Presse, recibí una llamada telefónica que jadeante me informaba de una balacera en la comuna de San Miguel. “Vengan rápido, hay muchos militares y helicópteros y balaceras…”

Colgaron antes de formular una pregunta y apenas me di tiempo para llamar “al Kauffman”, el director de la Agencia y pedirle que se hiciera cargo de la oficina. Obviamente Jacques no quería perderse el evento, propuso que lo esperara  y yo simplemente le colgué.

Llegué a la zona acordonada por carabineros y con escasas posibilidades de burlar el bloqueo me puse a conversar con uno de ellos. Sobre la marcha, le expliqué que era sobrina de “aquella señora que está con la puerta abierta”. El policía me miró con sospecha pero mi cara adolescentona le convenció que podía ser de fiar. Mientras caminaba hacia aquella puerta rogaba a que la señora la mantuviera abierta y que no le extrañase mi llegada. Moví las manos, le hice morisquetas semiocultas  tratando de que me entendiera y me esperara. Tuve suerte. Nos saludamos de abrazo y beso,  como familia afectuosa,  mientras le confesaba a borbotones  que era periodista. Me largó una amplia sonrisa que ayudó a frenar la desconfianza del carabinero que me miraba  a la distancia, regañándome además, por andar metida por esos lares.

No recuerdo su nombre y sin embargo me dio un tratamiento insuperable. Después de relatarme lo que estaba pasando me llevó hasta una habitación del segundo piso a mirar por la ventana el patio de su vecina.

Allí, casi debajo de una parra con retoños, sobre la tierra yacía un cuerpo cuya cabeza, cubierta con un balde rojo, apuntaba hacia la Cordillera. Un par de metros al norte, una enorme batea de madera reflejaba en sus aguas la luz del cielo. Un pantalón oscuro, una camisa blanca, no podría precisarlo, salvo los colores de la vestimenta de un cuerpo sin heridas aparentes. El muro de adobe separaba aquel patio de la calle Santa Fe 725 donde de la calzada este, había salido aquel hombre para cruzar la calle y saltar, escapando de las decenas de efectivos militares que lo perseguían.

Había pocos indicios de más personas involucradas pero era fácil suponer que Miguel no estaba solo. Pues para mí, en ese momento, aquel cuerpo era el de Miguel Enríquez. Mi anfitriona también lo creía así ya que al menos otros tres hombres habrían escapado.

Con fines periodísticos necesitaba de más evidencias. Salí a la calle a buscar carabineros rogando a los cielos que las pistas aparecieran. Y tuve suerte nuevamente. Uno de ellos, un tanto aburrido por el plantón del cerco policial que daba espacio a los efectivos militares para peinar la zona, me miró con complicidad cuando le dije con certeza… “Así que todos los pescados grandes andaban por aquí”. – Así es,  dijo, aunque algunos alcanzaron a arrancar.

Simulando una parsimonia que estaba lejos de sentir, le comenté que el cuerpo que estaba al interior de aquella casa era “el de Miguel Enríquez… porque Pascal Allende es más grandote…”

Ya con franco entusiasmo y creyendo que yo tenía todos los datos, aportó otros, como que Pascal Allende y otro “gallo” arrancaron en dirección al sur, dando vueltas la esquina; y que la pareja de Miguel Enríquez – herida y embarazada – había “salido” de aquel lugar (Carmen Castillo)

Después de este corto veranito de San Juan y sin querer estropear mi estrategia, reingresé a la casa de “mi tía” para llamar a la agencia. Así, la AFP fue la primerísima en informar al mundo que, tras la balacera, el cuerpo que yacía en el interior de un patio era “presuntamente” el de Miguel Enríquez. Sólo tres horas más tarde el Gobierno confirmó los hechos.

Por lo que observé aquella tarde, la versión “histórica” del Coronel Miguel Krasnoff Marchenko es definitivamente versallesca. Más se ajustan las versiones de Carmen Castillo.

Cerca del cuerpo no había ninguna metralleta, la que bien pudo haber sido requisada por quienes cubrieron su cabeza con un balde rojo.

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Una respuesta a El balde rojo

  1. mas dijo:

    Maga

    notable relato, por lo que deduzco todavía es un misterio lo que ocurrió ese día de octubre, más allá de lo que relató Carmen Castillo en su libro. Sin heridas aparentes?
    Es curioso, consideramdo el pánico que la dina le tenía a Miguel Enriquez, imaginaba que no quedaba parte de su cuerpo sin balas a mansalva.
    Cuéntanos más!!!

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