Divagaciones atmosféricas

Observo muy atentamente las tormentas norteamericanas del Este, Europa, Asia, México. Y como me  siento  en franca retirada de cualquier escenario del vodevil sudaca, sólo me doy el tiempo de meditar (poca parte del tiempo) y tratar de wevear, la mayor parte.

No conozco ciudad norteamericana que haya crecido en la mitad del siglo pasado que esté francamente preparada para una  mini-glaciación  como ocurrió durante 150 años en plena Edad Media. O sea, nada distinto a nuestros ingenieros urbanos que, después de los años 60, comenzaron a expandir Santiago sin prever bocatomas, bocas de lobos, cloacas, o como quieran llamarlas. Digamos como ejemplo, la embarrada que quedaba en avenidas como Bilbao, Simón Bolívar y otras donde vi a muchachos deslizarse en kayak cuando llovía sólo algunas horas.

Esta semana Sao Paulo completó 44 días de lluvia continua. Hubo un montón de muertos, cerros que se desplomaron y los brasileños, con su habitual sentido de humor le reclaman a Lula que superaron los 40 días de Diluvio y tienen derecho – no a la Bolsa Familiar – sino a la Balsa Familiar.

Las lluvias en Centroamérica cambiaron geografías y la prensa no les para bola.

En México – que desde su pobreza consuetudinaria ha sido el país más solidario con Haití – hoy se tiran la pelota los tecnócratas y políticos por las aguas negras que invaden miles de casas en el Edomex y la propia Ciudad de México. De Michoacán ni hablar porque allí hay miles de damnificados que perdieron todo.

El  náhuatl  y yo no nos damos bien así que olvidé el nombre del pueblito que desapareció barreado por dos ríos y donde aun buscan a sus muertos. El exceso de aguas hace abrir represas a sabiendas que las aguas arrastrarán todo a su paso. Las autoridades, en año de elecciones, se disputan las  ayudas   y las cámaras. Esas ayudas van desde un simple escobillón, un trapero y algún antibacterial hasta otras más interesantes, como bonos por 120 dólares, vacunas contra tétano, influenza, AH1V1.

Los viejos mexicanos que declaran no haber visto nunca nada igual, reclaman por la deforestación… En las ciudades cada vez más extendidas, la cáscara de cemento que dejaba correr las aguas velozmente, se comienza a quebrar de la manera más patética, indicando las fallas de ingeniería y la desaprensión de los políticos de turno.  Sus habitantes no quieren  ayuda , claman por la compensación financiera ya que perdieron todo. Ese  todo  significa desde cisternas donde guardaban su agua, hoy contaminada con excrementos, hasta cualquier objeto que estuviera a dos metros de altura.

El titular de la división de aguas de México está arrinconado por la emergencia. Tapan boquetes de ríos pero luego deben destaparlos porque la fuerza del agua es imparable. Y en medio de esa emergencia, ha tenido que dar la cara en TV para explicar con más calma que Ciudad de México llegó al máximo de su tolerancia habitacional y se sigue hundiendo. Ya hay casas que están bajo las líneas de las cloacas, viejas y oxidadas… Pero, la expansión mobiliaria está ahí y consigue quebrar cualquier intención con sus redes de corrupción y permisos de construcción otorgados por Municipios.

Últimamente no he oído a la rusa a cargo de la oficina ambiental de México. ¡Es notable! Pero poco oída. Cuando ocurrió el desastre de Tabasco y aun no resuelto, explicó claramente la cantidad de centímetros que se ha hundido la península de Yucatán, México todo y los efectos de El Niño o La Niña.

En este ambiente, y bajo un tibio sol después de una noche de lluvias, corroboro – ya que no tengo mucho más qué hacer salvo editar libros de otros – lo que mi paso por gringolandia me ha enseñado. Y en medio de la Sierra Blanca, me permito observar la fauna. Sin datos  científicos  sólo puedo guiarme por líneas empíricas. Y fue por eso que este verano y mini-otoño me hizo agarrar mis  “corotos”  como dicen los venezolanos y nos mudamos a Ciudad Juárez por tiempo indefinido.

Allá en la montaña, entre los amigos nos dijimos  si los indios juntan leña es que el invierno se viene feo. Y en cierta forma el chiste valía pero se sumó a la aparición de animales salvajes en la propia ciudad, con mayor frecuencia y asiduidad.

Mis amigos temían cortes de electricidad, rayos, lluvias, así que modificaron sus salas, abrieron hoyos en sus paredes y comenzaron a proveerse de estufas a leña, amontonaron sus garages de ramas y palos de manera  inexperta. Muchas de esas maderas habían sido procesadas químicamente y más de uno salió arrancando de una casa llena de humo tóxico.

Han pasado cuatro meses desde entonces y las nevazones no dejan tiempo al descongelamiento de la nevada anterior…

(Viernes, 12 de Febrero de 2010)

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