Historias de fronteras

Los pasos fronterizos de América del Norte no difieren de los sudacas del tipo Cúcuta en Venezuela o Puerto Suárez en Paraguay o la frontera ecuatoriano-colombiana. Y su gente tampoco, el mismo variopinto de pieles. En esta frontera hay varios puentes siempre repletos en uno y otro sentido. Hace pocas semanas, volvía de Juárez y la larga espera hizo que el jeep se recalentara, justo después del monolito que indica la división entre ambos países. De ahí hasta llegar a las oficinas gringas hay unos 300 metros. Mi acompañante y yo tuvimos que salirnos de la fila con el motor humeante.

A la espera de que bajara la temperatura y chequear el problema, llegó un guardia norteamericano con cara de chiflado. Pero autoridad es autoridad y más en estos lugares.

-No pueden estar estacionados aquí!. Está prohibido… (Obvio).

Cuando le explicamos el problema y viendo que el jeep no podía volver a México y tampoco hacer la larga fila, le pregunto si las autoridades de El Paso me podrían dar preferencia para cruzar. Informó que el jeep estaba en *territorio federal* y que no era de competencia de Texas. ( O sea, ¡váyase a Washington!)

En territorio de nadie, llamé a un mecánico de Ciudad Juárez y dice que no puede cruzar a territorio gringo. Y tampoco podía hacerlo una grúa mexicana. Y que estas cobran 700 dólares por el servicio. Llamo a un amigo del lado gringo y dice que si puede enviar una grúa… Pero justamente ese puente estaba en reparaciones y no había tránsito hacia México.

Aparece nuevamente el guardia gringo e insiste en que debemos sacar el jeep de ahí porque  abajo del puente está *minado*. Mi amigo y yo nos miramos, miramos el puente y las arenas del Río Grande más abajo… pensé en Irak, las minas del norte de Chile, las de Centroamérica, Africa… y ahí estaba yo navegando en la mayonesa… cuando de pronto llegan otros cuatro guardias gringos de intimidantes uniformes negros y toda la ferretería ad hoc, para conversar amablemente. Sugieren que vaya a pedir permiso al lado gringo para que nos dejen pasar más rápido. Y así fue.

Una voluminosa oficial en bermudas (también negros) hace bajar a mi acompañante para que se vaya al puesto migratorio y yo, con el jeep realengo, debía estacionar a un kilómetro de allí.

Me fui a buscar líquidos refrigerantes pensando además en dónde debía botar el jeep que ya creía con el motor fundido y en cómo llegar aquel día a las montañas. Una hora más tarde, con el jeep rehidratado, volvimos a casa con la sensación de haber vivido una semana en pocas horas.

Otra semana vivida en pocas horas fue ingresar con mamá a EEUU.

Hay dos tipos de guardias vestidos de negro: gringos o gabachos y descendientes de mexicanos que algunos mal llaman de *chicanos*.

El gringo frente a la cámara fotográfica de la garita preguntó: ¿Citizen? (La respuesta es declaración suficiente de veracidad o incriminación).

–Residente, respondí mostrando mi cédula.

Ni la miró y me dio el pase. Expliqué que la señora que me acompañaba necesitaba su ID94 que es el permiso hasta por 6 meses.

–OK, dijo poniendo el pasaporte en el parabrisas y encauzándome a estacionar el jeep, (lo que supuestamente no está permitido para quien ingrese al país). Fuimos a las oficinas escoltadas por otra oficial también de voluminosos bermudas. (¿Para qué decir que era una gorda impresionante?).

Después de una hora o más de espera, frente a las ventanillas había dos oficiales… *chicanos*.

¿Han oído hablar de los *perros de la guerra*?.

Esta es versión moderna y magnificada.

Sin conmiseración de su avanzada edad la acusaron a dúo de querer violar las leyes y que estar fuera de USA por dos meses e intentar regresar, era burlar la ley. Le expliqué que la señora debía volver a su país en algún momento de este año para renovar sus poderes, etc. Y hasta ahí llegué. No me dejaron hablar y la interrogaron con más saña para confundirla.

Nos enviaron a otra sala a la espera de la decisión y pasó otra hora más. Nuestros vecinos de asientos con caras patibularias, iban saliendo uno a uno, después que les colocaran grilletes en los pies y esposas en las manos. O a un “corralón”, como le llaman a uno de los centros de detención o directamente deportados.

Cuando aparecieron los dos oficiales chicanos esgrimiendo los documentos en la mano el ensañamiento y la tortura psicológica se reinició.

A mí me dicen que tengo todo el derecho a vivir en USA pero mi mamá, no.

Ella con sus dignos ochenta estaba bastante calmada, aunque sabía que la procesión iba por dentro. Con algunas frases en inglés, para que ella no se pusiese más nerviosa, les hice sentir que los derechos humanos parecían estar distante de los objetivos de las normas legales…

A mi entender, allí se definiría su deportación, con lo cual me las jugué para hacerles sentir que me iría con ella. Los histriónicos chicanos volvieron a sus oficinas y después de largo rato uno me manda a dirigirnos a la ventanilla 5 a pagar “cuando sean llamadas…”

Largos minutos hasta pagar seis dólares y recibir un pasaporte con un papel adjunto y visa hasta enero del próximo año.

Como colofón, a la salida un guardia – “chicano” nuevamente – nos ordena hacer una fila de unas dos cuadras para *entrar* al país.

Y ya íbamos en camino cuando otro guardia nos indica que pasemos directamente. En esa mesa un oficial “gringo” en serio, tipo WASP, (White, anglo-saxon, and ¿puritan?)  le sonríe a mamá :

-¿Se queda a vivir con nosotros entonces?

-¡Qué bueno! ¡Bienvenida! La felicitó.

Y ella sin entender nada…

Su equipaje, las compras de supermercado, no fueron revisados y dos musculosas versiones de Schwartzeneger me orientaron y dieron ánimo para salir del cul de sac donde estaba encajado el jeep…

Ya de noche y en silencio enrumbé por la Highway 54 y unos 10 minutos más tarde un grito de mamá me hizo saltar del asiento:

-“ ¡Guau!!!!! Lo conseguimos!”

Ahora ya saben quienes son los *buenos* en estas historias fronterizas….

 

 

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