Cuando Bin Laden cambió al mundo

Difícil quedar impávidos y no cavilar frente a la muerte del alto, flaco y aparentemente asceta líder de Al Qaeda, el empresario y teólogo saudí Osama Bin Laden.

Fue empresario mientras pudo sacar provecho de sus amistades occidentales. Y se hizo líder religioso, buscando purificar el espíritu por medio de la negación de los placeres materiales, cuando sus amigos lo abandonaron.

En el Golfo de Omán, por ahí cerca de Karachi y a más de mil kilómetros de donde murió, dicen que están sus restos. Para no ofender a un tercio del planeta lanzaron su cuerpo al mar. Y para no ofender a los otros dos tercios, evitaron crear una tumba que a futuro mereciera recordatorios.

Los noticieros precisan los ritos musulmanes que se le practicaron a bordo de la nave estadounidense,  adonde lo llevaron después del tiroteo en Abottabad, cercano a Islamabad. Un rito políticamente correcto.

Justamente esta semana le respondí a un universitario que,  musulmán no es sinónimo de árabe, terrorista o extremista, como se ha enclavado en el imaginario colectivo del planeta en los diez últimos años.

Hoy muchos respiran aliviados al saber que el cabecilla de la Guerra Santa contra Occidente está muerto. Estados Unidos celebra y yo me alegro tibiamente de que su gobierno esté en manos de un Presidente demócrata, menos visceral y más aterrizado que su antecesor.

Estaba en Brasil cuando ocurrieron los sucesivos atentados contra las torres gemelas en Nueva York, el Pentágono y todo lo que vino después. El tiempo paró y la imaginación voló. Aquellas escenas no podían ser reales… tal vez se trataba de una película, al estilo del Ciudadano Kane. Ese 11 de septiembre el mundo comenzó a girar al revés y no ha parado desde entonces.

A menos de diez años de aquel sombrío Septiembre, el franchising de Bin Laden crece tal vez al mismo ritmo que las franquicias de McDonalds, las miradas de miedos se concentran  en rostros morenos que intentan ingresar a territorio estadounidense, WalMart vuelve a vender armas junto a los cereales, en los aeropuertos las autoridades mal traducen las instrucciones en inglés, viajar se hace cada vez más incómodo por las “medidas de seguridad”,  muchas de ellas sin sentido. Y nada elimina de las mentes la posibilidad de macro atentados en cualquier lugar, porque hoy la fiera tiene múltiples rostros.

Se impuso la “sociedad de la seguridad” y se implantó la industria del terror. Desmontar hoy esa “anti- economía”, parece el sueño del pibe; dejaría cesantes a millones de expertos, estrategas y empresas de seguridad, más allá de las históricas instituciones de preservación social.

Del otro lado, las cucarachas paranoicas seguirán alimentando la cadena donde la Humanidad se fagocita entre el narcotráfico, la esclavitud sexual, la extorsión a migrantes, las “maras” o tribus urbanas; y todos asolan a  estas Américas con sus AK47 o “cuernos de chivo” tan populares, consolidando la industria del terror.

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XIV The Guachaca Summit ó “Humildes, cariñosos y republicanos”

Me gusta patear el Persa del Bío Bío y recorrer Patronato, allá en el barrio La Chimba. Por 100 pesos me como una sopaipilla tomando el sol del otoño junto a un carrito que además, vende mote con huesillos.

No se si alcanzo el puntaje para entrar en la categoría de guachaca y saltarme ese molesto mote de cuica, al que ataco con saña cuando alguna congénere me pregunta con voz cándida: ¿Y no te da miedo andar por ahí?

A pesar de mi rechazo a la idea de escoger “reina” del evento, hoy, mi amigo Tote y yo intentamos recrear una noche guachaca en la Estación Mapocho. No estoy de acuerdo en mostrar la hilacha con resabios imperiales de elección de “reina” porque creo que se debería elegir a la Misia, que la imagino morenaza y curvilínea, con todos aquellos excesos de proa y popa que la Naturaleza no me otorgó pero que recuerdan a Lukas cuando graficaba el espíritu chileno en sus insuperables caricaturas.

La última vez que fuimos, “apatotados” como corresponde a los connacionales, entre cumbias y cuecas se armó una pareja  que duerme bajo el mismo techo y contra  cualquier vaticinio, sobrevive hasta hoy. Sospecho que esta noche no asistirán porque ya los debe haber agarrado el sistema,  que aprisiona con los dogmas de los GCU (Gente Como Uno) de la socialité chilena.

Alvarito estará ausente de este Summit, pero no porque ande por el sudeste asiático sino porque está fuera de Santiago “nomás”. Me ha enviado dos mensajes graficando  su vía crucis por intentar aguachacarse. El primero, relatando que iba en una micro apretujado por los huasos de la zona central al punto de no poder usar su blackberry. Y el segundo, desde un mercado de la región, tragando un plato de porotos ¿con mote?, ya no recuerdo.

Ya me bañé y perfumé y estoy a la espera de que aparezca “el Rodo” para encontrarnos “en patota” con algunas amigas y amigos que reuní después de una acuciosa “disección” virtual, que no se conocen entre ellos y los que prometieron no faltar.

Pese a la insistencia del Tote, Felipe declinó de participar. Al fin y al cabo, su auto está en pana y además ni él ni el auto han superado la frontera de Plaza Italia y menos la del rio Mapocho. Desde que traté de explicarle la línea entre El Paso y Ciudad Juárez, dividida por el Rio Grande,  ni siquiera intenté invitarlo… no me entendería.

El Tiradentes en cambio, con ese estilo insuperable, respondió amable y cariñosamente que su actual misantropía le hacía estar distante de áreas congestionadas. (Digamos, populacho).

Las más proclives a participar son mis amigas que si bien tampoco conocen ese lado de Santiago, cumplen fielmente con el lema de: “Humildes, cariñosas y republicanas”. Espero ver allí a “la Sole”, a “la Corito”, a “la Aggie” entre otras y contemplaré mefistofélicamente al Tote que se sentirá confundido de entrar al mundo femenino del cual, “el Rodo” ya aprendió: “Ya entendí…Pasarla bien es eso… pasarla bien, sin pensar que en cada encuentro puede aparecer por fin la mujer de mi vida”.

Por esta noche, el Rodo olvidará sus balizas gringas para intentar demostrar su espíritu republicano. Y yo saldré de mi milpa sin huaraches, cantando mentalmente a los ausentes: “Pedro Navaja tu estás peor, no estás en ná”

 

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El “pozolero”

Si hay algo en común entre el mexicano Santiago (a) “El Chago”y yo es que a ambos nos gustan los jeeps 4×4 y de marca definida: Cherokee, un lujo pasado de moda por los precios del petróleo y los tacos del tránsito, aun cuando haya quienes lo puedan financiar.

Lo conocí a través de la televisión y se mostraba impasible frente a los flashes y a los militares que lo rodeaban. Santiago Meza López, de profesión albañil, lucía unas “garras”, blue jeans y polerón, desteñidos y me pareció visualizar una mirada de desconcierto.

Lo detuvieron en Tijuana, acusado de hacer desaparecer unos 300 cadáveres a los que cocinó para desintegrar cualquier resto humano en enormes pipas, que le sirvieron de calderones. La batahola de informaciones, en los días siguientes, prácticamente hundieron hizo desaparecer las declaraciones de su madre en su favor: un muchacho pacífico, tranquilo, que aportaba al sustento familiar.

Si la prensa sufrió una crisis paranoica y lo bautizó de “pozolero”, la Justicia perpleja quedó en pañales. No había registros históricos de ese tipo de crimen, donde el sujeto sólo cocinaba cadáveres a punta de soda cáustica; los asesinos eran otros. El apenas recibía unos 150 dólares por semana para hacer desaparecer a las víctimas del cartel de Tijuana. Claro que aumentó la demanda, fueron más sus horas de trabajo y acabó como empleado del cartel de los Arellano Félix. Su record le garantizó varios años de trabajo.

Dicen que el FBI lo tenía entre los 20 más buscados… y nunca mató una mosca.  En medio del horror nacional que asoló a México de Norte a Sur y de costa a costa, aportó lo que sabía y que no era mucho. De su cara inexpresiva, nadie sabe si por tener limitaciones neuronales o exceso de sangre fría, salió una frase: “Podrían haber muchos “pozoleros” más en el territorio”.  ¿Por qué no?, los desaparecidos suman miles.

Menos tiempo le llevó a la farándula transformarlo en un hit musical. Los tan cuestionados  narcocorridos ya cuentan con dos canciones en su homenaje; en una lo califican de cocinero y en la otra en una especie de cowboy que va y viene a bordo de su Cherokee blindada.  Por cierto, le otorgan una estela de heroísmo que jamás tuvo.  El “Corrido de Santiago Meza” destaca en su letra la “astucia del sicario” para escapar de las autoridades, aunque no hay informaciones previas de que haya sido buscado. Vale decir, lo agarraron por chiripazo, al igual que a “La Barbie”, un estadounidense que aprovechó sus conocimientos bilingües para insertarse en el núcleo del poder del narcotráfico.

Según un diario mexicano, parte de la letra dice: “Si quieren cazar la presa, tienen que saber llegarle, le dicen Santiago Meza, a los que querían matarme…. En mi Cherokee blindada, ahí siempre traigo con qué, no me importa si es que ofendo, aunque enemigos me sobran, pues nomás ven que vengo, los espanta hasta mi sombra”.

El grupo Explosión Norteña que ya ha sufrido atentados por su línea musical poco ortodoxa, interpreta “El Cocinero” un narcocorrido que tiene como personaje central a Meza López. Parte de la letra dice: “Qué sorpresa me tiene, cuando me miré al espejo, tenía manchones de greñas, juro que no me arrepiento, de profesión cocinero, así vivo más contento… “

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Ayuda para “no morir antes”

En Ciudad Juárez – todos los días – las caravanas de militares se cruzan en las avenidas con las caravanas mortuorias.

A veces, el difunto es miembro de alguno de las tantas policías o Ejército, y allí el cortejo es antecedido por un enjambre de vehículos con sus luces rojas titilando.

En la medida en que disminuye el comercio tradicional, aumenta el negocio de las funerarias, unas 40 empresas en una ciudad que hoy tiene menos de 800 mil habitantes y contribuyen con el 10% de las muertes a las estadísticas nacionales.

Las cifras de negocio son apetitosas: aumentaron en 1400 % lo que atrajo que, desde otros estados, las funerarias abran sucursales en la ciudad. Como también están sujetas a la extorsión de algún par de sujetos que lucen sus vistosas chaquetas, botas puntudas y sombreros de cowboy al más puro estilo “naco” (no, narco)  varias han sido ametralladas o incendiadas o ambas cosas a la vez.

Este segmento de mercado origina nuevas profesiones para los desesperados cesantes de Juárez. Son los buitres que pululan por clínicas y hospitales a la casa de futuros cadáveres. Deslizan a los acongojados familiares alguna tarjeta con números de teléfonos celulares (ya no hay tiempo para llamar a una oficina en los horarios pre-establecidos) y con cara de circunstancias ofrecen todo tipo de servicios: funerales baratos, con derecho a embalsamiento, maquillaje incorporado, traslado a la ciudad natal o al otro lado de la frontera, incineración con jarro y modelo incluido.

En una ciudad enclavada en medio del desierto chihuahuense, la violencia es el tema natural de cada día en los noticieros locales. Durante horas, los escasos periodistas que aun desafían el día a día, transmiten con voz gangosa y mecánica el listado de difuntos, con imágenes de fondo, de donde solo falta estrujar la sangre. Los espacios publicitarios son ocupados por las ofertas de supermercados y los llamados de una “ong” – Crime Stoppers y que atiende desde Estados Unidos – a denunciar a los criminales.

El estrés va consumiendo inexorablemente a hombres y mujeres de Juárez. El escepticismo se va enquistando pese a las oraciones y misas en plazas públicas. Las farmacias del doctor Simi no están autorizadas a vender psicofármacos y quien desea dormir para no escuchar ráfagas de ametralladoras aquella noche, debe desembolsar unos 80 dólares, entre las recetas y las pastillas. No todos pueden…

El temperamento cambia, el carácter se torna taciturno y desconfiado. “Hay que” cerrar las cortinas si llega el atardecer… “hay que” cerrar las ventanas durante el día… “hay que” ocultarse también de los militares. Las redadas pueden acabar con vecinos afectados por robos inexplicables.

La impunidad se establece como telón de fondo ya sea en la prensa escrita, televisiva u organismos oficiales. Los días caen inexorablemente y más juarenses también. El culto a la “Santa Muerte” aumenta, ya que ayuda “a no morir antes”.

 

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Vivir hace mal a la salud

El cartel de Tijuana también es conocido como el cartel de  los Arellano Félix, un par de sujetos oriundos de Sinaloa y que se agarraban a balazos con quien intentara interrumpirles el negocio narcofronterizo.

Los carteles de la droga son dueños del mapa geográfico mexicano y dependiendo de las circunstancias y de la temática, los colores de ese mapa van cambiando de tonos. Si se habla de ocupación territorial para el tráfico de drogas, es una posibilidad que además se modifica a través de los años, dependiendo de la generación de la familia que va asumiendo el control; digamos los “narcojuniors”. Otras lo son para graficar el tráfico de esclavos para el trabajo brazal o sexual, de contrabando de armas, de extorsión a inmigrantes que intentan llegar al otro lado de la frontera; de extorsión a los ciudadanos en sus barrios, villas o ciudades.

A más de mil kilómetros de allí, en Ciudad Juárez, el cartel de La Línea hace de las suyas, apoyado por grupos de bandas rivales integradas por adolescentes y que trabajan por el control territorial. Las cárceles se van repletando de “aztecas”, “artistas asesinos” y lumpen variopinto que, por quítame estas pajas, y unos cuantos dólares extorsionan sin piedad a comerciantes y profesionales, incluidas las escuelas y Universidades, sin perdonar a los jardines infantiles.

Los sicarios no olvidan a nadie. Barren las calles y avenidas y aun cuando se tropiezan entre bandas rivales, las tarifas son más o menos la mismas en una competencia por “custodiar” a los ciudadanos de la que no se escapan tampoco los salones de belleza con sus ofertas de uñas postizas con diseños inimaginables, puestos ambulantes de tacos y hamburguesas y el vendedor de “Herbalife” de la otra esquina. Unos 150 dólares por semana.

¡Viejos tiempos aquellos cuando el tráfico era ordenado!, comenta displicentemente una juarense nacida en la sierra Tarahumara.

- ¿Cómo eran esos tiempos? Pregunté casi con curiosidad…

-          Ah!, cuando llegaban los camiones militares… Ellos subían los paquetes y se marchaban sin hacer tanto daño como ahora…

La ciudad se expandió a pasos agigantados en medio de tormentas de arena, calor, lluvias torrenciales o nieve, y asomaron en medio de las nuevas avenidas los centros comerciales y la expansión del “sueño americano” enquistado en la ciudad hermana, El Paso, Texas, a pocos metros de esa frontera.

El “Juarito” de hoy – nombre coloquial con que los juarenses denominan a la ciudad fronteriza – ha perdido más de un cuarto de millón de habitantes que pocos años antes “subieron” hasta la frontera repleta de industrias maquiladoras, en busca de una mejor vida. Pero la violencia pudo más y desde el sur, algunos estados como Veracruz envían aviones a recoger a sus paisanos que regresan a sus tierras con lo que sólo pueden llevar: a lo más una maleta.

Entretanto, unos diez mil hombres enmascarados, vestidos de negro y portando sus feroces metralletas circulan en convoyes de cinco a diez camiones o camionetas de distintas siglas, sea de la policía federal, municipal, ejército, y otras más que olvido.

Lo poco que queda de una sociedad civil desarticulada e indefensa, intenta agarrarse a los faldones del stablishment local, nacional e internacional inclusive, sobrepasado por la delincuencia general. Algunos piden la intervención de los cascos azules para poner fin a las tropelías, idea fracasada desde su creación porque el gobierno no permitiría una acción de ese tipo.

Después de deambular por barrios de no muy larga data, donde sólo quedan los muros de las casas construidas hace no mucho tiempo, deshabitadas y desmanteladas por el vecindario, fui a cenar a un restaurante de enormes ventanales. Mi acompañante intentaba afanosamente a que yo parase de fumar por el daño que el tabaco provoca a la salud…

De mal talante y mostrando las luces de El Paso, al otro lado de la frontera le lancé mi réplica:

-          Allí, en una de las ciudades más seguras de los Estados Unidos duermen tranquilos los capos del narco local. Y acá, dije indicándole el convoy de tropas en la avenida Triunfo de la República, si saco la cabeza por la ventana del jeep a lo mejor prenderé un cigarrillo con una bala.

-          Todo indica que mientras sigan muriendo inmigrantes en manos de coyotes, niños baleados en las escuelas, mujeres asesinadas por saber mucho, yo seguiré fumando porque ustedes que almuerzan con Dios cada día y  pertenecen al stablishment planetario, no pueden o no quieren hacer nada serio.

Yo misma me sorprendí de la rabia acumulada, aunque debí agradecerle cortésmente su preocupación por mi salud.

 

 

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El pozole y la gastronomía de fronteras

La “sopa corrida” y el pozole recorren transversalmente las clases sociales mexicanas desde Canadá hasta la frontera sur de México. Compiten con los tacos de carnitas, tripa, adobada, birria, cabeza, ojos, cachete, pajarilla, trompa de chivos, reses, cerdos, conejos, frijol, etc.

Nada escapa a la posibilidad de ser envuelto en una tortilla de harina de trigo o de maíz y condimentado con alguno de más de las 30 variedades de ajíes o chiles que memorizan muy bien las amas de casa.

De mi experiencia con los tacos recuerdo dos momentos…. Una callejuela en Puerto Vallarta, lejos del circuito turístico, donde un grupo de adolescentes administraban su empresa: un carrito callejero habilitado para “correr” como puesto taquero y apuntalado con piedras para que no rodara colina abajo. Al ritmo del reggaetón y saboreando las especialidades de la casa con agua de Jamaica guardada en un enorme botellón, disfrutamos todos del intercambio cultural que deviene de la globalización. Independientemente del regaño que recibí por circular abiertamente por lugares sospechosos, volví varias veces con mis nuevos amigos a paladear taquitos. Reconozco que me superaron los tacos de ojos y los sandwichs de colita de pavo.

Otra tarde contemplé con pena obvia a decenas de uniformados vistiendo sus uniformes camuflados blancos y marrones, que enrumbaban a la guerra de Iraq. En el aeropuerto de Chicago la sala habilitada para fumadores, estaba repleta. Algunos tenían la mirada perdida en el vacío; otros con los ojos enrojecidos por un reciente llanto, se despedían imaginariamente del territorio y más de alguno usaba su note-book fumando ansiosamente un cigarrillo tras otro. Más allá de los ventanales de vidrio, otro enjambre devoraba tacos en un silencioso ritual.

Las tortillas se apropiaron de los Estados Unidos mucho antes de que lo hiciera el narcotráfico y las maras salvadoreñas. Y parece que ahora es el turno del pozole de adquirir su green card y pasar a formar parte del menú “tex-mex”.

La “sopa corrida” es la versión mexicana del hervido de res común en casi todas las Américas. El pozole en cambio, es un guiso con nación propia y marca con su propio lápiz su espacio geográfico, en uno u otro lado de la frontera, reuniendo a la nación mexicana junto a una enorme olla de la que emanan los vapores del cocimiento.

Es tan apetecido que sus gigantescos granos de  maíz,  conocidos en náhuatl como cacahuazintles, se venden enlatados en los supermercados de los Estados Unidos. La sopa va acompañada de carne de cerdo o pollo, condimentada con chiles de grueso calibre y de los que el paladar mexicano resulta indemne.

Ese maíz es pre-cocido un par de horas en una solución ligera de agua con cal conocida como nixtamalización, otra palabra precolombina que equivaldría a la lejía de América del Sur. Luego es lavado, y en un segundo cocimiento de varias horas, los granos se abren como palomitas de maíz y se agregan a los condimentos de la gastronomía mexicana.

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“Patiperros”, Hormigas y Restaurantes

“Ahí tienes una salsa picante para acompañar tu pescado”, me dijo con picardía un compatriota exiliado con la beca General Pinochet en el medio del Amazonas.

No recuerdo si me lo ofreció como “catara” pero allí estaba la botella que alguna vez contuvo kétchup, con una salsa roja y pintas negras. El sol refulgía en Puerto Ayacucho, y la luminosidad exterior oscurecía aun más el antro que era aquel restaurante “Rio Negro”.

Un fotógrafo – Rafael – y yo, habíamos llegado la mañana de ese sábado a la capital del estado Amazonas venezolano. Largamos nuestros “corotos” – maletas – en un sospechoso hotel y salimos a buscar un lugar donde matar el hambre. En medio del sol y el calor, sobraban casas y faltaba gente. Alguien se compadeció de nosotros y nos informó que sólo había dos restaurantes en la ciudad: el “Río Negro” y el “Rio Claro” pero, por ser fin de semana, sólo estaría abierto uno de los dos.

Rafael se quejaba por una cerveza helada, que no se veía ni en los pocos carteles callejeros, mientras yo cavilaba sobre los nombres de esos restaurantes que me resultaban conocidos. Así llegamos a un semisubterráneo mezcla de bodega, almacén y comedor.

Entre las sombras y nuestros gritos, apareció un hombre de estatura que nos increpa: “¿Qué buscan?”

Nos dijeron que aquí podríamos comer algo, dije casi con timidez mientras el Rafa reclamaba algo para calmar la sed. Y sin saber por qué, sin pedir el menú del día, le lancé la pregunta sobre el origen del nombre del bodegón.

Tal vez mi acento me delató porque se abalanzó sobre nosotros abrazándonos con los ojos casi tapados en lágrimas: ¡Son shilenos! Para ser específica, los primeros “shilenos” que aparecían por esos lares, exceptuándolo a él y a otros dos socios con los que había instalado los dos “restaurantes”. Luego aparecieron los jugos, un enorme plato con pescado que parecía lomo de ballena y el vino más extraño que he tomado: un Cousiño Macul blanco guardado en aquellas bodegas por más de cinco años y ya ajerezado en el clima tropical.

En los días siguientes y en la medida en que lo permitía nuestra agenda de actividades, fuimos “uña y mugre”. Compartiendo el pescado amazónico y el Cousiño Macul. Presenciamos un partido de fútbol entre el “Internacional” y el equipo “local”, ambos integrados por extranjeros de varias nacionalidades y donde abundaban los colombianos y escaseaban los venezolanos. El “Internacional” vestía un equipo blanquinegro que me resultó familiar.  -Ah! – dijo Luis – eso ha sido motivo de conflicto pero es que las camisetas del Colo son las únicas que nos han llegado de regalo y por eso nos acusan a los “shilenos” de estar “dominando”.

Así después de varias porciones de pescado y algunas botellas ajerezadas, supe que mis comidas las condimentaba con “catara”, una salsa supuestamente afrodisíaca preparada con hormigas selváticas: bachaco culón. No me consta que sólo se consuman las reinas vírgenes porque en los meses siguientes y ya sin tantos remilgos, me las comí tostadas. Con un abdomen prominente, son capturadas cuidadosamente (porque las mandíbulas son de temer), les quitan las alas y las patas, las tuestan y se han vuelto mercancía entre el campesinado de la selva.

En las riberas de las represas brasileñas o en medio de lo que alguna vez fue la “Mata Atlántica” hoy terrenos yermos, se levantan montículos enormes construidos por una de las tantas variedades de hormigas que pululan por las Américas. Las más conocidas: Faraón, Pixixica, Acrobáticas, Carpinteiras, Lava-pé, Cabeçuda, Saúva, Quenquém, etc.

Entre la fauna citadina  están la fantasma, louca Urbana y Argentina Urbana y tal vez una de esas familias se engolosinó con nuestros computadores de la empresa, devorando el pegamento de las placas. Hubo que llamar a un “computín” especialista en hormigas y allí comprobé que estábamos en el portal del conocimiento de interciencias del siglo XXI.

En Ciudad Juárez el verano pasado abundaron las “esquelitos”, hormigas minúsculas que no respetan la gravedad y con alta tolerancia al calor, son capaces de subir varios pisos capturando comida.

Freddy me hace reír a carcajadas con su máquina “caza-esquelitos”. Un día, una larga fila de, las esquelitos, invadió la cocina. Mi amigo buscó un caza-ratas “gabacho”, es decir estadounidense: Un pequeño panel cuadrado con una sustancia gomosa muy bien diseñada dentro de un recuadro, donde las patas de los ratones quedan pegadas inevitablemente. Hasta ahí, indoloro. Luego el cazador de ratas verá si las mata a palos o se decide por un método menos cruento.

Freddy hizo otro primoroso cuadrado al centro y colocó un caramelo para atraer a las invasoras pero las hormigas resultaron más inteligentes y ripiaron con minúsculas piedras el camino hasta el caramelo, que desapareció en menos de una semana.

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De Playa Girón a los misiles rusos

En los sucesivos periplos por tierras americanas,  dos balas incrustadas en trozos de plomo  siempre se cuelan en el equipaje.  Son restos  de las balaceras en Bahía Cochinos y que papá recogió después de aquella invasión.

Esos pedazos de metal que siempre estuvieron en alguna mesa de los innumerables livings de mi casa, tienen su historia propia, la cubana;  y otra anexa: la mía.

Mi padre fue periodista, una profesión que no quería para su hija la que, obviamente no le hizo caso. Como tal, estuvo en Cuba no una sino varias veces: antes durante y después del proceso que destronó a Batista y llevó al poder a la revolución castrista.  Digamos que su fascinación por la isla caribeña superó los hitos históricos y me impregnó tangencialmente del perfume tropical.

Con los acordes de su guitarra y rodeado de sus amiguetes, crecí cantando “Soy el guajiro alegre que va cantando, de mi Cuba, la canción….” No recuerdo cuándo fue que llegó a casa con sus trozos de plomo en vez de traerme barras de chocolate. Y al igual que hoy mi hija mira a su hijo-  fijamente a los ojos – para hacerle ver la importancia de algún hecho, él me miró a los ojos y dijo: Este plomo derretido viene de los restos de aviones que cayeron allá, en Playa Girón. No se si sentía escalofríos,  pero en los años siguientes meneaba la cabeza de izquierda a derecha (o de derecha a izquierda) delatando  contradicciones del alma entre la admiración hacia el grupo de muchachos que tumbó al dictador y el rechazo visceral a la violencia de cualquier origen.

Así fue como mi repertorio cambió a “Cuba, que linda es Cuba, quien la defiende la quiere más”. De ahí sin más, José Martí y Celia Cruz también me fracturaron.

No habían pasado tres años desde que Batista abandonó el poder cuando en octubre de 1962 se produjo la crisis más severa de la guerra fría y el mundo estuvo a las puertas de una conflagración nuclear.

La presencia de misiles rusos en Cuba – enviados por el hombre del zapatazo en la mesa de la ONU (Nikita Jhrushov) – para defender a la isla de una eventual invasión estadounidense, mantuvo a la prensa mundial en vilo y a la ciudadanía dividida entre la curiosidad y el miedo.

El 22 de octubre  el Presidente Kennedy anunció el bloqueo a la isla, a lo cual Nikita respondió dos días después  afirmando que no desviaría sus barcos…  Cierto, no los desvió pero disminuyó la velocidad de ellos, y de algún modo que me pareció un acto de magia, esa mañana leí en el diario que papá dirigía un titular: “No habrá guerra nuclear” (o algo así…)  Recuerdo que le pregunté “Papá ¿cómo sabías…?” Y me dijo socarronamente: Es que si no hubiese sido así, hoy no estaríamos vivos para comprobarlo. (Continuará)

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Teletipos, macumbas y “tontons macoutes”

En Bogotá y a la misma hora en que en Chile el novel periodista se tragaba su sándwich, su efímero jefe, Steve, iba sin destino propio a bordo de un avión comercial rumbo a la incertidumbre.

El avión aterrizó en La Paz y de inmediato fue rodeado por militares que impidieron el descenso del periodista.

El avión siguió rumbo a Buenos Aires donde también le negaron el ingreso al pobre gringo. Si bien recuerdo, acabó desembarcando en Río de Janeiro, Brasil.

Allí, a la espera de mejores vientos, Steve se incorporó al equipo de la agencia, maldiciendo su suerte y recogiendo ideas de todos los rincones, que explicasen el sórdido complot del que se sentía víctima.

Por la red interna de la agencia, todos los jefes de corresponsalías lo invadían de bromas, chistes y comentarios sobre lo ocurrido, intentando sacarlo de su estado de shock casi permanente.

Pero fue un valiente teletipista que acertó en la solución. Porque hay que ser valiente para lanzar creencias sin tapujos sobre unos incrédulos y avezados profesionales.

El morenazo carioca tenía por costumbre leer todas las informaciones que llegaban a sus máquinas. Y como buen brasileño sincrético unió la información, ató cabos y encontró la solución: Steve debía acudir a un terreiro para que le hiciesen un trabajo que limpiase las maldiciones que le habían lanzado en Bogotá. Entre las especulaciones se descartó móviles políticos y salieron a relucir probabilidades de mujeres vengativas… Steve se declaraba inocente de todo.

El deductivo teletipista recordó haber visto una crónica fechada en Bogotá, a propósito de una Convención Anual que reunió a brujos de varios puntos de las Américas en esa ciudad.

Steve fue uno de tantos que registró el evento con una socarrona y sarcástica crónica que se publicó en varios países. Entre otros, Venezuela.

Cuentan que la información sacó de sus casillas a connotados brujos y muy especialmente, a una obesa venezolana que sintió dañado su prestigio profesional.

A las oficinas de la agencia ingresó una tarde, vistiendo su colorida túnica guajira. Llamó la atención de los presentes y se cercioró de que el jefe de la oficina estuviese en la sala antes de hacer un círculo en el piso de la agencia, lanzando epítetos maldicientes y vaticinios demoledores.

Antes de retirarse y con toda la dignidad del caso frente a un perplejo equipo de prensa, la prestigiosa bruja sacó de su bolso su desodorante spray Lancôme que esparció abundantemente sobre el tejido guajiro que ocultaba sus axilas. Aunque algunos se asustaron con la historia, a las pocas semanas el incidente había sido olvidado.

El teletipista carioca ató estos cabos y concluyó que para el bien de toda la empresa y evitar la propagación de su mala suerte, más allá de las fronteras, Steve acudiese a un “terreiro” a confirmar su versión.

El resto de corresponsales esparcido por las Américas se quedó en vilo esperando la decisión del escéptico Steve. Hubo varios que se comprometieron a contribuir con los gastos para ayudar al atribulado gringo; parte de los mismos fueron imputados a la caja chica bajo el rótulo de “artículos de limpieza”.

Desde el aparatoso “asesinato” de Pastrana hasta la macumba para limpiar las miasmas de la maldición venezolana, no transcurrieron más de cuatro meses. Al quinto, y tras graduarse de su intensivo curso en religiones afro-americanas, Steve ya estaba instalado en una isla caribeña – que no fue Haití por aquello de los “tontons macoutes” – a cargo de otra sede.

 

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La misoginia en acción

Volvimos a casa cerca de la madrugada y allí nos enteramos que Steve, gerente y director, iba a bordo de un avión rumbo a… Bolivia.

Los agentes del gobierno habían ingresado a su casa cuando dormitaba al borde de la piscina tras el consabido asado a la parrilla. No le dieron tiempo a terminar de vestirse: lo agarraron con su pasaporte y fue llevado al aeropuerto para un embarque sin retorno.

Me volví a preguntar una vez más por qué funcionarios supuestamente preparados, transgreden las normas elementales de derechos humanos. Yo misma había sido víctima de una expulsión somera en Venezuela cuando desde Estados Unidos regresaba a Chile, haciendo una escala de dos días en Caracas.

Cargaba una amigdalitis con fiebre y todo ganada con el crudo invierno norteamericano cuando desembarqué una madrugada en Maiquetía, después de unas 26 horas de viajes y esperas en aeropuertos estadounidenses, no sin mediar una tormenta en el Caribe que nos desvió a Kingston, Jamaica.

Para mi mala suerte, el recio oficial que debía sellar mi pasaporte consideró que no tenía derecho a parar en Venezuela sin la visa estampada en el pasaporte por un consulado venezolano. Ordenó a sus subordinados que me embarcaran de inmediato en el próximo avión. Uno de los oficiales se atrevió a responder “Pero señor, el último avión a Estados Unidos salió hace 20 minutos…”

  • Se va en el próximo vuelo donde quiera que vaya, gritó destempladamente mientras los cinco oficiales lo miraban casi con misericordia.

Uno le informó… El próximo va a Jamaica… – Pues se me va a Jamaica!.

  • Pero señor… es el mismo avión en que llegó, le respondió otro oficial.

Como la defensa del quinteto iba cada vez más en mi desmedro, le argumenté que al menos tenía derecho a una llamada telefónica a la familia que me esperaba en Caracas. Mi pedido no fue escuchado.

Con la garganta cerrada por la purulencia me atreví a balbucear: “Tengo entendido que si usted no acepta el convenio con Delta Airlines para permanecer 48 horas en el país según la Convención de Derechos Humanos, debe deportarme a mi país de origen…”

Casi hirvió de rabia – hecho frecuente entre quienes se sienten reprendidos por la temática de los derechos Humanos – y ante las sonrisas socarronas de sus colegas, el oficial dio un golpe en el escritorio y gritó: ¡Pues se va en el próximo avión rumbo a Chile!. ¿Cuándo sale el próximo? vociferó a la concurrencia. – En 48 horas jefe.

Calmadamente agregué: Ese es el avión que debo tomar….

Levantándose de su asiento y con furia incontenible decretó: Pues bien, ¡se quedará aquí en el aeropuerto hasta que salga su avión!

Entre dos enormes oficiales sintiéndome un apestado pigmeo nos dirigimos a la Nursery del aeropuerto. Saqué la colchoneta de la camilla, la puse en el suelo, dispuesta a dormir mientras durase mi reclusión. Minutos después y en medio del sueño y la fiebre me despertaron golpes a la puerta. Vi a mis dos guardianes con algunas latas de jugos y sandwichs de regalo:

-          Le conseguimos estas cositas para que se alimente al menos…

Casi los besé, pero decidí que poner cara de agraviada iba mejor con la escena. Los mismos se presentaron unas cuatro horas más tarde sonrientes y contentos. Los seguí medio dormida con mis pertenencias en la mano mientras el personal de limpieza se detenía al vernos pasar y más de alguna mujer me hacia discretas señas de saludo. Uno de mis guardias me explicó que ya todo el aeropuerto sabia del incidente. Y me tenían reservada una sorpresa: A las 8 había habido cambio de guardia y un nuevo oficial a cargo quería verme.

Volví a la pequeña sala y un atractivo oficial me hizo sentar con la delicadeza suficiente para dejar mis “corotos”, “pilchas”, “tralhas”, en medio de una oficina atestada de funcionarios y hasta se dio el tiempo para preguntarme por mi febril amigdalitis purulenta. No había mucho qué hacer hasta ver un médico y esperaba hacerlo ya en mi tierra… o Venezuela, si es que me dejaban entrar.

Sonriente y casi pidiendo disculpas, me informó que estaba libre, que podía irme a casa de mi familia, en Caracas. Ese golpe de suerte no lo había calculado y fue tanta mi felicidad que del silencio pasamos a las carcajadas colectivas.

El oficial se explayó: “Chica, tuviste mala suerte – dijo – porque te has chocado con el oficial más misógino que ha pasado por esas instalaciones”.

Cuando el taxista enrumbaba para Caracas manejando con una mano y sorteando la fila de carros a una velocidad casi suicida, entre los acordes de las gaitas de Simón Díaz, recordé que la misoginia la comprobé a lo largo de la vida en múltiples ocasiones y respecto de los hombres más insospechados. No sería la primera ni la última…

 

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